sábado, 10 de diciembre de 2016

Desde Fuentes viejas de Almenara: Felices Fiestas.


Confieso :

pierdo las ganas de soñar con la misma intensidad con la que me aferro a esos sueños de greda que me conducen charco si , charco no, hasta la casa de Don Servando.

Confieso:

continuo encontrando en la amistad una de esas las razones que me impulsan a levantarme cada mañana y saborear una caza de café tenga o no, a mano, mis galletas preferidas.

Confieso:

cada día encuentro más vacíos mis renglones pero más llenas las ganas de vivir en cualquier Fuentes viejas de Almenara o cerca de quien, con sosiego, intente no perderse un minuto de felicidad por muy cara que esta sea. Con la intención me vale.

Confieso:

me cansan los gurús con soluciones compradas en el bazar de Ali Baba; me quedo con la sabiduría quijotesca del Tío Besanas , con la inocencia a prueba de carajillos del “canillas” o con la silueta desnuda de Julia perfilándose en la ventana de su estudio (Enrique no sabe lo que tiene en casa).

Confieso:

que, sin vosotros, estos mundos que cada uno creamos, para los demás, serian botellas de cristal flotando sin tapón y el arroyo más cercano a mis manos discurre por la finca del Robledal.

Porque si olvidamos como se conjuga un sueño, si olvidamos como se jugaba a la peonza en la calle del Pósito, si olvidamos el sabor de una conversación junto a un amigo en el bar de Cosme o en el de Fabián, si olvidamos que mañana el prójimo podríamos ser nosotros...entonces es fácil perder la fe en las cosas sencillas que nos hacen sonreír cuando contestamos “de nada” a alguien que nos dijo:

gracias.

Desde Fuentes viejas de Almenara, desde sus calles, desde sus rincones, desde sus dimes y diretes, sus gentes os desean:

Felices Fiestas.


(¿Texto?...mío y de todos los habitantes de Fuentes viejas de Almenara)

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Las galletas

Si algo me horroriza de Enrique es su inflexible puntualidad, puede que tengamos en casa más relojes que fotos familiares; veamos que recuerde, está el reloj de la cocina, el reloj carrillon de pie que nos regalaron sus padres, por cierto horroroso, cuyas campanadas retumban en todo el barrio, luego tenemos el reloj de su mesilla con su estridente alarma, un reloj de pared en el pasillo entre las litografías que nos regalaron en nuestra boda sus compañeros del Servicio de Urgencias, el reloj de pulsera de mi marido siempre diez minutos adelantado, el que me compró Enrique en kay Joyeros como regalo de la Navidad pasada y que siempre va…llevo… diez minutos retrasado y el reloj que preside la mesa de su despacho , ese fortín con puerta infranqueable bajo pena de bronca; y segura estoy que en alguna caja de la mudanza, aún sin desembalar, dormitan otro par de relojes más.

Enrique lleva, bueno...me hace llevar, un estricto horario para todo. Su horario.

Da igual que sea laborable o festivo, a las ocho de la mañana desayunamos, a las tres en punto comemos, a las diez la cena debe estar en la mesa y si bien en el desayuno es el periódico quien cercena nuestra escasa conversación a la hora de la comida y de la cena es la televisión quien comparte, o mejor dicho preside, mesa y mantel.

A mi marido le atrae todo lo referente a política nacional e internacional, la economía en la eurozona, y cosas así. Suele devorar los artículos de Federico Jiménez Losantos o de Manuel Hidalgo, las profecías económicas de Carlos Cuesta, las paginas donde se recogen las cartas al director y, entre bocado y bocado, se empapa de las noticias de Antena 3 o cualquier otra cadena mientras pone titulillos y añadidos a las decisiones del Fondo Monetario Internacional o de Angela Merkel, y antes del postre soluciona conflictos internacionales con la misma sapiencia con la que quita las espinas a un lenguado o saborea unas croquetas de carne de cocido.

-“He estado ordenando tu ropa, deberíamos ir de compras a Madrid o a Cuenca, necesitas un par de camisas nuevas y unos pantalones informales para…”-
-“Bien Julia”-

Sus manos sostienen ese periódico que cada mañana desayuna con nosotros.

-“Ah, por cierto, llamaron mis padres, justo salia de la ducha cuando oí el teléfono; eran ellos, deseaban saber que tal nos...”-
-“Julia, por favor, pretendo terminar de leer el periódico de ayer antes de ir a la consulta”-


Esbozo una sonrisa que queda atrapada en la contraportada del periódico “de ayer”. Al menos Raúl del Pozo me devuelve la sonrisa mientras, apoyado sobre sus manos, parece escuchar nuestro intento de conversación.

-“Por cierto, el lavaplatos esta en las ultimas y…”-
-“Pues lava los platos como se ha hecho toda la vida, no pretenderás que venga de trabajar y me ponga el mandil“-


Enrique frunce el ceño; su voz, agria, me produce un nudo en la garganta.

-“Si tanto esfuerzo y sacrificio te cuesta llevar esta casa y una familia de dos personas igual deberías contratar a alguien del pueblo así al menos las tareas del hogar estarían mejor hechas de lo que están, pero vamos que tampoco creo que te agote hacer lo que…lo poco que haces; me gustaría verte sacando adelante mi trabajo y más en las condiciones deplorables que caracterizan a este pueblo en tantos y tantos aspectos”-


Otros días la discusión terminaba con esta u otra frase parecida mientras sus palabras lograban que me sintiera como una mierda en su vida, en mi vida…en nuestra vida en común. Pero hoy no.

Desde hoy, si, desde hoy no estoy dispuesta a contenerme más y sacando fuerzas de no se donde consigo levantar mi voz por encima de la suya. Esta vez mis labios no guardan su habitual silencio, su doloroso silencio. Trago saliva y contesto con una firmeza que, incluso a mí, me deja sorprendida.

-“¿Es que crees que solo tú trabajas?”-
mi voz apaga el tintineo de su cucharilla-“¿Es que crees que no hago nada?”-
-“Lo que creo es que últimamente parece que solo tratas de llevarme la contraria y de buscar cualquier motivo para discutir. Tal vez deberías plantearte cambiar tus modales y ocupar tu tiempo, ese tiempo que te sobra, en algo más útil que pintar o encerrarte en tu impotencia y no en tratar de joderme la vida en esas cosas que para mi son...eran...”-
- “¿Como que joderte la vida?”- mis manos se crispan sobre la taza de café -“Yo no tengo la culpa de no poder tener hijos”-

Enrique no me mira, no dice nada. Nada. Su rostro continua oculto tras el periódico. Su silencio es afilado, cortante.

-“No tengo la culpa, no la tengo”-

Enrique dobla el periódico con brusquedad. Me mira blandiendo su semblante indiferente, es como si mis palabras hubieran taladrado sus oídos. Siento que su mirada me atraviesa. Tras unos instantes deja el periódico junto a su servilleta.

-“¿Son estas las galletas de siempre?”- la mano de Enrique aferra una galleta como si se tratara de la prueba de un delito - “Estas no son las galletas que tomo en mi desayuno diario”-

No entiendo la pregunta de mi marido. No entiendo sus palabras. Contesto sorprendida ante el giro absurdo que a dado nuestra conversación.

-“En el supermercado no habían recibido de la marca que te gusta y creí que, por un día, no pasaría nada por que desayunaras de las que tomo yo”-
-“Saben muy mal, prefiero las galletas Gullón”-
-“Son galletas integrales con un tueste especial, no están tan malas exagerado además no creo que por un día que pruebes mis galletas te pase algo”-



Miro a Enrique mientras saco su taza de café del microondas.

-“Prefiero tomar solo café con leche, esas galletas saben a…saben raro”-

Cuantas veces Enrique es demasiado imperativo en sus expresiones incluso cuando trata de parecer amable otras veces me recuerda a un niño malcriado que se enfurruña cuando no se sale con la suya.

Vuelvo la cabeza mientras asiento de manera mecánica.

-“Si, cariño”- respondo pero una vez más el periódico resulta ser un muro infranqueable que nos separa. Desde la contraportada Raúl del Pozo me devuelve una vez más la sonrisa mientras escucha atónito nuestra estrambótica charla.

Retiro el plato con las galletas causantes de nuestra discusión. Durante unos segundos permanezco inmóvil frente a Enrique, desconcertada. Pero hoy no , hoy no discutiremos.

Hoy no.

Mi voz pretende resultar conciliadora. Decido dar un nuevo giro a nuestra charla matinal.

-“Deberías dejarte barba, así resultarías más atractivo”-

Intento acariciar su barbilla pero las yemas de mis dedos acarician el vacío. Enrique aparta su cara, se incorpora y mira su reloj. Me estremezco.

-“Deberías terminar de recoger la cocina y vestirte sabes que no me gusta que andes por casa medio desnuda con solo una camisa por muy grande que esta sea y deberías abrocharte algún botón más, dejas muy poco para la imaginación”-

Entreabro los labios para responder pero...Raúl del Pozo me sonríe; el intento de rebajar el tono seco de la conversación ha resultado ser un fracaso. Al menos ha reparado en mi camisa. Solo una camisa separa mi piel desnuda de su indiferencia. Solo una vieja camisa blanca de mi marido, solo eso y el periódico de ayer separan nuestros mundos.

Es cierto que con el trajín de recoger las tazas, la camisa que llevo a medio abrochar, se ha ido abriendo lentamente sin que me haya dado cuenta dejando ver parte de mis pechos.

-“¿Verdad que no estoy nada mal para mis treinta y tres años? “-interrogo tímidamente al espejo cada vez que me desnudo para ducharme o acostarme o…no, para “eso” hacia tiempo que no me desnudo.

