martes, 14 de febrero de 2017

Vienes a mí


Vienes a mí
como una vieja historia.
Eres el gesto aprendido. La caricia en el cansancio.

Dibujas, sin premura, las pausas del camino
y me desgranas, de entre lo absurdo, las renuncias del silencio.

Se que vienes,
conozco el lenguaje de los pasos,
recuerdo el sedimento del engaño,
el abrigo de la renuncia.

Se que llegas
para hacerme entender
que solo, en el delirio de la noche,
se esconden los sueños
que nunca nos confesamos.



(fotografías y poema de Jaime V.)

domingo, 29 de enero de 2017

Ella vendrá.

“Al final de la calle
La noche está apoyada contra un muro”

(Basilio Sánchez)


Entonces, se:
“Ella vendrá”

Todo nos reúne,
y aun todo nos separa. El tiempo – expectante-
en los labios.
Los brazos
- íntimos los brazos, inesperados los brazos -
intentando hacer presa
en aquello que siendo gratuito
no era tuyo, ni fue mío,
ni de ambos.
Los descuidos inconfesables:
la ternura que alivia el obstinado nudo de la corbata;
los silencios del café dibujando promesas sobre la crema confiada;
la lejanía…el vecindario, ambos en exceso
cuando – despreocupadas- las cosas sencillas cedían el paso
ante la jerarquía de los errores.

- ¿Nos quedara tiempo para olvidar y aprender, renglón a renglón,
de aquellas mismas deudas?-

Entonces no escucho razones ajenas e intento recordar:
“que…ella vendrá”

y yo espero.



(fotografías y poema de Jaime V.)

miércoles, 11 de enero de 2017

La pierna del tío Nicanor

No habían pasado ni quince minutos desde que el reloj del vestíbulo había dado las tres cuanto escuché el ruido de la puerta principal al abrirse .

-”Ya estoy en casa ”-

Julia sintió un escalofrío, apartó la copa de vino vacía y continuó lavando las hojas de lechuga en el fregadero. Enrique entró en la cocina y se dejó caer en la silla.

-“¿Como te ha ido hoy en la consulta?”-

Sabía que esta pregunta formaba parte de un diálogo ya rutinario, monótono, gastado, pero siempre me había gustado saber cosas del trabajo de mi marido.

Antes, cuando trabajaba en el servicio de urgencias del Gregorio Marañón , antes de saber que siempre seriamos solo nosotros dos, a Enrique le encantaba contarme anécdotas, problemas, inquietudes o cualquier otra cosas relacionada con su trabajo.

-“Hasta donde el secreto profesional lo permite”- solía decir mientras sus manos me atrapaban hasta terminar abrazados. Hasta terminar en la cama.

Sus palabras... me cautivaban, me abrumaban sus palabras , la fuerza de sus gestos y la sonrisa que parecía brillar en sus ojos. Yo le escuchaba envidiando su profesión, su entrega, y todas esas circunstancias que para bien o para mal llenaba su trabajo en comparación con la rutina de mis tareas caseras. Bebía sus palabras sin pestañear y me sentía importante solo…solo…por ser su mujer.

Ahora cuando le preguntaba por su trabajo la respuesta era una monótona cantinela de frases que se repetían con desgana.

-“Como siempre, todos los pueblos son pueblos sin más y después de un par de meses en la consulta terminas viendo a diario las mismas caras y los mismos cuadros patológicos”->

Observé la cara de mi marido, en algunos momentos Enrique era de nuevo el hombre del que me enamoré, pero solo a veces.

-”Hoy la sala de espera era un descampado, la gente esta cogiendo aceitunas y, claro, nadie está enfermo ni recuerdan las citas programadas ni los controles de Sintrom, lo más importante son las aceitunas; pero a última hora de la mañana he tenido un aviso de lo más curioso, más que un aviso ha sido una de esas anécdotas que pudiera dar juego a los guionistas del Doctor Mateo”-
-“Yo creía que los avisos se hacían en el Centro de Salud del otro pueblo”-
-”Si, pero a partir de las tres de la tarde que es la hora a la que se considera que están cerrados los consultorios locales”-
-“¿Y que ha pasado?”-
hacia mucho tiempo que Enrique no me contaba nada de su trabajo -“Venga, te escucho mientras preparo la comida”-

Enrique se sirvió una copa de vino.

-“¿Sabes quien es el tío Nicanor?”-
-”No, no caigo ahora”-
-”Si mujer; el tío Nicanor, el cojo”-
-”Pues ahora no caigo”-
respondí.

Me encogí de hombros. No tenía ganas de hacer la comida, si algo odiaba era la cocina.

Enrique adoptó su ya clásico gesto contrariado, me recordó a un niño consentido al que le han negado algo. Frunció el ceño, alzó el tono de su voz y se sentó a mi espalda junto a la mesa donde desayunábamos cada mañana, aunque no siempre juntos.

-”Si, mujer, el tío Nicanor, ese viejo solterón que vive junto al estanco, ese que a veces parece tonto de remate pero que según me ha dicho Ruth es la persona que más entiende de setas de toda la comarca”-
-”¿El señor que tiene una pierna ortopédica ?”-
-“Si, ese mismo; al que apodan correcalles porque siempre anda de un lado al otro del pueblo como si hubiera fuego y eso que le falta una pierna. Por lo que me ha contado Ruth, el tío Nicanor fue...fue...rochano en su infancia y...”-
-”¿Rocheno?”-
-”No, rochano; rochano es digamos algo así como...aprendiz de pastor”-


Enrique miró a Julia de arriba abajo y, con gesto de resignación, continuó hablando.

- “Luego fue alfarero y más tarde cuando su padre murió heredó, según él afirmaba, la gracia de su progenitor como zahorí. Hace unos diez años un problema circulatorio mal diagnosticado y peor tratado le ocasionó una gangrena no quedando más remedio que amputar la pierna por encima de la rodilla y ni corto ni perezoso al mes de la operación marchó a Madrid donde compro una pierna ortopédica de segunda mano en una ortopedia que había cerca de la Plaza de Jacinto Benavente”-

Llené mi copa y me senté frente a Enrique mientras imaginaba al bueno del tío Nicanor entrando en una ortopedia preguntando si tenían prótesis de segunda mano.

-“Cuentan que le dijo al empleado que total como la que le regalo su madre al nacer no iba a tener otra así que con una usada le valía y ni corto ni perezoso a los quince días ya estaba buscando setas por el monte”-

Sonreía escuchando el relato de Enrique. No pude por más que sentir un cariño especial por el viejo zahorí.

