lunes, 19 de octubre de 2015

El café de Fabián

Apenas he logrado conciliar el sueño unas horas, no he querido tomar un Lorazepam, pensaba que el cansancio de la mudanza, el ajetreo de vaciar las cajas , decidir donde va cada cosa, ordenar nuestra ropa, colocar los libros, fregar los suelos y adecentar en la medida de lo posible esta inmensa casa me llevaría derrotado a la cama, pero no a sido así, no al menos en mi caso.

Prefiero restar importancia a nuestras primeras horas en Fuentes viejas, a la actitud apática y derrotista de mi mujer.

Julia duerme como una bendita, a veces finge estarlo pero esta vez no; ella también esta cansada, supongo que tanto como yo. Prefiero no despertarla. Me fijo en sus brazos, en sus manos, bajo las sábanas su cuerpo se dibuja frágil pero voluptuoso. Envidio a Julia, cierra los ojos y un segundo después está profundamente dormida, como ahora.

Me visto en silencio. El agua del baño sale helada, tendré que avisar al fontanero para que revise el calentador, si es que en este pueblucho hay fontanero. He de decirle a Julia que planche un par de camisas.

El comportamiento de mi mujer había cambiado en los últimos meses aunque para que engañarme, ella siempre ha sido así , digna hija de la inseguridad de su madre y de la comodidad social de su padre. Cuantas veces mi familia intentó abrirme los ojos y hacerme ver las cosas como eran pero pensé que con el tiempo todo , ella, cambiaría pero...


Enciendo un cigarrillo más por costumbre que por ganas de fumar. Salgo a la calle, la mañana es fresca. El pueblo parece profundamente dormido, se respira una pegajosa sensación de tranquilidad, de paz, no hay ruidos, no hay coches, huele a quietud, a…. ¿a vaca?.

-”Nada es del todo perfecto”-

Doy una calada honda , si alguien me viera pensaría que no es un buen ejemplo que el nuevo médico fume pero quien me puede ver a estas horas. Si antes lo pienso antes aparece una anciana vestida con un habito negro y un delantal. Cruzamos las miradas, me saluda sin detenerse:

-”Buenos días nos de Dios”-
-”Buenos días”-
respondo.

No se donde ir, siento que el tiempo no corre en este pueblucho. Decido por un paseo y dejar que Julia duerma un poco más, aún nos queda trabajo en la casa de D. Servando, en nuestra casa.

Frente a mi se abre la calle hasta desembocar en una plaza. Un poco más arriba de la casa, de nuestra casa, hay una oficina de la Caja de Ahorros, bueno, al menos la nomina estará cerca. Me dirijo a la plaza, allí un par de mujeres cogen agua de la fuente. Me saludan pero finjo no escucharlas. Otras dos mujeres se acercan a la fuente con unas garrafas de plástico, acelero mis pasos y cruzo la plaza . Escucho como el borboteo del agua se mezcla con sus cuchicheos.

El tintineo de una campanilla me hace girar la cabeza; a mi izquierda, en un ajado rotulo se lee “Bar La Plaza”, por la puerta entreabierta escapa un agradable olor a café.

Un café a estas horas será reconfortante. Entro en el bar, un señor de mediana edad vestido con un mono azul lleno de manchas multicolores limpia el mostrador. Visto su indumentaria de trabajo dudo si salirme o no.

-“”Buenos días”-
saluda sin dejar de limpiar -”¿Un tempranero café de puchero?”-
-“Si, gracias”-


El bar es un rectángulo perfecto, no tendrá mas de 60 m2, la puerta se abre el centro de la fachada y esta flanqueada por dos ventanas, a través de una de ellas sale a la calle el tubo de una enorme estufa que domina el centro del local; frente a la puerta el mostrador ocupa todo el ancho de la pared marcando una frontera entre el territorio del cliente y el del dueño. Las paredes estaban llenas de cuernas de venado y ciervo, sobre la octogenaria caja registradora, una verdadera antigüedad, hay una dentadura completa de jabalí haciendo las veces de fiel Doberman al cuidado de la recaudación.

Un laberinto de estanterías hacen las veces de confortable retiro para una infinidad de botellas con licores de marcas que no he oído pronunciar ni solicitar en sus ágapes de trabajo. En la esquina derecha del fondo , a media altura, hay un viejo reloj de estación ferroviaria, precioso y muy bien cuidado.

Seis mesas de madera con sus respectivas sillas se reparten amigablemente el local y en el centro del mismo la vetusta estufa de hierro forzado es la encargada de arremeter contra el frío que se cuela con los clientes. Huele a limpio, a partida reñida de cartas, a las fichas del domino al impactar sobre las mesas y se distingue la mirada de derrota en las manos del que llevaba el seis doble.