No, no me conservo mal, siempre he aparentado menos años de los que tengo. El adjetivo que, creo, mejor define mi aspecto es atractiva...hum...¿o interesante?

Si, atractiva, bastante atractiva. Bueno, atractiva sin más aunque no mucho para Enrique.

Desde muy niña practique natación y me siempre me ha gustado cuidarme; en el baño no faltan, cremas fáciles, cremas de contorno de ojos, mascarillas antiarrugas, lociones corporales , una espuma tonificante de senos, y...todas esos secretos de mujer que Enrique llama con un cierto desdén “mi falsa belleza de bote”, además procuro dentro de lo posible mantener una alimentación correcta, pasear todos los días y vestir de manera juvenil dentro de los “cánones” que Enrique considera como “políticamente adecuados”.

Siempre me han gustado los vestidos algo escotados que dejan al descubierto el nacimiento de mis pechos, los escotes palabra de honor y las faldas cortas; mis piernas son rectas y bien moldeadas, pero mi marido considera que esa no es la forma adecuada de vestir de...de...aunque para faldas cortas y trajes insinuantes los que usa Patricia, mi cuñada, claro que la “tolerancia textil” de mi marido y la de mi hermano no se parecen en nada. En nada. Siempre recordaré, con envidia, un vestido largo con transparencias de Roberto Cavalli que mi cuñada estrenó una cena de Nochevieja; fue la mujer más mirada, deseada, arrullada del baile en casa de los Urquiza.

Hasta Enrique, para sorpresa de propios y extraños, bailo con ella.

Mi marido carraspea intentando decirme algo y aprovecho ese momento de duda para inclinar mi cuerpo. Siento como uno de mis pechos se desliza fuera de la camisa. Siento su pezón endurecido.

Siento desnuda mi respiración. De nuevo me estremezco. Huele a café y ese olor me excita.

Vuelvo a agacharme para recoger las tazas del desayuno. La taza de café de Enrique aún esta caliente. Enrique se limita a mirarme en silencio. Se que está mirando mi pecho. Deseo que así sea.

Llevo mi dedo corazón hasta mi garganta y desciendo lentamente hasta alcanzar el primer botón que permanece abrochado. Se que la taza de café de Enrique esta caliente. Me llega su aroma.


Noto mis pezones endurecidos. Noto mi respiración y me estremezco. En mi mente se agolpan imágenes prohibidas, imágenes turbadoras. Mis dedos desabrochan otro botón.

La voz de Enrique me devuelve a la cocina. Mi mano regresa al vacío que nos separa.

-“He de irme se hace tarde y me gusta ser puntual; recuerda lo de mis galletas”->

Con muy poco acierto y a la carrera deja un beso en mis labios, si…más bien deja un beso mientras que yo termino de recoger las servilletas.

-“Por Dios Julia que estamos en la cocina, este no es un lugar para que te muestres...así”-
-“Si cariño, la camisa y las galletas”-
asiento con una sonrisa forzada.

El olor a café es un recuerdo que araña mis pechos Miro a la mesa, Enrique ha dejado olvidado el periódico, y su café...su café esta frío. Abrocho uno a uno los botones de la camisa mientras anoto mentalmente que mi marido para ser feliz a la hora del desayuno solo necesita dos cosas:

su periódico de ayer y sus galletas, sus galletas de la marca Gullón.

(La primera foto es de autoría, la segunda ha sido cedida por una lectora de este blog. Texto de Jaime V.)

martes, 25 de octubre de 2016

El estudio de Julia

Tras las tormentas que asolan mi matrimonio no siempre llega la deseada y ojala reparadora calma, no…en mi caso, tras la tormenta, suele venir un tiempo de silencios que unas veces se prolonga durante varios días y en ocasiones se expande hasta…hasta que no puedo más y me disculpo antes de que la cabeza y el corazón estallen.

Dos, puede que los dos únicos remansos donde encuentro un sosegado refugio cuando la tensión entre mi marido y yo explota, sean la pintura y la escritura, pero sobretodo y de un modo muy especial la pintura.

Desde niña prefería pasar las horas pintando antes que jugar con muñecas. Crecí en el seno de una familia conservadora de profundas creencias cristianas, en un pueblo con ínsulas de ciudad.; una familia que ahora se catalogaría como de “rancio abolengo venida a menos”.

Siempre estaba garabateando, en todas las hojas en blanco que llegaban a mis manos, nubes que sonreían, pájaros con gafas y bastón , paisajes abarrotados de colores y charcos donde los peces tenían sombrero, recuerdo que tanto mis manos como mis mejillas y mi babi de la escuela estaban siempre llenas de manchas de acuarela y el pelo enredado con plastilina de todos los colores posibles.

Mi padre sonreía al verme.

-“Pero Julia ya has gastado otra caja de pinturas de Alpino y tienes restos de plastilina roja y verde en el pelo”-
-“Es que las pinturas son muy cortas y la punta se rompe, además tengo que llenar el cuaderno de dibujos hoy y empezar otro”-
-“No debes apretar tanto, en vez de pintar haces grabados; el trazo debe ser suave como si acariciara el papel”-


Recuerdo la mano de mi padre deslizándose de izquierda a derecha en la hoja y como por arte de magia un trazo de color azul se convertía en un cielo lleno de globos o un trazo marrón se convertía ante mis ojos en un campo surcado de caminos y amapolas.

Mi padre dibujada muy bien. Mi padre era muy bueno conmigo. Reía, siempre reía.

-“Ahora yo”-

De nuevo mi afán taladraba la hoja de papel mientras pintaba otro pez con pies nadando en un charco rosa.

Mi padre reía. Recuerdo, como recuerdo, la risa generosa de mi padre.

-“Teresa, esta niña será una artista”-
-“Mimas en exceso a Julia”-
-”Julia es especial, Teresa”-
y , con delicadeza, dejaba un nuevo trazo en la hoja -”Julia siempre será mi niña pequeña”-
-”Mimas en exceso a Julia y eso no, a la larga, no beneficiará su educación”- remarcó mi madre entre dientes y mientras doblaba enérgicamente otra camisa de mi padre.

Desde niña tuve muy claro que deseaba ser...que deseaba pintar y cuando comencé mis estudios en el instituto me prometí que estudiaría Bellas Artes, pero mis padres, sobre todo mi madre, decidieron que no, que esa no era una carrera apropiada para una señorita como yo. Mi madre era...fue el Enrique de mi infancia.

-“Nuestro primogénito estudiara Derecho o Económicas”- afirmaba tajante mi madre
-“¿Económicas o Derecho?”- la voz de mi padre también sabia sonreír -“Con la forma de ser que tiene nuestro hijo, con lo embaucador y negociante que es vivirá del cuento y será la tabla de salvación de nuestra vejez o nuestra ruina”-

-“Pues Julia...Julia...”- un atisbo de nerviosismo teñía la voz de mi madre cuando mi padre parecía tomarse en serio sus palabras - “¿Que tal...enfermería enfermería o magisterio o...?”-
-“¿Enfermera, Julia?”-
-¡Si, con lo apocada que es casi mejor que estudie algo como magisterio o algo parecido o que forme una familia , tampoco es necesario que nuestros dos hijos hagan una carrera, seguro que a Julia no le faltaran pretendientes ”-
-“Pues si que tienes prisa, Teresa, por decidir el futuro de nuestros hijos cuando tu querido hijo solo tiene quince años y la niña doce”-

-“Es ahora cuando hay que empezar a encauzar su futuro para que el día de mañana sean personas de provecho, una de nuestra responsabilidad como padres es esa, que la vida da muchas vueltas y nunca sabemos...”-
-”Teresa, hay tiempo, tenemos mucho tiempo por delante”-
-”Julia estudiará magisterio o algo parecido”-
-” No te preocupes, aún queda tiempo para que Julia...”-

-“Julia estudiará Filología inglesa como la hija de tu amigo Roberto”- y mi madre dio por zanjado todo lo referente a mi carrera universitaria sin dejar un resquicio para discutir.

Mi padre claudicó con una triste sonrisa.

-”Como desees Teresa, como desees”-

Y mientras las camisas recién planchadas de mi padre quedaban dobladas junto al sofá, mi futuro se esbozaba lejos de mis dibujos infantiles.

A los diecisiete años hacia las maletas para dejar atrás mi adolescencia, mis amigos, las calles de mi pueblo natal y emprendía rumbo a Madrid con el fin de comenzar la carrera que mi madre había elegido para mi. En Madrid esperaba mi hermano Adrián que, sin muchas prisas, intentaba terminar Económicas, y una ciudad que despertaba tantas emociones como el futuro que me había sido impuesto. Amarga fascinación empañando mis mejillas.

Escondidos entre mi abultado equipaje, dentro de una carpeta de recias pastas, me acompañaban aquellas hojas “de cuadritos” con nubes que sonreían, con pájaros con gafas y bastón, con charcos donde los peces llevaban sombrero...y recuerdos, recuerdos que me consolaban en silencio, que me protegían.

-“Siempre alguien parece tener la última palabra del que seria mi siguiente paso”-

Ese pensamiento me acompaña cuando, ahora , soy yo quien dobla las camisas recién planchadas de Enrique o cuando quito el polvo que golpea mi titulo enmarcado , ese titulo que solo sirve como elemento decorativo en mi estudio.

-”Mi estudio, mi escondite, mi huida”-

Además justo debajo del estudio queda el despacho de Enrique.

-”No me importa que pintes, estudies o te dediques a la astronomía pero espero que no hagas ruido ni nada que me impida concentrarme en mi trabajo”-
-“No te preocupes, cariño, no te importunare nada”-

Enrique, al igual que mi madre, siempre preocupados por...por...

Aun recuerdo la primera vez que entré en esta habitación y de eso hace ya más de tres meses.