-“Esta mañana a eso de las diez, llamaron a la puerta de la consulta cuando tenia dentro a Ricardo, el guarnicionero, uno de los pocos pacientes que he tenido hoy”-
-”¿Ese señor tan educado que es cuñado de Fabián?”-
-”No se ni me importa de quien es o no es cuñado y...educado...si tú lo dices. No me gusta mucho, siempre tiene las manos sudorosas”-
-” Pues a mi me parece muy...”-

-”Ricardo es un irresponsable que..que...siempre tiene el azúcar por las nubes por lo que dudo mucho que se administre las unidades de insulina que le he pautado y de su dieta mejor que no hablemos”- terció Enrique bruscamente-¿Quieres o no que te cuente lo que pasó?”-
-”Bien, Ricardo es un irresponsable”- musité - “¿Que pasó con el tío Nicanor?”-

Retiré las copas de la mesa y extendí el mantel y, mientras empanaba unos filetes de ternera me dejé arrastrar por el relato de Enrique.

-”Pues verás....”-
...

-”Toc, Toc”-
...

La puerta de la consulta se abrió empujada por el bastón del tío Nicanor dejando paso al propietario del bastón que se apoyaba en un individuo menudo, pálido como un muerto y tembloroso. El traje del individuo estaba lleno de manchas de aceite y arena. Su cara, su corpulencia e incluso su voz me recordaron al desaparecido Constantino Romero.

-”¿Da su permiso, Don Enrique?”-
-“¿Que ocurre?”- repliqué airado -”No ve que estoy atendiendo a un enfermo”-
-“Buenos días tenga uste y la señorita Ruth”- dijo el tío Nicanor -”Buenos días también pa ti Ricardo, que no te había visto”-
- “Nicanor, estoy atendiendo a un enfermo, deberá aguardar su turno en la sala de espera mientras termino con...”-
-”Es que verá Don Enrique a mi no me pasa na pero...que a ver si uste ayuda a este hombre que sa llevao un susto de muerte”-
-¿Pueden esperar un momento a que termine con la paciente o es muy grave el motivo de la llamada?”-
-“Por mi no hay prisas pero este hombre esta al borde de que le de un sopitipando y ya , abusando de su buena fe, pues a ver si me ayudan a colocarme bien la pierna uste o la Ruth, mejor uste, Don Enrique”-


En ese momento repare que el desconocido llevaba en su temblorosa mano la pierna ortopédica del tío Nicanor con los restos de una albarca.

-“Perdone doctor“- dijo con voz temblorosa el desconocido- “Me llamo Manuel Valverde, soy vendedor de semillas y fertilizantes, me dirigía hacia la finca del Robledal y…y… le juro que no se como no me he muerto del susto”-.

La cara del tal Manuel Valverde reflejaba la verdad de lo que me contaba, aún se podían apreciar las huellas de las lágrimas en sus mejillas y el temblor de la barbilla al hablar.

-“Bien, pasen y tomen asiento; Ricardo acompañe a Ruth a la sala de curas mientras atiendo a estos señores, mi ats le realizará la medición el azúcar”- y dirigiéndome a Manuel le rogué -“Déjeme que le ayude con el Tío Nicanor”-

Pero Manuel no soltaba ni al anciano ni la pierna ortopédica.

-“Túmbese en la camilla, Tío Nicanor”-
-“Na, déjeme usted y atienda a ese hombre que le va a dar un jamacuco”-.


La verdad es que Manuel no recuperaba el color.

-“¿Cuénteme que ha pasado?”- pedí al nervioso vendedor de...de lo que fuere.
-“Pues vera doctor, soy nuevo en la empresa y esta es mi primera visita por la zona, tenia que estar por la mañana en la finca del Robledal pero me he perdido, ni siquiera he comido, deseaba llegar a tiempo para no causar una mala impresión”- El agitado comercial parecía tranquilizarse a medida que narraba su epopeya.

- “Veía que se hacia tarde y…y reconozco que iba demasiado rápido por la carretera, que por cierto esta fatal, pero al entrar en el pueblo, le juro…le juro por mis hijos que reduje, reduje, se lo juro.”-

Manuel sacó un pañuelo y se seco el sudor de la frente, mientras el tío Nicanor, ajeno al relato, revisaba el aspecto de su maltrecha pierna ortopédica e intentaba arreglar su albarca.

-”Cago en la...”-
-“Le juro por mi familia que al entrar en el pueblo no iba a más de cuarenta, y entonces de repente la carretera que desaparece y la curva, esa maldita curva que se cierra de golpe y…y…- mi interlocutor palideció de nuevo -“Este pobre hombre apareció en medio de la curva...yo gire el volante con todas mis fuerzas... pero le he golpeo con la rueda delantera del coche y ha salido dando tumbos por la cuneta hasta...hasta...y entonces...entonces...”-



Manuel rompió a llorar.

-“Paré de inmediato, me bajé del coche y entonces vi, vi al pobre abuelo tirado en la cuneta, boca abajo, y a unos metros la pierna... esa pierna”-

Manuel señaló con la mirada la pierna que ondeaba la maltrecha albarca.

-“Pensé que le había matado, el anciano quieto como un muerto y la pierna... esa pierna... a unos metros... pensé que le he arrancado la pierna”-> Manuel no apartaba la vista de la pierna-“¡Dios mío, pero que he hecho¡ me dije”-.

Mientras Manuel sollozaba nervioso el Tío Nicanor lo único que hacia era mirar y remirar su pierna; las correas de sujeción que estaban partidas y la albarca...la albarca...

-”Cago en la...”- rezaba el impasible anciano -”Pero bueno, en un par de tardes con unos trozos de cuero las dejo apañas pa lo que me resta de vida”-

Manuel sacó el pañuelo del bolsillo de su pantalón y por enésima seco el sudor de su frente.

