lunes, 21 de septiembre de 2015

La casa de Don Servando

-“Lo mejor será que nos acerquemos al Ayuntamiento para que me indiquen donde esta la casa de Don Servando por si fuera necesario cumplimentar algún tipo de documento o bien realizar aquellos trámites que sean pertinentes”-
-“Si, creo que es lo más lógico, cuanto antes sepamos donde esta su casa antes podremos vaciar el camión , terminar la mudanza y volver a Madrid; además su señora necesita descansar, parece no encontrarse nada bien”-
-“Eso haremos, Vasile. Vaya viaje que me ha dado mi mujer”-


Dentro del coche Julia permanecía con los ojos cerrados, solo deseaba dormir un rato, una hora , dos; solo un rato y… ¿y?..la verdad es que no sabía con certeza que deseaba.

Una tercera voz se suma a la conversación, era una voz rota pero afable. Tal es su agotamiento que Julia apenas acierta a entender alguna frase entrecortada y palabras sueltas.

-”To recto pasando la calle de las escuelas , tuerza la segunda bocacalle a la derecha y llega en na a la plaza donde está el Ayuntamiento que tie la fachada recién pinta ,suba y pregunte por el Canillas”-
-“Entonces me aconseja usted que me acerque al Ayuntamiento y pregunte por...por…?-
-“Por Mariano el canillas, es el alguacil, seguro que le pue ayudar y a estas horas pue que esté allí o igual no porque al Canillas, que así le apodamos al alguacil, no hay quien le controle, igual sa subio a la eras que esta en el parque o atizandose una copa en el bar del Cosme”-
-“Aguarde aquí, Vasile, me acercaré al Ayuntamiento procuraré demorarme lo menos posible y realizar las gestiones pertinentes”-
-“Na, que no se preocupe, aquí arrimaos a la bascula no estorban ni el coche ni el camión”-
-“Tranquilo, Don Enrique, tarde lo que precise, cuidaremos de su señora”-
-“ Sino está el Mariano seguro que está el Benjamín ques el administrativo”-
-“Muchas gracias”-
-“De na que pa eso estamos”-

El cansancio, el abatimiento, hacen que Julia mantenga los ojos cerrados mientras intenta recuperar sus fuerzas; necesita sentirse protegida, necesita sentirse capaz de afrontar este reto , derrotar la ausencia de su marido y...la voz de Enrique llamando a Vasile le hace incorporarse en el asiento del coche. Ha trascurrido casi una hora desde que su marido se fue.

-“Perdone la tardanza Vasile pero el tal Mariano no estaba y he tenido que esperar a que el funcionario municipal encontrara las llaves”-
-”No se preocupe Don Enrique”-


Enrique golpea con los nudillos en la ventana del coche. Julia , sin ganas, levanta la vista.

-”Vamos a descargar los muebles y mientras podrás descansar un rato hasta que te recuperes; cariño creo que deberías intentar poner algo de tu parte y tratar de...”-

Las palabras de Enrique no lograron interesar a Julia , le arden las mejillas y el estómago. Asiente sin escuchar las palabras de su marido.

El coche de Enrique avanza despacio seguido por el camión, entramos en Fuentes Viejas y el pueblo me regala una agradable sensación de paz. Me siento mejor , esperanzada.

Las casas bajas de tapial encalado alternan con otras de sillarejo y parecen sostenerse entre otras de diseño más actual, casas de dos y tres plantas, de ladrillo y piedra. Un par de escudos nobiliarios atrapados entre la cal y repartidos como quien da pinceladas sin tino evocaban tiempos pasados, añejos linajes y señoríos ya caducos.

Un agricultor montado en su tractor se cruza con ellos y un par de vecinos nos saludan con curiosidad mal disimulada , respondo sin ganas, de forma automática. En la primera bocacalle, a la izquierda, un par de niños juegan en la puerta de una panadería. En la acera de la derecha un coqueto supermercado anuncia en su escaparate las ofertas de la semana.

-”Es aquí, esta es la casa”- la voz de Ernesto suena tan vacía como mi saludo al tractorista , como el saludo entre dos desconocidos.

La casa de Don Servando resulta estar a pocos minutos de la bascula municipal, en el numero trece de la Calle Mayor, una calle recta y no muy ancha que parece resbalar sobre un lecho de adoquines desde la parte alta del pueblo hasta una espaciosa plaza en cuyo centro varios plátanos cubren con su sombra una fuente de piedra con un enorme pilón donde vierten su agua tres caños.


La añorada casa tiene dos plantas; la fachada, desgastada por el paso de los años , es de piedra y mortero de cal. Su puerta principal, de dos cuerpos, es de madera al igual que las dos ventanas que la flanquean, unas rejas de forja protegen ambas ventanas. Una aldaba hace las veces de llamador dando un toque de distinción a la puerta. El trozo de fachada de la segunda planta esta recorrido por una galería acristalada que , seguro, llena de luz las habitaciones de esa zona de la casa.

-”Por fin hemos llegado a la casa de Don Servando”- la voz de Enrique se tiñe de ironía al continuar la frase -”La que desde hoy será nuestra casa”-

Julia mira la entrada como si esperara que alguien abriera la puerta invitándola a entrar. Ambos se bajan del coche acercándose despacio a la casa. Enrique , cariacontecido, intenta abrir la puerta que se resiste una primera vez. Maldice entre dientes y la obcecada cerradura es vencida tras un nuevo intento.