¡¡ Más de tres meses¡¡

Más de tres meses llevamos viviendo en Fuentes viejas, más de tres meses y aún hay calles, plazas, rincones, arrabales que no conozco; más de tres meses y aun hay gente con la que no he cruzado ni un escueto saludo.

Cruzo la puerta del dormitorio, enfilo el pasillo que se llena con una pegajosa oscuridad., me lleva unos minutos alcanzar la puerta de esa habitación abuhardillada adonde mis pasos , siempre que pueden , parecen llevarme.

Poco me importaba el tiempo que pudiera tardar en modelar, en amueblar, en decorar esa habitación hasta convertir cada centímetro de su suelo, de sus paredes, de su techo en mi refugio, en ese lugar donde pudiera encontrar una razón para no vender mi alma al diablo a cambio de regresar a nuestra casa de Madrid y dejar atrás esta pesadilla en la que se estaba convirtiendo mi vida junto a...junto a mis miedos, a mis represiones, a mi inseguridad.

Desde la primera vez que entré en esta habitación había imaginado, planificado, el lugar que ocuparía cada mueble, cada estante, cada cajón, cada lámina, cada fotografía; y después de tres meses de robar horas a la cocina, a la fregona, al costurero, a la plancha, al compadreo con el vecindario, a mis ejercicios matinales de pilates...por fin tenía un lugar poder encontrar a Julia, donde silenciar amarguras y descubrir el sabor de los sueños, la intensidad turbadora de algunos deseos atrapados bajo mi piel.

Deseo estar descalza y sentarme sobre la alfombra. Deseo estar desnuda de...

Abro la puerta y me descalzo. Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí.

Contemplo el interior de mi estudio, la luz que desde el jardín entra por el ventanal me empapa.

En estos tres meses, en estos monótonos tres meses y medio, he pintado sus paredes de color gris humo dejando aquí o allá ladrillos sin cubrir para romper la monotonía, a veces se puede decorar con vacíos, un triste ejemplo es...mi vida. He cubierto el suelo con la alfombra multicolor de lana anudada a mano que me regaló la hermana de Enrique así puedo estar descalza mientras pinto; ya se que una alfombra no es lo mas aconsejable para un estudio de pintura pero este es mi estudio y me gusta pintar descalza, y en ocasiones, sin que me vea Enrique, solo vestida con una camisa blanca suya que ya no se pone.


He colocado dos caballetes de manera que la luz se vierta sobre los lienzos desde la izquierda; me gusta trabajar en más de un caballete para así cambiar de tema y, descansar de un lienzo, pintando otro diferente o solo para tener la sensación de espacio donde perderme y malgastar acuarelas mientras escucho música.

Gracias a Westwing magazine he comprado sin moverme de Fuentes viejas varias estanterías de madera , cestas, varias cajas de madera , unas cajoneras altas de madera , un par de taburetes, un par de mesas con ruedecillas y unas cortinas de muselina blanca.

En las estanterías y cajoneras he ido guardando todo aquello que preciso para pintar.

Pinceles de pelo de marta, de oreja de buey y otros tipos , unos cuantos lienzos, espátulas para fundir confundir o definir, paletinas para fondear, esponjas, una palangana ,varios pocillos de cerámica y metal , dos rodillos,tintes, pigmentos, aglutinantes sintéticos, trozos de tela, papel de Manila, trapos, plásticos, cinta de carrocero, guantes de cirujano, o lanas fieltros pañetes eran algunos de los “útiles inútiles” que se repartían las baldas y cajoneras en un orden desordenado junto a frascos con esencia de trementina, aceite de lino, estuches de oleos , acuarelas , cretas , pinturas acrílicas, carboncillos y...todos aquellos útiles, “inútiles” según Enrique, que preciso para malgastar mi tiempo y el suyo.

Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí. Todo lo que necesito me aguarda, No sabría explicarlo a nadie pero, aquí, soy y encuentro a Julia.

He ido decorando poco a poco las paredes del estudio con algunos de mis cuadros y
con láminas de mis pintores más admirados; así reproducciones de Cristóbal Toral de Antonio López García, Revello del Toro, Carmen Laffón, Esteban Vicente y Edward Hopper son mi silenciosa pero grata compañía.

Bajo el ventanal, el viejo escritorio de mi padre, me sirve como superficie de trabajo. Huele a madera envejecida, huele a mi infancia y, a media altura en la pared frente al ventanal, descansa el espejo que me regaló tía Fina, su voz me acompaña cuando la horas huelen a incertidumbre, a trementina y mi tacto se empaña con los carboncillos.

Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí. Todo lo que necesito me aguarda, No sabría explicarlo a nadie pero entre estas paredes, cada día, encuentro algún viejo recuerdo, algún nuevo sueño aguardándome junto a la luz que entra desde el patio.


Cada vez que mi cuerpo se refleja en el espejo parece que me viera de una manera diferente, como si esa parte que esta dormida en mí se despertara de repente trazando mi piel, como si esta fuera un lienzo desnudo, esos momentos de pasión que aún no he vivido y deseo...si, anhelo vivir.

Continuo descalza, me gusta estar así...descalza y desnuda de todo aquello que hace imposible los trazos que buscan convertirse en un paisaje que se retira lentamente cuando dejamos de buscar salidas a nuestros sueños, en una escena de calle que atrape la vida dentro de un silencio, en una mujer cuya desnudez aguarde indolente a...cuyas piernas firmes, separadas, cuyos senos abandonados aguardan esa intimidad donde sujeto y predicado son otro o el propio tacto.

No decido el futuro de nadie ni termino de encontrar el mío propio pero poseer este micromundo de apenas doce metros cuadrados supone haber ganado una batalla en esta casa donde mi vida naufraga.

Parecerá una tontería, una banalidad pero en ese rincón de la casa de Don Servando, en mi estudio, huyo de las horas minerales y a veces encuentro sueños de colores sobre un lienzo y a veces lloran sobre mis manos aquellas nubes que sonreían, aquellos pájaros con gafas y bastón y los peces que llevaban sombrero.

Entonces, solo entonces, mi tía Fina y yo, ambas descalzas , ambas desnudas, bailamos frente al espejo para mayor vergüenza de mi madre.

Entonces, solo entonces, escucho como mi padre...sonríe.

(Las fotografías que acompañan al texto han sido cedidas por una lectora de este blog. Gracias por esta colaboración. Texto de Jaime V.)

domingo, 2 de octubre de 2016

La mancha azul


-”¿Ande va tan deprisa tío Besanas?”-
-”Te importará mucho a ti donde voy Canillas”- espetó el anciano
-”Ya va uste enfurruñao como tos los días”-

Pero el tío Besanas no escuchó o no quiso escuchar las palabras del alguacil, con cinco zancadas cargadas de coraje atravesó la calle Mayor sin más contemplaciones. Camina con el temple de quien conoce cada huella del camino, luchó en el bando perdedor de una guerra civil de la que no salió derrotado.

-”¡Y encima azul, azul!”- masculló cargado de razón como si alguien le escuchara.

Todos, en el pueblo, le llamaban “tío Besanas”, sin más nombre ni apellidos ni otros titulillos. Siempre vestía un traje raído y albarcas, solía hablar poco y discutir mucho.
Pasó gran parte de su juventud en las cárceles fascistas, de “guardián de los guardianes”, como presumía él, y ahora cuando los años curvaban su testaruda espalda no iba, no, no cosecharía su primera derrota...y menos por…esa...

Él, un anarquista luchador cuyas manos habían dominado, sometido, amansado los cartuchos de dinamita... el no iba a ser derrotado por una mancha, por una mancha jodía.

-”Y menos azul” - rubricó en su ajado interior mientras enfilaba sus pasos hacia la puerta de la consulta.

-“Azul, azul la jodía”-


En la sala de espera aguardaban Tirso y Casilda para que Ruth les realizara un control de la tensión y Aparicio que, como siempre que se pasaba en la cena, sufría un matinal “asiento en las tripas”. La voz de Aparicio retumbaba en la sala de espera mientras intentaba hacerse oír por Tirso.

Tirso padecía una profunda, profundísima, sordera congénita; no por nada se le conocía en el pueblo como “el sorderas”.

-“Na, Tirso, me cenao una morcilla de nuestra matanza, un trozo de asadura que ha sobrao de la comida y un cantero de pan pringao de arrope; y tengo asiento en las tripas”-
-“Que nos hacemos mayores, Aparicio, solo eso ; que los años no pasan en balde, yo ando con la tensión alta y la mujer no tie tensión y eso que comemos lo mismo”-
-“Na, como es la vida; antes que había hambre no teníamos na pa comer y ahora que tenemos la despensa bien surtía no nos deja comer el medico”-
-“Así son las cosas Aparicio, así son”-


La puerta de la sala de espera se abrió como empujada por un golpe de viento dejando pasar al tío Besanas con cara de pocos amigos.

-“Salud”- dijo fríamente el anciano -“¿Quién da la vez?”-
-“Buenos días, yo soy el último, el Tirso y su mujer están pa la Ruth pero yo estoy pal médico; anoche es que cene…”-
-“Pues yo tampoco he lograo conciliar el sueño y, aunque no soy mu amigo de estar de a diario en la consulta como tú, he pensao que a lo mejor el medico nuevo me da una solución pa mi problema así es que voy dentro pa no demorar el mandao, que no puedo esperar más y tú no ties na que hacer”-

Respiró hondo, su problema era serio, él lo sospechaba, la solución se pintaba complicada.

Ninguno de los pacientes que ejercían de tales dijo nada, los tres conocían la “leche que se gastaba” el tío Besanas cuando algo le rondaba la cabeza.