-”Por si no tenía bastante con las manos de Ricardo ahora este señor...”- pensé
-“Le juro que no vi a este anciano hasta que fue demasiado tarde”- insistía Manuel
-“Tranquilo, voy a tomarle la tensión pero esté tranquilo“- medié -“Ya ve que la peor parada de todo este susto ha sido la albarca del tío Nicanor y con un poco de cirugía artesana en un par de tardes...reparada y el Tío Nicanor tampoco parece ni tan siquiera magullado”-
-”Se lo agradezco doctor pero me encuentro mejor, ver a Nicanor más fresco que una lechuga me ha calmado y este rato de charla me ha hecho mucho bien”-
-”Como desee Manuel”-
-”Dígame Nicanor el importe de todas los daños que le he causado y gustoso se lo abonaré, es lo menos que puedo hacer por usted”-
-¿A mi?...Naaaa, de verdad que na de na”- dijo el Tío Nicanor mirando al compungido Manuel -” Yo venía de mi huerto y por no saltar la acequia ataje recto y me enganche en unas zarzas que fueron las cabronas las que me hicieron la puñeta, trompique y me entré en el carril por donde venia este hombre con su coche”-
-”Le juro Nicanor que...”-
- “Ande Manuel, váyase pa la finca tranquilo, ahora mismo hablo con el Ricardo que toa su vida fue guarnicionero y me recose unas cinchas nuevas y a tirar hasta que Dios quiera, que hoy no era mi día. Y ahora si mayudan a colócame la pierna nos vamos al bar a tomarnos unos carajillos que aquí no ha pasao na que no se cure con dos o tres copas”-.
-“Le juro que creí haber matado al anciano, me acerque corriendo y el abuelo ya se incorporaba más fresco que yo”- repetía Manuel -“Ahí estaba él, limpiándose el polvo y encima tranquilizándome”-.
-“Es que tenia uste la cara desencaja”- terció el Tío Nicanor -“Le vi tan acobardao que me dije a este hombre le da un algo y haber como le socorro, yo le dicia que se tranquilizara que no pasaba na, pero el ni caso estaba tan azilotao que no atinaba a levantame, por lo menos nos caímos juntos cinco veces hasta poneme de pie”-
-”No me lo puedo quitar de la cabeza; que mal rato, que mal rato”-
-”Lo peor fue cuando le dije que ma cercara la pierna, joe, si se puso a dar arcas”- el anciano reía con ganas -“No atinaba a cogela y eso que es de madera y ni muerde ni se mueve sin mi”-.
-“Cuando me pidió que le cogiera la pierna creí morir “- Manuel rompió de nuevo a sudar -“Pensé que...no se que pensé, que le había segado la pierna o que se yo. Saqué fuerzas de flaqueza y al coger la pierna y notar que era de madera... ¡¡ de madera¡¡”... ¡¡ Dios que alivio¡¡”-.
-“Me se ha medio desmayao en el suelo”–
afirmó entre risas el Tío Nicanor.

Yo me imaginaba el “cuadro” con un Manuel angustiado, el bueno del Tío Nicanor tranquilizándole y ambos rodando por el suelo mientras la única testigo de tamaño desaguisado era la pierna de madera.

En ese momento los tres rompimos a reír a carcajadas mientras Nicanor levantaba la pierna ortopédica como si de un trofeo se tratara.

-“Venga pal bar a por unos carajillos, que pago yo”-


...

La cocina, al igual que la consulta, se había llenado de carcajadas. Me levanté para terminar de preparar los escalopes y besé a Enrique en la mejilla.

-“Y, con la pierna en su sitio, se han marchado de la consulta; el Tío Nicanor algo más cojo que ayer y Manuel algo menos pálido que a la llegada pero ambos sonriendo”-

También, aquí en casa, hemos reído, eran ya muchos los días que no reíamos juntos, eran muchos los días que no besaba a mi marido en la mejilla.

-“Con mucho esparadrapo, tesón y maña hemos dejamos la pierna lo más católica posible hasta que Ricardo repare tamaña avería”-
-“Al final, Enrique, tendrás que escribir un libro con las cosas que te pasen en Fuentes viejas”-
-“Eso, Julia, te lo dejo a ti , a ti y a tu imaginación”-



Así trascurre la vida de un pueblo sencillo , tan sencillo como las cosas sencillas que llenan los rincones de una vida y que no siempre sabemos, queremos o podemos valorar; así de ciertos son algunos momentos de la vida, tan ciertos como que el Tío Nicanor con su pierna de palo “remendada” estará buscando setas por el monte, tan ciertos como que Manuel no olvidará nunca esa curva y al Tío Nicanor ni tan siquiera después de varias rondas de carajillos en el bar de Fabián de este o de cualquier otro pueblo sencillo.

(Dedicado al tío Nicanor que nos dejó hace unos meses y que seguro ahora tiene de apodo...”correcielos”)

(Fotografías y texto de Jaime V.)

sábado, 10 de diciembre de 2016

Desde Fuentes viejas de Almenara: Felices Fiestas.


Confieso :

pierdo las ganas de soñar con la misma intensidad con la que me aferro a esos sueños de greda que me conducen charco si , charco no, hasta la casa de Don Servando.

Confieso:

continuo encontrando en la amistad una de esas las razones que me impulsan a levantarme cada mañana y saborear una caza de café tenga o no, a mano, mis galletas preferidas.

Confieso:

cada día encuentro más vacíos mis renglones pero más llenas las ganas de vivir en cualquier Fuentes viejas de Almenara o cerca de quien, con sosiego, intente no perderse un minuto de felicidad por muy cara que esta sea. Con la intención me vale.

Confieso:

me cansan los gurús con soluciones compradas en el bazar de Ali Baba; me quedo con la sabiduría quijotesca del Tío Besanas , con la inocencia a prueba de carajillos del “canillas” o con la silueta desnuda de Julia perfilándose en la ventana de su estudio (Enrique no sabe lo que tiene en casa).

Confieso:

que, sin vosotros, estos mundos que cada uno creamos, para los demás, serian botellas de cristal flotando sin tapón y el arroyo más cercano a mis manos discurre por la finca del Robledal.

Porque si olvidamos como se conjuga un sueño, si olvidamos como se jugaba a la peonza en la calle del Pósito, si olvidamos el sabor de una conversación junto a un amigo en el bar de Cosme o en el de Fabián, si olvidamos que mañana el prójimo podríamos ser nosotros...entonces es fácil perder la fe en las cosas sencillas que nos hacen sonreír cuando contestamos “de nada” a alguien que nos dijo:

gracias.

Desde Fuentes viejas de Almenara, desde sus calles, desde sus rincones, desde sus dimes y diretes, sus gentes os desean:

Felices Fiestas.


(¿Texto?...mío y de todos los habitantes de Fuentes viejas de Almenara)

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Las galletas

Si algo me horroriza de Enrique es su inflexible puntualidad, puede que tengamos en casa más relojes que fotos familiares; veamos que recuerde, está el reloj de la cocina, el reloj carrillon de pie que nos regalaron sus padres, por cierto horroroso, cuyas campanadas retumban en todo el barrio, luego tenemos el reloj de su mesilla con su estridente alarma, un reloj de pared en el pasillo entre las litografías que nos regalaron en nuestra boda sus compañeros del Servicio de Urgencias, el reloj de pulsera de mi marido siempre diez minutos adelantado, el que me compró Enrique en kay Joyeros como regalo de la Navidad pasada y que siempre va…llevo… diez minutos retrasado y el reloj que preside la mesa de su despacho , ese fortín con puerta infranqueable bajo pena de bronca; y segura estoy que en alguna caja de la mudanza, aún sin desembalar, dormitan otro par de relojes más.

