jueves, 21 de mayo de 2015

Allí.


Allí todo es más fácil.

Allí puedo caminar perpendicular a los caminos y tangente a un destino que, no sé por que motivo, me eligió; yo solo había levantado la mano para que me dejaran ensayar el sonido de un “no” y mira por donde me encontré vistiendo un “si” que casi nunca suena como mío.

Allí no necesito saber si el horario va o viene a favor o en contra de la herrumbre de mis manos, de los trenes que aguardan en una vía huérfana de padre y madre, de la lejanía que ni sabe ni le interesa si existo, si existes.

Allí no hay prisas para salir o llegar, triunfa la quietud sobre el impertinente acelerón del calzado urbano intentando pasar en rojo el semáforo del infarto; allí el ritmo de la vida mira con ojos de pillo a ese palillo que, hora si hora no va, del carrillo derecho al izquierdo mientras los ojos se apagan frente a los surcos donde se deshoja la esperanza de la siembra.

Allí bebo de mi soledad sin sentirme solo. Allí nada es igual.

Allí las dudas me conocen y aunque las respuestas esquivan mis labios tampoco las intento atrapar, vamos que ni lo intento.

Allí las palmadas en la espalda no necesitan de un espejo retrovisor adosado al hombro para ver la huella de Caín, las manos son cálidas y saben de los “que bueno verte de nuevo”, de un “estarás unos días por aquí”, del calor de la estufa de leña que entre legañas de ceniza ni se apaga ni se jubila, solo escucha historias que antes o después arderán en su lumbre.

Allí siempre hay alguien que espera sin mirar la edad de su reloj, sin tener que dar cuerda al cobre de los recuerdos, sin que importen los tiempos verbales ni la cartografía de los sentimientos; solo se arquea el horizonte con el paso de las estaciones, con el regreso de quien nunca marchó.

Allí mi ayer es tu siempre y antes fue nuestro aun. Allí, quizá, hace demasiado tiempo que no voy.

(fotografía y texto de Jaime V.)

miércoles, 13 de mayo de 2015

Ni el silencio.


Arrastra el viento
todo aquello
que no saben las palabras:
el vértigo de las cartas que fueron
castillo sobre las nubes,
el naufragio del terrón de azúcar
sobre la cobardía del olvido,
la tregua maleable del humo
antes de ser lento descenso.
Oculta el viento aquello que sucederá
cuando se detengan los relojes.
Nunca hubo presteza en las manos
que soñaron rompen las bridas del azar.
Nada acontece tras el miedo
dibujado en las ventanas rotas,

nada

ni el silencio.

(fotografía y texto de Jaime V.)

martes, 5 de mayo de 2015

Sedientos


Ferrosos los charcos.

Sedientos.

Porque el agua ya no es agua
solo es un líquido hambriento
del dolor de las miradas
de la herrumbre de los cuerpos.

Sobre el légamo del llanto,
sobre las pausas del viento,
el ruido de las pisadas,
son, de la lluvia:

silencios.

(fotografía y texto de Jaime V.)