-“Pasa pues; yo me quedo aquí de charla con el Tirso y la Casilda”-
-“Pues gracias, luego te llevaré unas cabezas de ajos pa que los ases en la lumbre”-


Con un par de zancadas, que solo conocían desde sus años mozos la línea recta y que ahora con la edad había disminuido en velocidad que no en tozudez el tío Besanas alcanzó la puerta de la consulta y llamó enérgicamente.

-“Adelante”-
invité.
-“¿Da su permiso?”-
-“Adelante, pase usted”-
-“Buenas, tío Besanas”-
Ruth sonrió al anciano- “¿Qué le trae por la consulta?”-

El tío Besanas permanecía de pie ante nosotros como si se tratara de un alumno ante un examen oral conservando ese empaque, esa presencia, segura y serena del hombre que siempre ha estado seguro hasta de su incertidumbre.

Sostenía entre sus manos una gorra Durruti teñida con la herrumbre de los años, que seguro sabia más por vieja que por gorra. Las arrugas de su cara se descolgaban desde su frente hasta su cuello como si fuera una persiana carnal pero sus facciones denotaban que la palabra resignación no estaba en el diccionario del tío Besanas.

-“Mire doctor, esto... esto no me puede suceder a mí, a mi no”-
sentenció el anciano.
-“Usted dirá, le escucho”-

Me arrellané en mi silla picado por la curiosidad; no conocía al tío Besanas en persona aunque si de “oído”, esta era la primera vez que mi vida y la del apergaminado anciano se cruzaban, pero todos los habitantes de Fuentes viejas de Almenara sabían de su testarudez y cabezonería y también, es justo decirlo, de su sinceridad y nobleza.

No se el por que pero, al tener frente a mi a este entrañable personaje, intuí que la causa de la consulta sería más inesperada que sanitaria; el viejo luchador era así.

-“A mí no, es que no y que no”
rubricó con desazón.
-“Cuénteme, cuénteme” – insistí de manera educada.
- “Usted igual no lo sabe pero me he gastao gran parte de mis pocos ahorros en una maldita dentadura; y que para terminar de pagar el descalabro de mis dientes hube de vender las fanegas del Sotillo que me dejo mi padre en herencia y que eran de regadío”-
- “Algo sé”-pero lo cierto es que mentía por no parecer descortés.
- “Pues vera usted, tos los días después de las comidas me tomo los comprimios que me recetó pa la tensión, los del colesterol ese y el que me mandaron en el hospital pa que no se me espese la sangre; luego me quito la dentadura y la limpio con las pastillas ecervescentes que me venden en la farmacia”-

La compostura del tío Besanas se mantenía tan firme como su retahíla de explicaciones.

-“Pues vera hace ya unos días que me fijao en que tengo en los dientes postizos una mancha que no sale con na... y es azul, la jodía mancha es azul, azul”- afirmó mientras sus cansadas manos se frotaban entre sí nerviosas.

Escuchaba al buen hombre con una mezcla entre sorpresa y curiosidad; me caía simpático este viejo recuerdo de un tiempo pasado del que nunca renegó, orgulloso de su lucha, de su dolor, de la cal de sus paredes, de su irreductible pasado, del recuerdo de sus camaradas, de sus trajes raídos y...de su dentadura ahora “dañada”.

-“Con las pastillas ecervescentes no sale, tie cojones pa lo caras que son, y me tie preocupao por si se me estropea la dentadura postiza...¡¡como se estropee¡¡”-

Miré de reojo a Ruth y ella me devolvió la mirada; ambos estábamos perplejos.

-“¿Que le puedo decir?”-
pensé mientras no dejaba de mirar al anciano.

Y entonces tuve una de esas ideas que no merecen ser repetidas y menos patentadas.

-“Mire, lo más lógico seria ver la mancha y con el instrumental adecuada realizar una toma de muestras para un posterior análisis microbiológico con el objeto de identificar con exactitud que puede agente puede ser el causante de...”-


Y ni corto ni perezoso sin dejar que terminara mi perorata, ante mi asombro y el estupor de Ruth, la mano del Tío Besanas describió un rápido movimiento hasta la boca para así ¡¡ sacar la dentadura¡¡ dejándola con brío y presteza sobre mi mesa.

La dentadura se deslizó deteniendo su atrevida carrera junto a la libreta de notas de una estupefacta y sonrojada Ruth.

Encarada y desafiante, la dentadura, parecía esperar que la ocasión fuera propicia para emprenderla a mordiscos con el escote de mi atónita enfermera; pero no, la prótesis dentaría supo comportarse como de ella se espera y quedó plácidamente detenida sobre la pálida mesa sin expresar él más mínimo interés por toda la curiosidad y perplejidad que, ella y su anciano dueño, habían desencadenado.

Tras unos minutos, y aún sorprendidos por la resolutiva maniobra del Tío Besanas, giré con la punta del bolígrafo a la protagonista de la consulta localizando así la maldita y azulina mancha.

-“Ve, dogtor, la mancha ogia es azug”-


La mancha azul apareció, orgullosa, en la parte interior derecha de la mandíbula superior, su tamaño era el de una moneda de dos céntimos de euro y resplandecía como si supiera de su importancia.

-“¿La ve, doctor? .... azug y en el lao degecho... tiene...”-
articuló como pudo el desdentado anciano.


Aún sorprendido el método didáctico empleado por el viejo anarquista solo acerté a decir:

-“Puede ser un... ¿hongo?”-
-“¿Un hongo?”->respondió el tío Besanas-“ Hongo o uga seta o un champiño, me pagece que ute de machas etiede mu oco”-

El anciano, algo irritado, apretó sus despobladas mandíbulas y con un nuevo movimiento, más propio de un malabarista que de un pensionista, la mano del Tío Besanas regresó la hilarante dentadura a su lugar de trabajo.

Sin encontrar solución a su mal el afligido anciano se levantó de la silla dirigiéndose a la puerta sin atender a más razones que aquellas que hirvieran en ese momento en su torrente sanguíneo; al girar la cabeza para despedirse observó que en la mesa había quedado la húmeda huella de su dentadura.

-”Perdón, perdón, disculpe mi torpeza”-

Y ni corto ni perezoso extendió su antebrazo sobre la mesa hasta que, frota que te frota, eliminó los restos de saliva con la manga de su traje de pana.

-“Arreglao lo suyo, sin solución lo mío” –me espetó.
-“Igual frotando con un poco de jabón y un cepillo de los dientes…”- susurró Ruth en tono conciliador.

El anciano, sin mucha convicción y algo abatido, nos hizo participes de su solución.

-“Probare con Estrella limón que tengo en casa o con la lejía Conejo o con Cristasol y sino raspare con la chaira, pero esa jodía no se ríe de mí.”-

Antes de cruzar el umbral, a modo de despedida, masculló:

- “Y azul, la jodía mancha está en la derecha y es azul”-

(Fotografías y texto de Jaime V.)

lunes, 29 de agosto de 2016

Lagrimas en la lluvia


El calor matinal presagia que la tormenta no se hará esperar.

-“Que bochorno hace”- respiro hondo -
-“Llegaremos con la misa empezada”-masculla Enrique apretando, mi mano, y nuestro paso.
-“No creo que el cura empiece la misa hasta que estemos los de siempre”-

Enrique tira de mi mano bruscamente sin contestarme. La pendiente de la calle no ayuda a que mis sandalias, con diez centímetros de tacón, me permitan mantener el paso de mi marido pero Enrique no aminora sus zancadas. Me siento a merced de...demasiadas veces me siento a merced de sus silencios .

-“Llegaremos con la misa empezada, has tardado mucho en vestirte, si se puede llamar vestido a lo que te has puesto”- la voz de mi marido esta cargada de ironía.
-“Pues que yo sepa no voy desnuda aunque dudo que eso te motivara”-

Trato de marcar una pausa de supuesto enojo entre palabra y palabra pero lo único que logro es que Enrique acelere el paso. Creo que no me ha escuchado.

Rebuscando en el armario he encontrado un vestido de lino blanco y crochet con volantes en el escote y forro “marital” que estrené la última vez que comimos en Madrid con mi familia política. A mi marido no le gusta mucho este vestido por el escote en “uve” que según el deja poco para la imaginación, cosa que no es del todo ni cierto ni incierto por lo que para evitar rictus agrios he ocultado mi escote bajo un collar de bolas de madera muy “hippy” que compré hace años en el Rastro madrileño.

En nuestro apresurado “descenso” hacia la Iglesia nos cruzamos con un matrimonio que no llevan tanta prisa. Saludo con un protocolario y raudo buenos días, Enrique resopla. Los ojos del buen señor se pasean por mis pechos. Lo noto. Bajo la mirada, mi collar traquetea sobre mi escote y , no se porque, mis pechos me recuerdan al melocotón en almíbar. Tanto pavo y piña en las cenas para perder algo de cintura me debe estar afectando.

Sonrío imaginando lo que Enrique pensaría de mi si lograra atisbar mis pensamiento. Si,
sonrío tristemente. Iba a decir algo a mi marido pero un nuevo tirón de su mano me indica que “llegaremos con la misa empezada”

-“Date prisa, nos queda atravesar la Plaza del mercadillo y por la calle de la Tercia, llegar a la Plaza de la Constitución”-

La Calle de la Tercia es una de las pocas calles que aun están empedradas algo que mis tacones seguro no agradecerán.

En Plaza de la Constitución se levantan, frente a frente, el Ayuntamiento y la Iglesia como si se vigilaran mutuamente.

Por lo que me ha contado el alguacil el edificio del Ayuntamiento esta pendiente, desde hace años, de una remodelación de la fachada cuyo aspecto es precario pero problemas presupuestarios mantienen la obra en la “sala de espera”.