Enrique lleva, bueno...me hace llevar, un estricto horario para todo. Su horario.

Da igual que sea laborable o festivo, a las ocho de la mañana desayunamos, a las tres en punto comemos, a las diez la cena debe estar en la mesa y si bien en el desayuno es el periódico quien cercena nuestra escasa conversación a la hora de la comida y de la cena es la televisión quien comparte, o mejor dicho preside, mesa y mantel.

A mi marido le atrae todo lo referente a política nacional e internacional, la economía en la eurozona, y cosas así. Suele devorar los artículos de Federico Jiménez Losantos o de Manuel Hidalgo, las profecías económicas de Carlos Cuesta, las paginas donde se recogen las cartas al director y, entre bocado y bocado, se empapa de las noticias de Antena 3 o cualquier otra cadena mientras pone titulillos y añadidos a las decisiones del Fondo Monetario Internacional o de Angela Merkel, y antes del postre soluciona conflictos internacionales con la misma sapiencia con la que quita las espinas a un lenguado o saborea unas croquetas de carne de cocido.

-“He estado ordenando tu ropa, deberíamos ir de compras a Madrid o a Cuenca, necesitas un par de camisas nuevas y unos pantalones informales para…”-
-“Bien Julia”-

Sus manos sostienen ese periódico que cada mañana desayuna con nosotros.

-“Ah, por cierto, llamaron mis padres, justo salia de la ducha cuando oí el teléfono; eran ellos, deseaban saber que tal nos...”-
-“Julia, por favor, pretendo terminar de leer el periódico de ayer antes de ir a la consulta”-


Esbozo una sonrisa que queda atrapada en la contraportada del periódico “de ayer”. Al menos Raúl del Pozo me devuelve la sonrisa mientras, apoyado sobre sus manos, parece escuchar nuestro intento de conversación.

-“Por cierto, el lavaplatos esta en las ultimas y…”-
-“Pues lava los platos como se ha hecho toda la vida, no pretenderás que venga de trabajar y me ponga el mandil“-


Enrique frunce el ceño; su voz, agria, me produce un nudo en la garganta.

-“Si tanto esfuerzo y sacrificio te cuesta llevar esta casa y una familia de dos personas igual deberías contratar a alguien del pueblo así al menos las tareas del hogar estarían mejor hechas de lo que están, pero vamos que tampoco creo que te agote hacer lo que…lo poco que haces; me gustaría verte sacando adelante mi trabajo y más en las condiciones deplorables que caracterizan a este pueblo en tantos y tantos aspectos”-


Otros días la discusión terminaba con esta u otra frase parecida mientras sus palabras lograban que me sintiera como una mierda en su vida, en mi vida…en nuestra vida en común. Pero hoy no.

Desde hoy, si, desde hoy no estoy dispuesta a contenerme más y sacando fuerzas de no se donde consigo levantar mi voz por encima de la suya. Esta vez mis labios no guardan su habitual silencio, su doloroso silencio. Trago saliva y contesto con una firmeza que, incluso a mí, me deja sorprendida.

-“¿Es que crees que solo tú trabajas?”-
mi voz apaga el tintineo de su cucharilla-“¿Es que crees que no hago nada?”-
-“Lo que creo es que últimamente parece que solo tratas de llevarme la contraria y de buscar cualquier motivo para discutir. Tal vez deberías plantearte cambiar tus modales y ocupar tu tiempo, ese tiempo que te sobra, en algo más útil que pintar o encerrarte en tu impotencia y no en tratar de joderme la vida en esas cosas que para mi son...eran...”-
- “¿Como que joderte la vida?”- mis manos se crispan sobre la taza de café -“Yo no tengo la culpa de no poder tener hijos”-

Enrique no me mira, no dice nada. Nada. Su rostro continua oculto tras el periódico. Su silencio es afilado, cortante.

-“No tengo la culpa, no la tengo”-

Enrique dobla el periódico con brusquedad. Me mira blandiendo su semblante indiferente, es como si mis palabras hubieran taladrado sus oídos. Siento que su mirada me atraviesa. Tras unos instantes deja el periódico junto a su servilleta.

-“¿Son estas las galletas de siempre?”- la mano de Enrique aferra una galleta como si se tratara de la prueba de un delito - “Estas no son las galletas que tomo en mi desayuno diario”-

No entiendo la pregunta de mi marido. No entiendo sus palabras. Contesto sorprendida ante el giro absurdo que a dado nuestra conversación.

-“En el supermercado no habían recibido de la marca que te gusta y creí que, por un día, no pasaría nada por que desayunaras de las que tomo yo”-
-“Saben muy mal, prefiero las galletas Gullón”-
-“Son galletas integrales con un tueste especial, no están tan malas exagerado además no creo que por un día que pruebes mis galletas te pase algo”-



Miro a Enrique mientras saco su taza de café del microondas.

-“Prefiero tomar solo café con leche, esas galletas saben a…saben raro”-

Cuantas veces Enrique es demasiado imperativo en sus expresiones incluso cuando trata de parecer amable otras veces me recuerda a un niño malcriado que se enfurruña cuando no se sale con la suya.

Vuelvo la cabeza mientras asiento de manera mecánica.

-“Si, cariño”- respondo pero una vez más el periódico resulta ser un muro infranqueable que nos separa. Desde la contraportada Raúl del Pozo me devuelve una vez más la sonrisa mientras escucha atónito nuestra estrambótica charla.

Retiro el plato con las galletas causantes de nuestra discusión. Durante unos segundos permanezco inmóvil frente a Enrique, desconcertada. Pero hoy no , hoy no discutiremos.

Hoy no.

Mi voz pretende resultar conciliadora. Decido dar un nuevo giro a nuestra charla matinal.

-“Deberías dejarte barba, así resultarías más atractivo”-

Intento acariciar su barbilla pero las yemas de mis dedos acarician el vacío. Enrique aparta su cara, se incorpora y mira su reloj. Me estremezco.

-“Deberías terminar de recoger la cocina y vestirte sabes que no me gusta que andes por casa medio desnuda con solo una camisa por muy grande que esta sea y deberías abrocharte algún botón más, dejas muy poco para la imaginación”-

Entreabro los labios para responder pero...Raúl del Pozo me sonríe; el intento de rebajar el tono seco de la conversación ha resultado ser un fracaso. Al menos ha reparado en mi camisa. Solo una camisa separa mi piel desnuda de su indiferencia. Solo una vieja camisa blanca de mi marido, solo eso y el periódico de ayer separan nuestros mundos.

Es cierto que con el trajín de recoger las tazas, la camisa que llevo a medio abrochar, se ha ido abriendo lentamente sin que me haya dado cuenta dejando ver parte de mis pechos.