-“¿Eres nuevo por aquí?- pregunta el posible dueño ocultando la bayeta bajo el mostrador -”No te había visto antes”-
- “Llevo aquí solo un par de días”-
evito decir quien soy.
-“Me llamo Fabián como mi padre, y este mi bar, que ahora es mío y de la mujer, antes fue de mi padre que también se llamaba Fabián y antes fue de mi abuelo”-
-”¿Que también se llamaba Fabián?”-

-” No , se llamaba Ulpiano.”- me sirve una taza de humeante café -”¿Trabajas de encargado o de administrador en alguna finca o estás de paso?”-
-”¿De encargado...?”-

Fabián no me deja contestar.

-“Como vas tan bien vestido ”- continua interrogándome Fabián -“¿Que estás en la finca Grande, en la del Tejar, en la finca de los Sauces…?-

La taza de café, café de puchero, humea frente a mí como si aguardara paciente mis respuestas.

-“Tomatelo caliente y luego date un buen viaje de ese coña que te va a sacudir hasta los higadillos, que tienes una cara de sueño que llama a las bienaventuranzas”-

Sonrío de mala gana, tanta confianza por parte del camarero al que no conozco de nada empieza a incomodarme; pero, claro, no sabe quien soy , seguro que si lo supiera me trataría con el respeto que debido.

El tintineo irritante de la campanilla interrumpe mi respuesta.

-“Buenos días a la parroquia”-

Resulta sencillo adivinar la identidad del nuevo cliente, uniforme azul, gorra de plato y chapa metálica sobre el bolsillo de la chaqueta en la que gallardamente luce la palabra “alguacil”.

- “¡¡Hola Canillas¡¡” -
-“Ponme un café cargao de combustible”-


El café cargado de combustible debe ser lo que habitualmente tomaba el tal “Canillas” ya que antes de que hablara, Fabián , esgrimía la botella de anís en su mano.

-“¿Súper o normal?”-
-“Normal, que aún es mu temprano pa tirar del otro carburante”-
-”¿Que haces aquí tan tempranero?”-
-“Na, empachos ajenos que le cargan a uno, pos veras que dice el alcalde que ma cerque en ca D. Servando por si tengo que echar una mano al médico nuevo”-
-¿Ya tenemos médico nuevo?”-
-“Viene de Madrid , va a vivir en ca Don Servando, esta casao. Trajeron las cosas, pocas, en un camión y no han salio de la casa pa na. Su vecina, la Virtudes , que los vio, dice que parecen mu estiraos y que ella es mucho más joven que él y que él esta mu bien de persona pero que fuma mucho. Me dijo la Virtudes quen el camión traían muchas cajas pero pocos muebles , cosa de na, si hubiera sido una mudanza en condiciones como me llamo Mariano que hubieran traio más cacharros, pero es que quieren pintar la casa a su gusto y adecentala como la que tenían en la capital. La mujer no habla na , la Virtudes dice que solo se le oye a él. Ya te digo, mu estiraos. Anda Fabián arreame un culo de combustible pa rebañar los posos del café”-
- “Anda , golondrino, que vaya ayudante va a tener el médico contigo porque tú eslomate lo que se dice eslomate…na de na “-


El culo de combustible “arrebañador “y los posos del café desaparecieron, garganta abajo, del vaso de Mariano “el Canillas”.

-”Bueno, pos me voy en ca Don Servando”-
-“Yo también he de irme, tengo que bastante trabajo aguardando en casa”-
por fin, he podido articular una frase larga.
-“Al final te vas sin decime en que finca trabajas”-insiste Fabián.
-“Mi nombre es Enrique y no trabajo en ninguna finca, soy el nuevo medico, el estirao”-

Las caras de Fabián y de Mariano son , como se suele decir, un poema ; plantados frente a mi tardan unos segundos, que parecen eternos, en articular palabra.

-¡¡ Coño ¡¡-
-¿Uste?-
-“Si”-
afirmo con un tono vehemente.
- “¿Que habrás pensado de nosotros al escucharnos”-
-“ Habrá pensado, habrá pensado”-
intento dejar claro, con el tono de mi voz, que no soy un cualquiera al que se le pueda tratar con...digamos una cierta familiaridad...que no he dado en ningún momento.
-”Perdónenos, es que...”
-”No pasa nada pero es mejor dejar las cosas claras para evitar situaciones incómodas; le aguardo, Mariano, en la que es mi casa, en el número trece de la Calle Mayor ”-


Salgo a la calle, en el bar quedan Fabián y Mariano todavía perplejos seguro que engrasando las “rotativas”. El alguacil se tomará otro “culo de combustible”, creo que le hace falta para recuperar el tono muscular antes de ir a mi casa; luego , supongo, pondrá al día a “la Virtudes” sobre lo “estirado” que soy; ya imagino al “Canillas” diciendo de puerta en puerta:

-“¿A que no sabes quien estaba esta mañana en el bar del Fabián tomando un café de puchero?”-



(Fotografías y texto de Jaime V.)