La Iglesia Parroquial dedicada a Nuestra Señora del Camino, patrona del pueblo, data del siglo XVII y esta construida en mampostería, ladrillo y sillares en las esquinas. La entrada, en forma de arco, se apoya en dos recias columnas de piedra cantera y esta cubierta por un soportal que con la misma diligencia resguarda de las inclemencias del tiempo o sirve como lugar de tertulia a los jubilados. Una torre campanario parece escoltar la entrada de la iglesia y como toda torre de iglesia que se precie esta rematada por un gran nido de cigüeña.

El templo tiene una única nave con un coro artesanal a los pies y dos pequeñas capillas en los contrafuertes, bajo el coro se encuentra la pila bautismal de piedra adornada con vistosos relieves. El altar, separado del resto de la nave por un arco apuntado, esta decorado con un retablo de madera policromada y estofada dividido en tres cuerpos; en el cuerpo central se encuentra la talla de Nuestra Señora del Camino. El techo es de viguería y la luz del sol se filtra como pidiendo permiso a través de una serie de ventanas de iluminación que flanquean la nave principal.

Desde la primera vez que asistí a una misa oficiada por Don Cayetano tengo la sensación que el párroco “pasa lista” los domingo y cuando estamos los “fijos” comienza los oficios. Casi todos los domingos solemos acudir a los oficios los mismos feligreses con la mismas caras, con los mismos saludos pero con distintos trajes, que hay que lucir apariencia y caché.

La puerta de la Iglesia cede ante el empellón que mi marido propina a su desvencijada madera. La mirada de Don Cayetano parece recriminarnos que llegamos con más de cinco minutos de retraso ,Enrique me arrastra hasta nuestro sitio de todos los días. En Fuentesviejas , la misa dominical, es de sesión numerada.

Ya voy conociendo a los asiduos de la misa dominical, ya pongo nombre a las caras que bostezaban, a los labios que me sonríen protocolariamente, y hoy a los ojos que tratan de adivina si tengo o no lunares bajo el collar que cuelga de mi cuello. De nuevo, el sabor del almíbar llena mi boca mientras el cura párroco inicia la lectura del Evangelio.

A la izquierda del pasillo central ,en el primer banco, está el señor alcalde y su oronda señora que seguro no cena pollo y piña desde hace años; Aparicio y Rosario, su mujer, ocupan discretamente el segundo banco, Rosario dará cabezadas hasta que llegue el momento de la comunión ; en el tercer banco se encuentra Jesús, nuestro farmacéutico, junto a su señora ataviada con un traje negro más propio de un funeral y entre ambos, sin dejar de hurgarse en la nariz, su hijo Jesusito; en el cuarto banco bajo su moño alto y sujeto con un ciento de horquillas negras, Encarnación se esfuerza por disimular un bostezo tras otro

Bernardo, el director del colegio, embutido en un traje impecable se mantendrá toda la misa erecto.

-”¿Erecto?”- si Don Cayetano pudiera leer mis pensamientos.

Cuando pasen el canastillo languidecerá y , haciendo un esfuerzo sobrehumano, dejará caer unas cuantas monedas de cobre. Junto a él. Adelina sin su marido y el dueño de la ferretería cuyo nombre no recuerdo.

Seguro que el marido de Adelina esta en el campo; debe ser el hombre más trabajador del pueblo por lo que comenta su mujer en el supermercado. Según Adelina su marido se sube al tractor “cuando el sol aun bosteza” y regresa del campo con “la luna dueña y señora del cielo”, cuando se baja del tractor es para “cenar, ver las noticias y hacer juntos sus cosas”. Ya tienen tres hijos y el que viene en camino.

-“Coneja”- susurro sin darme cuenta.

En los bancos del lado derecho , sentadas delante de nosotros, están Carmen, la mujer del alguacil, con sus pantuflas de color gris y Modesta, la hermana de Don Cayetano, que es algo así como una mezcla a partes iguales entre el B.O.E. y la C.I.A.

Detrás de nosotros, en el ultimo banco ocupado, se sientan Martina y Ruth, la enfermera que trabaja en el consultorio de mi marido. Hoy ha venido sola, sin su madre. Cuando sea el momento de darnos “mutuamente” la paz se olvidará de mi pero no de mi marido.

Así, banco a banco, sumamos no más de treinta vecinos.

-“Los mismos de todos los domingos”- susurro a Enrique <b>-”Siempre los mismos”-

-“En pie”- la voz profunda de Don Cayetano me arranca de mis desvarío.
-”Levantemos el...-”

Un trueno que parece rasgar la techumbre de la iglesia detiene las palabras del cura.

-“Santa Bárbara bendita”- tras de mi la voz de Martina parece implorar.

Vuelvo la cabeza, Martina se persigna afanosamente mientras un nuevo trueno resuena en el interior del templo con el mismo fragor que el anterior.

-“En este tiempo las tormentas suelen ser malignas, se aferran a la serranía y desde allí descargan su furia sobre los campos y los hombres”-

Acaricio su mano temblorosa intentando tranquilizar a la pobre anciana; desde el primer día que la vi en misa no deja de recordarme a mi Tía Fina. No puedo dejar de mirar su rostro, de sentir el temblor de su mano.

-”Parkinson”- me susurra Enrique.

Una lágrima resbalaba desde sus profundos ojos mientras sus labios intentan hablarme. Esa lagrima, ajena pero intima a la vez, me recuerda el titulo del libro que aguarda sobre la mesilla de mi dormitorio:

“Lagrimas en la lluvia” de Rosa Montero.

Según tengo oído Martina era la vieja costurera de toda la vida, sus manos se fueron agarrotando a medida que la enfermedad aprisionaba su cuerpo pero cuando eran vivaces con igual destreza remendaban el pantalón de pana de un pastor que conjuraban un traje para una boda o para el baile de las fiestas del pueblo con un retal comprado en Pontejos o en la destartalada mercería del pueblo. Martina debió ser una mujer de una gran belleza porque incluso ahora arrastraba su edad apoyada en un bastón con una elegancia que hacia raya con el resto de las mujeres del pueblo.

-“La paz este con vosotros”-
-“Y con tu espíritu”-
-“Daos fraternalmente la paz
”-


Las manos se cruzan y buscan con mayor o menor destreza mientras la luz parpadea en un claro aviso de despedida.

-“Con esta tormenta no es raro que se vaya la luz”- Martina aferra mi mano -“En este tiempo las tormentas se aferran a la serranía y desde allí descargan su furia sobre los campos y los hombres”-
-“Que la paz este con usted, Martina”- acaricio su mano temblorosa.
-“Gracias Doña Julia. Una mañana de tormenta…hace años…le dieron a mi padre el paseillo, desde entonces , sí ,desde entonces temo a estas tormentas malditas”- Martina acerca su cabeza para confesarme-“ Mi padre fue el primer alcalde republicano de este pueblo, de este triste pueblo”-

La mano de Martina tiembla cada vez más no se si por el ruido de la tormenta, por la hiel de los recuerdos o por el mal que se cebaba con su cuerpo. Cuantas veces las enfermedades se ceban en los seres más frágiles y de corazón más limpio.

La tormenta se muestra arrogante; maldita, como me confiesa Martina.

-“Podéis ir en paz, al menos los que tengáis paraguas”-

Y como si de un castigo divino se tratara ante la broma de Don Cayetano el interior de la iglesia queda sumido en las sombras solo rotas por la luz de las velas encendidas a los pies de la patrona del pueblo mientras un “demos gracias al Señor” se fragua en la negrura del templo.

Salimos tropezando unos con otros. No suelto la mano de Martina, su temblor me da una idea de su desolación, de su miedo. La lluvia es la dueña y señora de la plaza, del pueblo.


Desde la calle de la Tercia desciende un riachuelo de agua sucia, los charcos se multiplicaban y crecen a simple vista, las gotas se precipitan suicidas sobre la acera formando gorgoritas. El cielo se ha teñido de añil.

-“¿Martina, quiere que la llevemos a su casa?"- no se si me escucha –“Tengo un paraguas plegable en el bolso”-

Bajo el soportal de la Iglesia nos apretujamos no menos de quince personas a la espera de que escampe la lluvia.

-“No se moleste, Doña Julia, me iré sola, vino a muy pocos metros de aquí “-
-“Insisto Martina, no es molestia”-
-“No se preocupe por mi, la lluvia no me asusta y la tormenta parece alejarse”-
-“Espere, llévese el paraguas, mi marido y yo nos arreglaremos como sea”-
-“Gracias, mañana mismo se lo devolveré “-


El paraguas casi oculta el cuerpo marchito de la anciana que se marcha lentamente hacia su casa.

-“Parece que la lluvia aminora, vamos corriendo hasta el bar de Cosme”- Enrique agarra mi brazo –“Mira que casualidad, esa anciana tiene un paraguas como el tuyo”-

Corremos pero la lluvia solo se ha tomado un respiro y cuando nos encontramos junto a la puerta del bar la lluvia se ensaña con nosotros.

-“Corre”-
-“No puedo, los tacones…el empedrado…”-
-¿Pero como te has puesto esa calzado precisamente hoy?”-
-“Vas empapada Julia, deberíamos…”-
-“Entrar rápidamente en el bar, me estoy calando”-
-“¿Pero te has visto como vas?”-
-“Hecha una sopa “-
-“Si, y casi desnuda; la lluvia ha pegado el traje a tu cuerpo”-


Miro mi pecho y…¡¡Dios Santo¡¡… Enrique tiene razón; el traje mojado por la lluvia se ha ceñido a mis pechos haciendo que se clareen sus areolas.