-“¿Verdad que no estoy nada mal para mis treinta y tres años? “-interrogo tímidamente al espejo cada vez que me desnudo para ducharme o acostarme o…no, para “eso” hacia tiempo que no me desnudo.

No, no me conservo mal, siempre he aparentado menos años de los que tengo. El adjetivo que, creo, mejor define mi aspecto es atractiva...hum...¿o interesante?

Si, atractiva, bastante atractiva. Bueno, atractiva sin más aunque no mucho para Enrique.

Desde muy niña practique natación y me siempre me ha gustado cuidarme; en el baño no faltan, cremas fáciles, cremas de contorno de ojos, mascarillas antiarrugas, lociones corporales , una espuma tonificante de senos, y...todas esos secretos de mujer que Enrique llama con un cierto desdén “mi falsa belleza de bote”, además procuro dentro de lo posible mantener una alimentación correcta, pasear todos los días y vestir de manera juvenil dentro de los “cánones” que Enrique considera como “políticamente adecuados”.

Siempre me han gustado los vestidos algo escotados que dejan al descubierto el nacimiento de mis pechos, los escotes palabra de honor y las faldas cortas; mis piernas son rectas y bien moldeadas, pero mi marido considera que esa no es la forma adecuada de vestir de...de...aunque para faldas cortas y trajes insinuantes los que usa Patricia, mi cuñada, claro que la “tolerancia textil” de mi marido y la de mi hermano no se parecen en nada. En nada. Siempre recordaré, con envidia, un vestido largo con transparencias de Roberto Cavalli que mi cuñada estrenó una cena de Nochevieja; fue la mujer más mirada, deseada, arrullada del baile en casa de los Urquiza.

Hasta Enrique, para sorpresa de propios y extraños, bailo con ella.

Mi marido carraspea intentando decirme algo y aprovecho ese momento de duda para inclinar mi cuerpo. Siento como uno de mis pechos se desliza fuera de la camisa. Siento su pezón endurecido.

Siento desnuda mi respiración. De nuevo me estremezco. Huele a café y ese olor me excita.

Vuelvo a agacharme para recoger las tazas del desayuno. La taza de café de Enrique aún esta caliente. Enrique se limita a mirarme en silencio. Se que está mirando mi pecho. Deseo que así sea.

Llevo mi dedo corazón hasta mi garganta y desciendo lentamente hasta alcanzar el primer botón que permanece abrochado. Se que la taza de café de Enrique esta caliente. Me llega su aroma.


Noto mis pezones endurecidos. Noto mi respiración y me estremezco. En mi mente se agolpan imágenes prohibidas, imágenes turbadoras. Mis dedos desabrochan otro botón.

La voz de Enrique me devuelve a la cocina. Mi mano regresa al vacío que nos separa.

-“He de irme se hace tarde y me gusta ser puntual; recuerda lo de mis galletas”->

Con muy poco acierto y a la carrera deja un beso en mis labios, si…más bien deja un beso mientras que yo termino de recoger las servilletas.

-“Por Dios Julia que estamos en la cocina, este no es un lugar para que te muestres...así”-
-“Si cariño, la camisa y las galletas”-
asiento con una sonrisa forzada.

El olor a café es un recuerdo que araña mis pechos Miro a la mesa, Enrique ha dejado olvidado el periódico, y su café...su café esta frío. Abrocho uno a uno los botones de la camisa mientras anoto mentalmente que mi marido para ser feliz a la hora del desayuno solo necesita dos cosas:

su periódico de ayer y sus galletas, sus galletas de la marca Gullón.

(La primera foto es de autoría, la segunda ha sido cedida por una lectora de este blog. Texto de Jaime V.)

martes, 25 de octubre de 2016

El estudio de Julia

Tras las tormentas que asolan mi matrimonio no siempre llega la deseada y ojala reparadora calma, no…en mi caso, tras la tormenta, suele venir un tiempo de silencios que unas veces se prolonga durante varios días y en ocasiones se expande hasta…hasta que no puedo más y me disculpo antes de que la cabeza y el corazón estallen.

Dos, puede que los dos únicos remansos donde encuentro un sosegado refugio cuando la tensión entre mi marido y yo explota, sean la pintura y la escritura, pero sobretodo y de un modo muy especial la pintura.

Desde niña prefería pasar las horas pintando antes que jugar con muñecas. Crecí en el seno de una familia conservadora de profundas creencias cristianas, en un pueblo con ínsulas de ciudad.; una familia que ahora se catalogaría como de “rancio abolengo venida a menos”.

Siempre estaba garabateando, en todas las hojas en blanco que llegaban a mis manos, nubes que sonreían, pájaros con gafas y bastón , paisajes abarrotados de colores y charcos donde los peces tenían sombrero, recuerdo que tanto mis manos como mis mejillas y mi babi de la escuela estaban siempre llenas de manchas de acuarela y el pelo enredado con plastilina de todos los colores posibles.

Mi padre sonreía al verme.

-“Pero Julia ya has gastado otra caja de pinturas de Alpino y tienes restos de plastilina roja y verde en el pelo”-
-“Es que las pinturas son muy cortas y la punta se rompe, además tengo que llenar el cuaderno de dibujos hoy y empezar otro”-
-“No debes apretar tanto, en vez de pintar haces grabados; el trazo debe ser suave como si acariciara el papel”-


Recuerdo la mano de mi padre deslizándose de izquierda a derecha en la hoja y como por arte de magia un trazo de color azul se convertía en un cielo lleno de globos o un trazo marrón se convertía ante mis ojos en un campo surcado de caminos y amapolas.

Mi padre dibujada muy bien. Mi padre era muy bueno conmigo. Reía, siempre reía.

-“Ahora yo”-

De nuevo mi afán taladraba la hoja de papel mientras pintaba otro pez con pies nadando en un charco rosa.

Mi padre reía. Recuerdo, como recuerdo, la risa generosa de mi padre.

-“Teresa, esta niña será una artista”-
-“Mimas en exceso a Julia”-
-”Julia es especial, Teresa”-
y , con delicadeza, dejaba un nuevo trazo en la hoja -”Julia siempre será mi niña pequeña”-
-”Mimas en exceso a Julia y eso no, a la larga, no beneficiará su educación”- remarcó mi madre entre dientes y mientras doblaba enérgicamente otra camisa de mi padre.

Desde niña tuve muy claro que deseaba ser...que deseaba pintar y cuando comencé mis estudios en el instituto me prometí que estudiaría Bellas Artes, pero mis padres, sobre todo mi madre, decidieron que no, que esa no era una carrera apropiada para una señorita como yo. Mi madre era...fue el Enrique de mi infancia.