Una parte de Julia desea atravesar el umbral al notar en su rostro una sensación de frescor que sale desde el oscuro recibidor , otra parte de ella desearía regresar al interior del coche o despertar, como si de un sueño se tratara, en su casa de Madrid.

-”Vasile, ya pueden empezar a descargar los muebles”-

Un viejo aparador de madera que decora el recibidor parece darnos la bienvenida. La calle se llena de idas y venidas, de cajas que se apilan junto a la puerta, de muebles que parecen volar en las manos de los musculosos rumanos, de voces repartidas a diestro y siniestro por un Vasile organizador mientras que Enrique, con sus indecisas decisiones, complica las tareas de lo que debería ser una breve mudanza pues la mayor parte de nuestros muebles y enseres han quedado guardados en un trastero de Arganga.


El inmueble huele a lejía, los pocos y desvencijados muebles que dormían en la casa no tienen una mota de polvo, hasta el espejo del aparador refleja con total claridad la cara de Julia.

Fue buena idea ponerse en contacto con el Ayuntamiento unos días antes de hacer la mudanza.

Recuerdo la “presentación” telefónica de mi marido intentando resolver, entre otros, el problema del alojamiento.

-“¿Entonces podemos disponer de la casa del anterior médico?-
-“No creo que haya ningún problema, se expondrá su petición en el pleno de la semana que viene pero seguro que no habrá ningún problema”-
-“¿Cómo se encuentra la casa de ese tal Don Servando?”-
-“Lleva cerrada algunos meses, desde que se fue un veterinario que realizó una suplencia en el matadero del pueblo vecino, pero se encuentra en buen estado, nada que una limpieza a fondo no pueda solucionar”-
-”¿Habrá tiempo para pintar las distintas dependencias de la casa y hacer una correcta desinfección?”-
- “Para tanto no creo”-
-“Mi mujer y yo estamos interesados en la casa, pospondremos las tareas de pintura para más adelante por lo que solo realizaremos la mudanza de aquellas cosas que nos resulten imprescindibles para vivir de la manera más adecuada las primeras semanas hasta completar las posibles tareas de rehabilitación del inmueble ”-

Imagino la cara de estupefacción que pondría el interlocutor de mi marido al escuchar sus redichas palabras.

-“¿Son muchos de familia, tienen niños?”- interrogó la voz de quien resultó ser la secretaria del Ayuntamiento.
-“No, ninguno”- Enrique tardó en contestar, su cara reflejó la aspereza de su tono.-”Aún no”-

No, aún no y tras mi segundo aborto tendremos que esperar dejar pasar un tiempo. Deseo esperar diga lo que diga mi marido.

Julia se aventura dentro de la casa. El suelo formado por baldosas con dibujos geométricos le recuerda la novela infantil de Lyman Frank Baum.

En el pasillo , sobre un taburete, se apilan viejas revistas y un par de libros con las tapas rotas; en el salón duerme una cómoda con evidentes síntomas de carcoma. Las paredes, de yeso, y el techo necesitan claramente una mano de pintura.

Me gusta la casa , es vieja pero elegante, grande pero acogedora, puede que... demasiado grande para solo dos personas.

La puerta principal da paso a un pequeño recibidor de forma cuadrada del que parte una escalera cuyos peldaños de madera llegan hasta la segunda planta, frente a mi se extiende un pasillo en forma de “ele” al que se abren las habitaciones a derecha e izquierda.

La planta inferior dispone de un salón comedor, una cocina, un aseo y un par de habitaciones pequeñas que bien pudieran ser un trastero y una leñera aunque ahora están vacías. Recorro una a una las habitaciones, imagino escenas que pudieron vivirse entre sus paredes, reuniones familiares, risas, discusiones; apenas hay muebles, solo en la cocina. Mejor así.

Una puerta metálica a mitad del pasillo comunica la casa con un amplio jardín resguardado de las miradas por tres muros tan altos como la casa, seguro que ahí las noches de verano se estará genial.

El jardín es una pequeña selva. Me agobia y a la vez me enoja que algo tan intimo pueda estar así de abandonado.

-”Julia, estorbas más que ayudas”-
-”Disculpa, no me había dado cuenta, subiré a ver ...”-


La voz de Enrique no me permite terminar la frase.

-”Si , así te quitas del medio y nos permitirás ir más rápidos”-


El pasamanos de madera me conduce hasta la planta de arriba, hay un pequeño descansillo donde colgaré mis cuadros, colgaré mis cuadros no solo en el descansillo también en los dos pasillos. Si, decoraré la casa a mi gusto diga lo que diga Enrique.

La superficie de la planta superior se reparte en tres dormitorios, uno de ellos con baño completo y una habitación abuhardillada situada al fondo del pasillo que podría ser utilizada como salita para coser, planchar o...si, puede que ahí instale mi refugio más preciado. Dos de los tres dormitorios dan a la calle. Las habitaciones están vacías, un rayo de luz jaspeado con motas de polvo ilumina el dormitorio principal.

- “Los muebles del dormitorio, arriba; los muebles de mi despacho irán en la habitación del fondo en la planta baja, en la que tiene una ventana que da al jardín”-

Si, me gusta la casa de Don Servando, solo queda esperar que logre, que logremos que no solo sea la casa de Don Enrique, aquí en Fuentes Viejas de Almenara.

De nuevo el pasamanos de madera es mi guía hasta la planta baja donde la mudanza toca a su fin , donde mi vida comienza con la misma incertidumbre con la que las motas de polvo flotaban en un esperanzador rayo de luz.

(Fotografías y texto de Jaime V.)