-“¿Cómo vamos a entrar así en el bar?”-
la tormenta y Enrique tienen el mismo tono de voz -“Ya te dije que no era un traje apropiado para ir a misa”-
-“Tú dirás que hacemos, aquí nos estamos empapando”-
- “Pues ir a casa lo más rápido posible”-


Y sin mediar mas palabra Enrique se quita la chaqueta y la pone sobre mis hombros, después toma mi mano y me arrastra calle mayor arriba por la acera mientras las nubes se empecinan en no abandonar los cerros que rodean Fuentesviejas.

-“Que asco de lluvia”-
pero Enrique no me escucha o no desea escucharme; el pobre va calado, casi tan de portada de revista erótica como yo.

Por fin llegamos, calados, a nuestra casa. Me duele el brazo de los tirones de Ernesto y uno de mis zapatos ha perdido el tacón, tengo doloridos los tobillos y el traje se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel. Resulta grato entrar en casa, ponemos el suelo perdido de agua, de barro.

-“Vamos a cambiarnos de ropa, estamos empapados, puedes pillar un resfriado y…”-

La mirada de Enrique se detiene en mi rostro, baja desde mis labios hasta los pechos. Me giro sintiendo la mirada de mi marido en la espalda. El pasillo esta a oscuras, el apagón es general. Recuerdo las palabras de Martina:

-“En este tiempo las tormentas suelen ser malignas, se aferran a la serranía y desde allí descargan su furia sobre los campos y los hombres”-

El fragor de un trueno, esta vez más distante, parece querer indicar que la tormenta se aleja. A tientas llegamos hasta el salón. Enrique sube un poco la persiana.

-”Así entrara luz para poder cambiarnos “- Empieza a desnudarse de espaldas a mi.
-“Siempre tan provocador”- pienso entre la ironía y el tedio.

Ahora soy yo quien derrama una mirada sobre el torso desnudo de Enrique. Los ojos de mi marido se cruzan con los míos.

Mis manos agarran el bajo del vestido de lino, empapado, tiro de él hacia arriba y me quedo en ropa interior. Retuerzo mi pelo y las gotas de agua descienden por mis pechos. Mis pezones se erizan. Enrique traga saliva, su nuez…el brillo de sus ojos lo delata.

Levanta el rostro, entre las sombras del salón su cuerpo permanece quieto, sin camisa resulta frágil…deseable, deseado.

-“Julia…”-
su voz es mansa, tapo su boca con mi mano. Luego con mis labios.
-“Julia…”- el vaho que desprenden nuestros cuerpos se funde. Me siento atrevida. Hoy.

Ahora.

Desabrocho la hebilla de su cinturón mientras mis labios se pasean por su cuello.

Desciendo. Demoro tocar su sexo. Muerdo sus labios. Enrique aferra mis pechos. Su respiración, el latido de su corazón diluye el ruido de la lluvia. La tormenta se aleja, Enrique me abraza. Estoy ávida de su cuerpo y mis manos se sienten cada vez más atrevidas y derrotan la resistencia del boxer. Su sexo esta duro. Puede que voraz, no tanto como yo.

Empujo a Enrique sobre el sofá de loneta azul; aun, de pie frente a él desabrocho mi sujetador. Mis pechos duros como su sexo, desafiantes como su sexo, empapados.

Me arrodillo entre sus piernas. Me acomodo mientras mi mano se desliza sobre la piel de su sexo. Late la piel. Late.

-“Aguarda, aguarda”-
suplica.

Su erección le ruboriza. Se pone de pie. Me lleva tras él.

-“Vamos al dormitorio. Vamos Julia, vamos”-

Río. Hace tiempo que no reía, hace tiempo mi marido no me hacia reír.

Tirito. En el pasillo hace frío. El pasillo se hace eterno. Aprovecho para quitarme el culot. Los pantalones y el boxer de Enrique son un montón de ropa abandonada. Otro charco.

Junto a los pies de la cama parece aguardar mi marido. Desnudo. Apenas hay luz, apenas algo de claridad entrando por la ventana que da al jardín. No importa.

Nos abrazamos. Nos besamos. En el cuello. En los pezones. Mi desnudez se cubre con sus manos. Su desnudez me embiste. Las manos de Enrique tienen urgencia. Se azoran. Su tacto me recorre, voraz. Mis labios pierden el pudor y buscan apaciguar su sed. Mi sed, mi hambre. Encuentro su sexo. La yema de mis dedos se demora sobre el miembro, por fin, erecto.

Para mí. En mí.

Caemos sobre la cama. Abrazados. Me embriagan los jadeos de Enrique. Quiero cubrir con mi saliva la deseada erección. Enrique aparta mi cabeza. Sus manos separan mis piernas.

-“Aun no, espera”- suplico-“Espérame”-

Tiemblo. Su cuerpo, impaciente, se encastra en mi.

-“Espera”- mis muslos tiemblan.

Me aprisiona. Entra en mi. Duele la penetración, aun más que su olvido. Noto la dureza de su miembro. Me rasga.

-“Despacio, aun no me…”-
Enrique no escucha. Es la tormenta. Entra y sale de mi.
- “Así no, de esta manera no”- aferro su desnudez y trato de apaciguar el rudo movimiento.

No puedo. No se detener su embestida. Me ahoga. Me inunda. Se derrama en mi interior y todo se detiene. Todo es silencio en el dormitorio. Y fuera.

Entre mis piernas. Entre mis labios. En las calles del pueblo. Calla la tormenta. Mojadas las calles, saciadas de lluvia las calles. Solo las calles.

Enrique sale de mi. Se incorpora. Respira profundamente. Manso su sexo. Tiembla su mirada. Lo se. Se que tiembla su mirada.

Cierro las piernas. El sigue en mi. El dolor también. El placer no pudo abrirse camino.

El si.

-“Voy a ducharme”-

Continúo sobre la cama, desnuda. De nuevo tiemblo. El sol entra por la ventana iluminando la quietud de las sabanas. La tormenta ha cesado. Fuera. En mi, no.


-“Ha vuelto la luz”- la voz de Enrique llega desde el baño.

Escucho el sonido de la ducha ahogando las palabras de Enrique. Las palabras de Enrique son siempre mi tormenta. Mis lágrimas. Pliego las rodillas sobre el pecho. Oculto mi sexo. Me protejo. Nada he recibido. Nada. Nada creo haber entregado.

Nada.

.”¿Qué soy para Enrique?… ¿Su cuenco?... Solo un cuenco”-

Sobre la mesilla descansa un libro. Ambos estamos cansados de esperar.

En la calle ha dejado de llover, pasó la tormenta. Hay charcos, seguro que hay charcos en la calle. En las sabanas de nuestra cama, en mi sexo solo han quedado charcos como recuerdo de la tormenta.

La tormenta se ha vaciado dejando charcos y dolor en mi sexo. No hay sabor al almíbar de tu sexo en mi boca. Pero en mis ojos persiste la lluvia ocultando mi ultrajada desnudez.

(Fotografías y texto de Jaime V.)

domingo, 24 de julio de 2016

La Aurora

Nicolasa, de píe a mi lado, asentía ante la parrafada que Enrique estaba desgranando como despedida y cierre de la visita al bueno de Leandro. Unas escuetas inclinaciones de cabeza por parte de Nicolasa en señal de...de...”no se que me dice usted pero bueno” acompañaban a la imposibilidad manifiesta de mi compañero de trabajo a la hora de explicar de manera sencilla los consejos sanitarios.

Yo me iba acostumbrando poco a poco a estas charlas “magistrales” e ininteligibles que llenaban los avisos, que acompañando a Enrique, realizábamos al terminar la consulta.

-“No lo olvide Nicolasa, que no le explico nada nuevo que usted no me haya escuchado decir en mi anterior visita y que, seguro, mis antecesores en el cargo también se lo habrán dicho, Leandro debe dejar totalmente el tabaco”-

Enrique intentaba parecer serio, contundente. Nicolasa , a mi lado, asentía y asentía incluso cuando Enrique “paraba” para tomar aire, mientras que Leandro se pasaba la mano por la cara como si sopesase el espesor de su barba de tres días.

-“Hace tiempo que su marido padece un epoc que se ha agravado en los últimos meses debido al incumplimiento permanente, por parte de Leandro, de las pautas terapéuticas que indico no solo en la receta electrónica , medicamento a medicamento, sino también en la ficha de medicación”-

Resultaba graciosa la forma en que Enrique convertía una visita programada en un nudo gordiano imposible de digerir, Enrique no parecía mal medico…como medico, pero a la hora de dar explicaciones se perdía en vericuetos, formulismos y tecnicismos sanitario-burocráticos que adormilaban la capacidad de entendimiento de cualquier ser humano.

Lo suyo no era, no, la Educación sanitaria “sostenible ni asimilable”.

Mientras permanecíamos en la puerta, frente al atónito matrimonio, contemplaba a Enrique buscando mas allá de aquello que pudiera pertenecer al ámbito del trabajo. No, como hombre no estaba nada mal para el “casting” de varones que pululaban y/o vegetaban por el pueblo, a Enrique se le podía dar una nota de siete sin muchos reparos pero cambiando su vestuario y enseñándole, de manera práctica, que con los labios se pueden hacer muchas más cosas que marear a la gente.

-“¿Ruth has revisado el equipo de oxigenoterapia de Leandro?”-
-“Si, Enrique he revisado la mochila”- asentí mecánicamente
-“Pues ya sabe , Nicolasa, el tabaco ha sido y es un veneno para su marido que, por cierto , tiene la cabeza más dura que el granito porque no tengo ni la más mínima duda de que continua fumando; cada vez que vengo de visita encuentro colillas a medio esconder junto a las patas de la maquina de coser o bajo la mesa camilla como si fueran teselas desordenadas”-
-”¿Te...qué?-
-”Teselas...las teselas son las piezas con las que los romanos...”-


Pero Nicolasa cortó el inicio de la disertación histórica con la que nos amenazaba la verborrea de Enrique.