-“Nuestro primogénito estudiara Derecho o Económicas”- afirmaba tajante mi madre
-“¿Económicas o Derecho?”- la voz de mi padre también sabia sonreír -“Con la forma de ser que tiene nuestro hijo, con lo embaucador y negociante que es vivirá del cuento y será la tabla de salvación de nuestra vejez o nuestra ruina”-

-“Pues Julia...Julia...”- un atisbo de nerviosismo teñía la voz de mi madre cuando mi padre parecía tomarse en serio sus palabras - “¿Que tal...enfermería enfermería o magisterio o...?”-
-“¿Enfermera, Julia?”-
-¡Si, con lo apocada que es casi mejor que estudie algo como magisterio o algo parecido o que forme una familia , tampoco es necesario que nuestros dos hijos hagan una carrera, seguro que a Julia no le faltaran pretendientes ”-
-“Pues si que tienes prisa, Teresa, por decidir el futuro de nuestros hijos cuando tu querido hijo solo tiene quince años y la niña doce”-

-“Es ahora cuando hay que empezar a encauzar su futuro para que el día de mañana sean personas de provecho, una de nuestra responsabilidad como padres es esa, que la vida da muchas vueltas y nunca sabemos...”-
-”Teresa, hay tiempo, tenemos mucho tiempo por delante”-
-”Julia estudiará magisterio o algo parecido”-
-” No te preocupes, aún queda tiempo para que Julia...”-

-“Julia estudiará Filología inglesa como la hija de tu amigo Roberto”- y mi madre dio por zanjado todo lo referente a mi carrera universitaria sin dejar un resquicio para discutir.

Mi padre claudicó con una triste sonrisa.

-”Como desees Teresa, como desees”-

Y mientras las camisas recién planchadas de mi padre quedaban dobladas junto al sofá, mi futuro se esbozaba lejos de mis dibujos infantiles.

A los diecisiete años hacia las maletas para dejar atrás mi adolescencia, mis amigos, las calles de mi pueblo natal y emprendía rumbo a Madrid con el fin de comenzar la carrera que mi madre había elegido para mi. En Madrid esperaba mi hermano Adrián que, sin muchas prisas, intentaba terminar Económicas, y una ciudad que despertaba tantas emociones como el futuro que me había sido impuesto. Amarga fascinación empañando mis mejillas.

Escondidos entre mi abultado equipaje, dentro de una carpeta de recias pastas, me acompañaban aquellas hojas “de cuadritos” con nubes que sonreían, con pájaros con gafas y bastón, con charcos donde los peces llevaban sombrero...y recuerdos, recuerdos que me consolaban en silencio, que me protegían.

-“Siempre alguien parece tener la última palabra del que seria mi siguiente paso”-

Ese pensamiento me acompaña cuando, ahora , soy yo quien dobla las camisas recién planchadas de Enrique o cuando quito el polvo que golpea mi titulo enmarcado , ese titulo que solo sirve como elemento decorativo en mi estudio.

-”Mi estudio, mi escondite, mi huida”-

Además justo debajo del estudio queda el despacho de Enrique.

-”No me importa que pintes, estudies o te dediques a la astronomía pero espero que no hagas ruido ni nada que me impida concentrarme en mi trabajo”-
-“No te preocupes, cariño, no te importunare nada”-

Enrique, al igual que mi madre, siempre preocupados por...por...

Aun recuerdo la primera vez que entré en esta habitación y de eso hace ya más de tres meses.

¡¡ Más de tres meses¡¡

Más de tres meses llevamos viviendo en Fuentes viejas, más de tres meses y aún hay calles, plazas, rincones, arrabales que no conozco; más de tres meses y aun hay gente con la que no he cruzado ni un escueto saludo.

Cruzo la puerta del dormitorio, enfilo el pasillo que se llena con una pegajosa oscuridad., me lleva unos minutos alcanzar la puerta de esa habitación abuhardillada adonde mis pasos , siempre que pueden , parecen llevarme.

Poco me importaba el tiempo que pudiera tardar en modelar, en amueblar, en decorar esa habitación hasta convertir cada centímetro de su suelo, de sus paredes, de su techo en mi refugio, en ese lugar donde pudiera encontrar una razón para no vender mi alma al diablo a cambio de regresar a nuestra casa de Madrid y dejar atrás esta pesadilla en la que se estaba convirtiendo mi vida junto a...junto a mis miedos, a mis represiones, a mi inseguridad.

Desde la primera vez que entré en esta habitación había imaginado, planificado, el lugar que ocuparía cada mueble, cada estante, cada cajón, cada lámina, cada fotografía; y después de tres meses de robar horas a la cocina, a la fregona, al costurero, a la plancha, al compadreo con el vecindario, a mis ejercicios matinales de pilates...por fin tenía un lugar poder encontrar a Julia, donde silenciar amarguras y descubrir el sabor de los sueños, la intensidad turbadora de algunos deseos atrapados bajo mi piel.

Deseo estar descalza y sentarme sobre la alfombra. Deseo estar desnuda de...

Abro la puerta y me descalzo. Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí.

Contemplo el interior de mi estudio, la luz que desde el jardín entra por el ventanal me empapa.

En estos tres meses, en estos monótonos tres meses y medio, he pintado sus paredes de color gris humo dejando aquí o allá ladrillos sin cubrir para romper la monotonía, a veces se puede decorar con vacíos, un triste ejemplo es...mi vida. He cubierto el suelo con la alfombra multicolor de lana anudada a mano que me regaló la hermana de Enrique así puedo estar descalza mientras pinto; ya se que una alfombra no es lo mas aconsejable para un estudio de pintura pero este es mi estudio y me gusta pintar descalza, y en ocasiones, sin que me vea Enrique, solo vestida con una camisa blanca suya que ya no se pone.


He colocado dos caballetes de manera que la luz se vierta sobre los lienzos desde la izquierda; me gusta trabajar en más de un caballete para así cambiar de tema y, descansar de un lienzo, pintando otro diferente o solo para tener la sensación de espacio donde perderme y malgastar acuarelas mientras escucho música.

Gracias a Westwing magazine he comprado sin moverme de Fuentes viejas varias estanterías de madera , cestas, varias cajas de madera , unas cajoneras altas de madera , un par de taburetes, un par de mesas con ruedecillas y unas cortinas de muselina blanca.

En las estanterías y cajoneras he ido guardando todo aquello que preciso para pintar.

Pinceles de pelo de marta, de oreja de buey y otros tipos , unos cuantos lienzos, espátulas para fundir confundir o definir, paletinas para fondear, esponjas, una palangana ,varios pocillos de cerámica y metal , dos rodillos,tintes, pigmentos, aglutinantes sintéticos, trozos de tela, papel de Manila, trapos, plásticos, cinta de carrocero, guantes de cirujano, o lanas fieltros pañetes eran algunos de los “útiles inútiles” que se repartían las baldas y cajoneras en un orden desordenado junto a frascos con esencia de trementina, aceite de lino, estuches de oleos , acuarelas , cretas , pinturas acrílicas, carboncillos y...todos aquellos útiles, “inútiles” según Enrique, que preciso para malgastar mi tiempo y el suyo.

Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí. Todo lo que necesito me aguarda, No sabría explicarlo a nadie pero, aquí, soy y encuentro a Julia.

He ido decorando poco a poco las paredes del estudio con algunos de mis cuadros y
con láminas de mis pintores más admirados; así reproducciones de Cristóbal Toral de Antonio López García, Revello del Toro, Carmen Laffón, Esteban Vicente y Edward Hopper son mi silenciosa pero grata compañía.

Bajo el ventanal, el viejo escritorio de mi padre, me sirve como superficie de trabajo. Huele a madera envejecida, huele a mi infancia y, a media altura en la pared frente al ventanal, descansa el espejo que me regaló tía Fina, su voz me acompaña cuando la horas huelen a incertidumbre, a trementina y mi tacto se empaña con los carboncillos.

Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí. Todo lo que necesito me aguarda, No sabría explicarlo a nadie pero entre estas paredes, cada día, encuentro algún viejo recuerdo, algún nuevo sueño aguardándome junto a la luz que entra desde el patio.


Cada vez que mi cuerpo se refleja en el espejo parece que me viera de una manera diferente, como si esa parte que esta dormida en mí se despertara de repente trazando mi piel, como si esta fuera un lienzo desnudo, esos momentos de pasión que aún no he vivido y deseo...si, anhelo vivir.

Continuo descalza, me gusta estar así...descalza y desnuda de todo aquello que hace imposible los trazos que buscan convertirse en un paisaje que se retira lentamente cuando dejamos de buscar salidas a nuestros sueños, en una escena de calle que atrape la vida dentro de un silencio, en una mujer cuya desnudez aguarde indolente a...cuyas piernas firmes, separadas, cuyos senos abandonados aguardan esa intimidad donde sujeto y predicado son otro o el propio tacto.

No decido el futuro de nadie ni termino de encontrar el mío propio pero poseer este micromundo de apenas doce metros cuadrados supone haber ganado una batalla en esta casa donde mi vida naufraga.

Parecerá una tontería, una banalidad pero en ese rincón de la casa de Don Servando, en mi estudio, huyo de las horas minerales y a veces encuentro sueños de colores sobre un lienzo y a veces lloran sobre mis manos aquellas nubes que sonreían, aquellos pájaros con gafas y bastón y los peces que llevaban sombrero.

Entonces, solo entonces, mi tía Fina y yo, ambas descalzas , ambas desnudas, bailamos frente al espejo para mayor vergüenza de mi madre.

Entonces, solo entonces, escucho como mi padre...sonríe.

(Las fotografías que acompañan al texto han sido cedidas por una lectora de este blog. Gracias por esta colaboración. Texto de Jaime V.)

domingo, 2 de octubre de 2016

La mancha azul


-”¿Ande va tan deprisa tío Besanas?”-
-”Te importará mucho a ti donde voy Canillas”- espetó el anciano
-”Ya va uste enfurruñao como tos los días”-

Pero el tío Besanas no escuchó o no quiso escuchar las palabras del alguacil, con cinco zancadas cargadas de coraje atravesó la calle Mayor sin más contemplaciones. Camina con el temple de quien conoce cada huella del camino, luchó en el bando perdedor de una guerra civil de la que no salió derrotado.

-”¡Y encima azul, azul!”- masculló cargado de razón como si alguien le escuchara.

Todos, en el pueblo, le llamaban “tío Besanas”, sin más nombre ni apellidos ni otros titulillos. Siempre vestía un traje raído y albarcas, solía hablar poco y discutir mucho.
Pasó gran parte de su juventud en las cárceles fascistas, de “guardián de los guardianes”, como presumía él, y ahora cuando los años curvaban su testaruda espalda no iba, no, no cosecharía su primera derrota...y menos por…esa...

Él, un anarquista luchador cuyas manos habían dominado, sometido, amansado los cartuchos de dinamita... el no iba a ser derrotado por una mancha, por una mancha jodía.

-”Y menos azul” - rubricó en su ajado interior mientras enfilaba sus pasos hacia la puerta de la consulta.

-“Azul, azul la jodía”-


En la sala de espera aguardaban Tirso y Casilda para que Ruth les realizara un control de la tensión y Aparicio que, como siempre que se pasaba en la cena, sufría un matinal “asiento en las tripas”. La voz de Aparicio retumbaba en la sala de espera mientras intentaba hacerse oír por Tirso.

Tirso padecía una profunda, profundísima, sordera congénita; no por nada se le conocía en el pueblo como “el sorderas”.

-“Na, Tirso, me cenao una morcilla de nuestra matanza, un trozo de asadura que ha sobrao de la comida y un cantero de pan pringao de arrope; y tengo asiento en las tripas”-
-“Que nos hacemos mayores, Aparicio, solo eso ; que los años no pasan en balde, yo ando con la tensión alta y la mujer no tie tensión y eso que comemos lo mismo”-
-“Na, como es la vida; antes que había hambre no teníamos na pa comer y ahora que tenemos la despensa bien surtía no nos deja comer el medico”-
-“Así son las cosas Aparicio, así son”-


La puerta de la sala de espera se abrió como empujada por un golpe de viento dejando pasar al tío Besanas con cara de pocos amigos.

-“Salud”- dijo fríamente el anciano -“¿Quién da la vez?”-
-“Buenos días, yo soy el último, el Tirso y su mujer están pa la Ruth pero yo estoy pal médico; anoche es que cene…”-
-“Pues yo tampoco he lograo conciliar el sueño y, aunque no soy mu amigo de estar de a diario en la consulta como tú, he pensao que a lo mejor el medico nuevo me da una solución pa mi problema así es que voy dentro pa no demorar el mandao, que no puedo esperar más y tú no ties na que hacer”-

Respiró hondo, su problema era serio, él lo sospechaba, la solución se pintaba complicada.

Ninguno de los pacientes que ejercían de tales dijo nada, los tres conocían la “leche que se gastaba” el tío Besanas cuando algo le rondaba la cabeza.

-“Pasa pues; yo me quedo aquí de charla con el Tirso y la Casilda”-
-“Pues gracias, luego te llevaré unas cabezas de ajos pa que los ases en la lumbre”-


Con un par de zancadas, que solo conocían desde sus años mozos la línea recta y que ahora con la edad había disminuido en velocidad que no en tozudez el tío Besanas alcanzó la puerta de la consulta y llamó enérgicamente.