-“Lleva usted razón, Don Enrique , este hombre mío es un cabezón de mucho cuidao”- respondió compungida Anastasia -“Mi marido siempre ha sio así pa él , pa mi mu buen hombre pero pa él….mu trabajador eso si , de sol a sol siempre en
el campo con el pitillo en la boca y la zurra o el vino de pitarra en el hato y fue jubilase y caer enfermo y ahora no sale de casa pa na , ni pa la partida ni al huerto que lo cuida el chico pequeño. Se levanta, se enchufa al oxigeno de la mochila y pone el televisor o la arradio y se ve o se escucha toa la programación mientras se fuma aquello que su mano alcance”-
-“Dios mío, que barbaridad, mire Nicolasa es imprescindible que su marido cumpla no solo las pautas terapéuticas referentes a la medicación y a la oxigenoterapia sino que además deberá cambiar sus hábitos diarios de…”-
-“¿Hábitos?”- interrumpió la ahora sorprendida anciana -“Mi marido nunca ha sido de hábitos ni de ir a misa ni de escapularios ni cosas de esas, el no es mu creyente”-
-“No señora, me refiero a los hábitos como el sedentarismo, los horarios de las comidas, la ingesta excesiva de alimentos ricos en grasas y….”-

Miré de nuevo a Enrique y sonreí, él intentaba proporcionar información a Nicolasa pero para la pobre mujer entender a Enrique era como intentar descifrar las instrucciones del “Windows Vista Home Premiun” en caracteres cirílicos.

Puede que, como hombre, Enrique se mereciera una nota de siete y como médico en cuanto a conocimientos tal vez se mereciera otro siete, pero a la hora de llegar a la gente llana, sencilla, a las personas que aguardan su turno en la sala de espera o solicitaban una visita a domicilio, a la hora de dar información a sus pacientes con olor a esparto y a matanza casera o vino de pitarra…entonces, el doctor, naufragaba a lo Titanic.

Recuerdo el día que conocí a mi compañero de trabajo, recuerdo que la impresión que me dejó como médico y como persona fue patética pero después de casi mes y medio compartiendo las tares del consultorio y la vida reducida y enclaustrada de este pueblo mi opinión sobre Enrique, como hombre y como médico, ha ido cambiando lentamente.

La vida en mi pueblo se reduce a un constante ir y venir de rutinas relacionadas con el trabajo, con los quehaceres domésticos, con el ocio previsible sujeto a los bares y a los paseos, con las mismas charlas diarias con las mismas gentes de a diario. Puede que lo único que ha trastocado el asedio del aburrimiento que da cuerda al reloj de Fuentes Viejas haya sido la llegada de este Enrique, que no termina de empezar a encajar entre el sopor pueblerino que nos atonta , y de su apocada esposa.

Tengo la extraña sensación de que Julia, en la cama y en la cocina, es una ingenua y sumisa esposa que...claro que esto es hablar por no estar callada, después de mes y medio solo la he visto una vez haciendo la compra en el supermercado y ni nos saludamos.

-“Veamos Nicolasa, Leandro debe perder peso, deberá hacer dieta, dejar radicalmente el tabaco e hidratarse adecuadamente. Junto al aparato de televisión he dejado una ficha de medicación actualizada para que acuda a la farmacia y allí le dispensen los medicamentos en ella prescritos. He recetado a su marido un expectorante, un broncodilatador y un par de cajas de antibiótico y para que se cumplan de manera eficiente las pautas terapéuticas se las he dejado indicadas claramente en la ficha de medicación ”-

Tanto Nicolasa como yo, no dejábamos de mirar al doctor; seguro que ella con perplejidad haciéndose cruces mentalmente y yo a un paso de la más sonora carcajada.

-“Suba a la farmacia y allí le dispensaran los medicamentos prescritos en la receta electrónica y, para favorecer el efecto del mucolítico, Leandro deberá hidratarse correctamente”-


Nicolasa me miro perpleja.

-“Deberá beber abundante agua”-
traduje.
-“Eso mismo, Leandro deberá beber no menos de un litro y medio de agua al día”- remarcó Enrique.
-“Bebemos agua que trae el chico de la hontanilla del Tío Calero”-
-“No Nicolasa, no; me refiero a agua mineral embotellada que tenga una calidad sanitaria garantizada, no sé…Bezoya o Monte Pinos o cualquiera que vendan en el supermercado”-
-“Mire, Don Enrique, mis abuelos, mis padres, nosotros y ahora mis hijos siempre hemos bebido el agua de la hontanilla y no nos ha pasao na, además es agua mu blanda, la mejor para hacer el cocido, las lentejas, las judías o…”-

Resultaba muy simpático ver como Nicolasa se levantaba sobre sus pies y gesticulaba intentando imponer el criterio que dictaba la tradición familiar sobre los envases de vidrio azul o PET que Enrique defendía con la esgrima de su léxico de bata blanca y fonendoscopio.

-“Veamos, Nicolasa, como su marido no es ni un garbanzo ni una lenteja ni una judía, para facilitar la eliminación de moco deberá tomar agua mineral embotellada; recuerde además que deberá seguir una dieta, moverse de casa las horas que no precisa del oxigeno y, desde luego importantísimo, dejar de fumar además de cumplir las pautas que anteriormente le indique”-
-“Intentaré hacer lo que me ha dicho aunque no tengo muy claro lo que es”-


Nicolasa se despidió de nosotros con un “que tengan buen día” que me sonó a “tanta gloria lleven…” y con un mal disimulado portazo cerró a cal y canto su casa seguro que en busca de un potente analgésico para combatir el dolor de cabeza.

Leandro y Nicolasa vivían en un lateral de la Plaza Nueva que, un pequeño rincón ni era plaza ni nueva, más bien era una especie de ensanchamiento en forma de pera, con un misero jardincillo en el centro. Tras la guerra civil esta plaza ostentó el rimbombante nombre de Plaza del Alzamiento pero con la llegada de la democracia el primer alcalde salido de las urnas decidió cambiar los nombres de algunas calles y esta plaza, en concreto, fue la primera en “democratizarse”.

Enrique caminaba a buen paso mientras me refería las ventajas del uso domestico y culinario de las aguas sometidas a un adecuado control sanitario.

-“…son cientos las enfermedades que, en su cadena epidemiológica, tienen al agua como eslabón básico…”
-“¿Alguna vez te escuchas Enrique?”-b>pregunté sonriendo>-“¿Tu crees que la pobre Nicolasa te ha entendido la mitad siquiera de todo lo que has dicho?”-
>-“Yo creo que si”-b> Enrique me miró sin dejar de caminar>-“¿O no, tú crees que no?”-

-“Pautas terapéuticas, hábitos diarios, hidratación adecuada, dispensar los medicamentos prescritos, ficha de medicación”- al decir estas palabras traté de imitar la voz de Enrique -“¿De verdad crees que Nicolasa se ha enterado de algo?”-
-“Trato siempre de dejar claro que…”-
-“Que no sabes acercarte al paciente como vecino, como compañero de cartas, como la persona que va delante de ti en la cola del pan. Le has dicho a la pobre Nicolasa lo de las pautas terapéuticas no menos de diez veces”-
-“Creo que es necesario mantener una distancia o un, llámalo, escalón con el paciente para evitar equívocos ocasionados por una camaradería mal entendida”-
-“Pautas terapéuticas, hábitos diarios, hidratación adecuada, dispensar los medicamentos prescritos, ficha de...”- repetí con tono solemne- “Creo que dejarás de ser el doctor estirado para ser Don Pautas Terapéuticas”-

Logré arrancar una sonrisa de su boca. Si…puede que sin afeitar y con otra ropa más juvenil Enrique se diera un aire a Christian Bale, solo un aire. Si…creo que debería subir la nota de mi escala hasta un siete y medio y esa nota siempre podría...podría seguir subir dependiendo de como fuera Enrique en la cama.

Durante un instante me sentí excitad. Alargué mi brazo para que mis dedos tocaran su barbilla, para que oliera mis manos. Lo hice sin darme cuenta...o puede que no.

-“Vamos hacia la consulta por la Calle del Pósito, Doctor Bale”-
-“¿Doctor Bale?”-
-“No me hagas caso Enrique, son cosas mías; solo cosas mías”-

Enrique retomó la explicación del papel que juega el agua en la cadena de transmisión de cientos de enfermedades y sentí crecer mi solidaridad hacia la cara de desconcierto de la pobre Nicolasa mientras que mi excitación hacía, nunca mejor dicho, aguas.

Desde la Plaza Nueva, por la calle del Pósito, se atajaba hacia la consulta.

La calle del Pósito, una de las calles con más solera del pueblo, se retorcía en forma de “ese” como queriendo protegernos de más de una mirada que, seguro, nos acechaba tras las persianas de las casas, algunas aún de adobe y puerta de madera envejecida por el cansancio de los años.

Camine alrededor de Enrique mientras canturreaba esa retahíla de palabras que parecían un conjuro o una letanía.

-“Pautas terapéuticas, hábitos diarios, hidratación adecuada, dispensar los medicamentos prescritos, ficha de...”
-“Señora, deje de bailotear a mi alrededor, vamos en un momento a la consulta por si hay algún aviso y luego nos pasamos por casa de Amadeo para ver como tiene hoy la tensión y el azúcar”-
-“Señorita, Don Enrique, recuerde bien, Señorita Ruth o mejor aún Ruth; Don Miguel de Unamuno de las artes médicas en la villa de…”-
-“Esta usted muy graciosa hoy, Señorita Ruth”-
-“Me alegra que repare en mi, Don Enrique, me alegra mucho que repare en mi”-


Ambos sonreímos y, en los diez minutos que tardamos en llegar a la puerta del consultorio local nuestra conversación se tornó ruidosa y poco formal.