-“Adelante”-
invité.
-“¿Da su permiso?”-
-“Adelante, pase usted”-
-“Buenas, tío Besanas”-
Ruth sonrió al anciano- “¿Qué le trae por la consulta?”-

El tío Besanas permanecía de pie ante nosotros como si se tratara de un alumno ante un examen oral conservando ese empaque, esa presencia, segura y serena del hombre que siempre ha estado seguro hasta de su incertidumbre.

Sostenía entre sus manos una gorra Durruti teñida con la herrumbre de los años, que seguro sabia más por vieja que por gorra. Las arrugas de su cara se descolgaban desde su frente hasta su cuello como si fuera una persiana carnal pero sus facciones denotaban que la palabra resignación no estaba en el diccionario del tío Besanas.

-“Mire doctor, esto... esto no me puede suceder a mí, a mi no”-
sentenció el anciano.
-“Usted dirá, le escucho”-

Me arrellané en mi silla picado por la curiosidad; no conocía al tío Besanas en persona aunque si de “oído”, esta era la primera vez que mi vida y la del apergaminado anciano se cruzaban, pero todos los habitantes de Fuentes viejas de Almenara sabían de su testarudez y cabezonería y también, es justo decirlo, de su sinceridad y nobleza.

No se el por que pero, al tener frente a mi a este entrañable personaje, intuí que la causa de la consulta sería más inesperada que sanitaria; el viejo luchador era así.

-“A mí no, es que no y que no”
rubricó con desazón.
-“Cuénteme, cuénteme” – insistí de manera educada.
- “Usted igual no lo sabe pero me he gastao gran parte de mis pocos ahorros en una maldita dentadura; y que para terminar de pagar el descalabro de mis dientes hube de vender las fanegas del Sotillo que me dejo mi padre en herencia y que eran de regadío”-
- “Algo sé”-pero lo cierto es que mentía por no parecer descortés.
- “Pues vera usted, tos los días después de las comidas me tomo los comprimios que me recetó pa la tensión, los del colesterol ese y el que me mandaron en el hospital pa que no se me espese la sangre; luego me quito la dentadura y la limpio con las pastillas ecervescentes que me venden en la farmacia”-

La compostura del tío Besanas se mantenía tan firme como su retahíla de explicaciones.

-“Pues vera hace ya unos días que me fijao en que tengo en los dientes postizos una mancha que no sale con na... y es azul, la jodía mancha es azul, azul”- afirmó mientras sus cansadas manos se frotaban entre sí nerviosas.

Escuchaba al buen hombre con una mezcla entre sorpresa y curiosidad; me caía simpático este viejo recuerdo de un tiempo pasado del que nunca renegó, orgulloso de su lucha, de su dolor, de la cal de sus paredes, de su irreductible pasado, del recuerdo de sus camaradas, de sus trajes raídos y...de su dentadura ahora “dañada”.

-“Con las pastillas ecervescentes no sale, tie cojones pa lo caras que son, y me tie preocupao por si se me estropea la dentadura postiza...¡¡como se estropee¡¡”-

Miré de reojo a Ruth y ella me devolvió la mirada; ambos estábamos perplejos.

-“¿Que le puedo decir?”-
pensé mientras no dejaba de mirar al anciano.

Y entonces tuve una de esas ideas que no merecen ser repetidas y menos patentadas.

-“Mire, lo más lógico seria ver la mancha y con el instrumental adecuada realizar una toma de muestras para un posterior análisis microbiológico con el objeto de identificar con exactitud que puede agente puede ser el causante de...”-


Y ni corto ni perezoso sin dejar que terminara mi perorata, ante mi asombro y el estupor de Ruth, la mano del Tío Besanas describió un rápido movimiento hasta la boca para así ¡¡ sacar la dentadura¡¡ dejándola con brío y presteza sobre mi mesa.

La dentadura se deslizó deteniendo su atrevida carrera junto a la libreta de notas de una estupefacta y sonrojada Ruth.

Encarada y desafiante, la dentadura, parecía esperar que la ocasión fuera propicia para emprenderla a mordiscos con el escote de mi atónita enfermera; pero no, la prótesis dentaría supo comportarse como de ella se espera y quedó plácidamente detenida sobre la pálida mesa sin expresar él más mínimo interés por toda la curiosidad y perplejidad que, ella y su anciano dueño, habían desencadenado.

Tras unos minutos, y aún sorprendidos por la resolutiva maniobra del Tío Besanas, giré con la punta del bolígrafo a la protagonista de la consulta localizando así la maldita y azulina mancha.

-“Ve, dogtor, la mancha ogia es azug”-


La mancha azul apareció, orgullosa, en la parte interior derecha de la mandíbula superior, su tamaño era el de una moneda de dos céntimos de euro y resplandecía como si supiera de su importancia.

-“¿La ve, doctor? .... azug y en el lao degecho... tiene...”-
articuló como pudo el desdentado anciano.


Aún sorprendido el método didáctico empleado por el viejo anarquista solo acerté a decir:

-“Puede ser un... ¿hongo?”-
-“¿Un hongo?”->respondió el tío Besanas-“ Hongo o uga seta o un champiño, me pagece que ute de machas etiede mu oco”-

El anciano, algo irritado, apretó sus despobladas mandíbulas y con un nuevo movimiento, más propio de un malabarista que de un pensionista, la mano del Tío Besanas regresó la hilarante dentadura a su lugar de trabajo.

Sin encontrar solución a su mal el afligido anciano se levantó de la silla dirigiéndose a la puerta sin atender a más razones que aquellas que hirvieran en ese momento en su torrente sanguíneo; al girar la cabeza para despedirse observó que en la mesa había quedado la húmeda huella de su dentadura.

-”Perdón, perdón, disculpe mi torpeza”-

Y ni corto ni perezoso extendió su antebrazo sobre la mesa hasta que, frota que te frota, eliminó los restos de saliva con la manga de su traje de pana.

-“Arreglao lo suyo, sin solución lo mío” –me espetó.
-“Igual frotando con un poco de jabón y un cepillo de los dientes…”- susurró Ruth en tono conciliador.

El anciano, sin mucha convicción y algo abatido, nos hizo participes de su solución.

-“Probare con Estrella limón que tengo en casa o con la lejía Conejo o con Cristasol y sino raspare con la chaira, pero esa jodía no se ríe de mí.”-

Antes de cruzar el umbral, a modo de despedida, masculló:

- “Y azul, la jodía mancha está en la derecha y es azul”-

(Fotografías y texto de Jaime V.)