-“Puede que, al final de la mañana, termine dando a Enrique un ocho”- pensé mientras buscaba en el bolsillo del pantalón la llave de la consulta.

Pero no llegué a abrir la puerta, una voz a nuestras espaldas fue la causa.

- “Don Enrique y la compañía, perdonen que les moleste”- el tono de la voz denotaba angustia, preocupación.
- “Buenos días…señor…”- contestó Enrique tras volver la cabeza.
- “Tomás, soy Tomás el cuñao del tirillas”-

Me di la vuelta, a unos metros de nosotros como un estático Don Tancredo estaba Tomás el cuñao del tirillas, con la boina estrujada entre sus encallecidas manos. Cubierto de pana desde los tobillos hasta el cuello Tomás era la imagen de la desesperación.

-“¿Que ocurre Tomás? ¿En que le puedo ayudar?”-
-“Pues vera doctor, la Aurora sa sajao”- acertó a decir Tomás.
-“Espere un momento Tomás que abro la puerta, pasamos al consultorio y me cuenta el problema de Aurora”-


Una vez en la vacía sala de espera Tomás se “clavo” junto a la puerta del patio para, sin tregua aparente, continuar con sus explicaciones.

-“Mire usted, doctor, la Aurora sa sajao”- repitió- “¡Cago en diez¡”-
-“¿Aurora?”- preguntó Enrique - ¿Quien es Aurora? ¿Su mujer, su hija?”-

-“Ca, doctor, la Aurora es la vaca que le comprao al Marcelino, una vaca lechera hermosisma”- explicó Tomás sin moverse ni un palmo - “Hoy al sacarla pal prado un golpe de aire ha cerrao la puerta del corral y la pillao, y que saja la hecho al pobre animal en la ubre, que saja, que saja”
-“¿Una saja?”- cortó Enrique- “¿Una laceración querrá usted decir, una herida?”-
-“Una saja, una saja que le llega al pezón”- afirmó rotundo Tomás.
-“Pero... Tomás, aún no me ha dicho en que le puedo ayudar”-
-“Pos vera, con la saja en la ubre la leche sale encarna por la sangre y los de la cooperativa no la quieren, no la compran, ve usted el problema”-
-“¿Y usted pretende... que yo...?-
acertó a preguntar Enrique cruzando los dedos.
- “Pues... vera... Don Servando nos hacia los apaños del ganao... como aquí no siempre hay veterinario... pues...y después de Don Servando los médicos que han venio pues...como por aquí cerca no hay veterinario pues...pues vera...”-

Tomás miraba a las baldosas del suelo mientras que sus manos apretaban una y otra vez la boina.

-“Yo le pago lo que usted me pida... ¡¡Cago en diez¡¡... por caridad que me tie que ayudar uste… ¡¡ ponga el precio a la faena¡¡”-
- “Si por el dinero no es”-
respondió Enrique notando que el nerviosismo de Tomás se le empezaba a contagiar.

El problema sanitario de “Aurora” pilló a Enrique tan desprevenido que no sabia por donde salir, la maltrecha ubre de Aurora se le antojaba como un caso más propio de un veterinario con experiencia contrastada en asuntos de bustos heridos o de un programa de inocentadas que de un médico recién llegado al mundo rural.

-”Vera, Tomás...yo...”-

La Aurora, Doña Aurora, estaba a puntito de sentar cátedra. Yo sonreía, mi compañero afrontaba su primera crisis rural. De repente a Enrique se le amontonaron, a la puerta del consultorio, todos los años de estudio, tantas y tantas asignaturas aprendidas, tantas y tantas horas de prácticas, de guardias, de... pero una urgencia como era la saja en la ubre de la Aurora no recordaba que apareciera recogido en ningún manual o protocolo de los muchos de Atención Primaria, de Anatomía o de Patología y demás publicaciones que reposaban en las estanterías de la consulta.

Enrique decidió usar una mezcla de cintura y diplomacia a partes iguales con el asunto que afligía a Tomás e intentar así escapar a lo Poncio Pilatos.

- “Mire, Tomás, seria aconsejable ver la herida, ver la laceración que Aurora sufre en su ubre para...para evaluar lo que pueda hacerse para solventar esta situación que , desde luego, no entra en mi campo de conocimientos”-


Enrique no pudo terminar la frase, él pretendía hacer ver al afligido Tomás la necesidad de acudir al veterinario, pero no... no pudo terminar la frase, Tomás no le dejó.

-“¿Ver la saja? ”- preguntó Tomás - ”Eso esta hecho, doctor”-

Y dando hacia atrás dos zancadas se situó en el centro del patio porticado desde donde voceó.

-“ AURORAAAA, YEAA, YEAA”-

Unos instantes después el sonido de un cencerro inundaba el zaguán y antes que, Enrique o yo, pudiéramos reaccionar la “afligida enferma” apareció ante nosotros con su total “humanidad”; los cuatrocientos kilos de carne de Aurora entraron en la sala de espera agitando el rabo como si fuera un abanico.

-“Pero… ¿de donde sale esta vaca?”- preguntó Enrique sin poder pestañear.
-“Esta es la Aurora; estaba a la sombra, en el jardincillo frente de la consulta, la dejao ahí pa que no estorbara en la calle, la Aurora es mu obediente y si le digo que quieta no se mueve ni aunque la ten un cohete al rabo”-

La “paciente” traía envuelta la ubre dañada en una sabana manchada de sangre; al igual que Tomás su mirada era triste, al igual que Tomás su “voz” pedía a “mugidos” nuestra ayuda.

No había excusas, “la Aurora” precisaba una adecuada e inmediata atención, ya no había más opción a excusas protocolarias, la “paciente” estaba “ahí” ante nuestras atónitas miradas y era preciso actuar con la mayor profesionalidad.

Tras enfundarnos los guantes de látex y ponernos una mascarilla, dimos comienzo a la que seria nuestra primera “intervención vacuno-quirúrgica”.

Una hora después de duro trabajo, acompañados por los mugidos lastimeros de Aurora y las palabras cariñosas y mimos que el bueno de Tomás no ceso de propinar a su vaca, la “saja” quedo felizmente suturada.

Tomás insistió una y otra vez en pagar la “operación realizada”.

-“Guardase el dinero Tomás, solo con ver a Aurora fuera de la consulta me doy por satisfecho”- insistió Enrique mientras se quitaba la mascarilla y los guantes.
- “Mil gracias doctor , mil gracias Ruth, no saben ustedes el favor que man hecho, mil gracias “- repetía mientas empujaba al animal- “Mil gracias, ya se lo pagare con un buen par de quesos”-
-“Mil gracias...pa que luego digan ques uste un estirao y un creido”- no dejaba de repetir Tomás.

Enrique volvió su mirada hacia la consulta, los “efectos secundarios” de la “operación” se extendían por suelo; seguro que por la tarde Edelmira, la mujer que limpiaba el consultorio local, soltaría sapos y culebras al ver como estaba de barro y suciedad tanto la consulta como la sala de espera.

Tomás y su vaca, con la ubre suturada, abandonaron el consultorio y Enrique les acompañó para cerrar la puerta.

-“Hasta otra, que espero que tarde, Tomás”-

En el momento en que Enrique estrechaba la mano del pastor, Aurora en un espontáneo arranque de agradecimiento, sacó su enorme rosada y húmeda lengua dando a mi compañero un “amplio beso” que abarco desde la barbilla hasta la nuca.

-“Le ha cogió cariño el animal, doctor”->sentencio Tomás -”La Aurora es más lista que las personas y es mu agradecía, ya tie uste una amiga pa toa la vida”-

Y dirigiéndose a la “agradecida paciente” gritó:

-“¡¡ AURORAAAA, YEAAA¡¡”-

Y allí quedó Enrique, de pie, humedamente abrumado por el “cariño” de la paciente agradecida, pensando en lo que se gastaría en champú y gel de baño para limpiar su cabeza y seguro que maldiciendo la hora en que llegó a este pueblo.

Sonreí ante la cara de estupefacción de Enrique.

-“Eres un galán de lo más afortunado, te has ganado el corazón de Aurora”-
-“Es...esto es…mira como estoy…esto es…”- balbuceo Enrique -“Me voy ahora mismo al aseo de la sala de espera…me…que asco, por Dios, que asco”-
-“Ve, iré recogiendo un poco este desaguisado mientras te lavas, Doctor Dolittle”-

Mi risa se volvió carcajada mientras, en mi escala, el Doctor Enrique “Bale Dolittle” lograba un diez por su engominado pelo, su cómico aspecto y por haberse bajado por primera vez del escalón. Desde el cuarto de baño, y sin la necesidad de Edelmira, empezaban a escucharse sapos, culebras y otras maldiciones que acentuaban de mi risa.

-“Julia no sabe lo que tiene”-
pensé mientras recogía la desbaratada sala de espera>-”Pero Aurora y yo...si”-



(Texto de Jaime V.)

domingo, 19 de junio de 2016

Mi querida Nur

Mi querida Nur.

¿Que tal estáis?

Espero que al recibo de esta carta os encontréis bien, Enrique y yo estamos bien gracias a...


-”Desde luego no gracias a Enrique”-

Dejo mi pluma Cross en la mesilla. La puerta del armario, indiscretamente abierta, deja ver algunos de mis vestidos que cuelgan en sus perchas. Son ...son...

-”¿Como he sido capaz de ponerme alguna vez ese horrible traje verde o el gris o el azul?”-

Hago caso omiso a la sensación de frescor que recorre mi piel y permanezco, desnuda, tumbada boca arriba sobre la cama. Deberíamos ser capaces de colgar algunos sentimientos en las perchas de un armario, cerrar su puerta y tirar la llave lejos, muy lejos.

El balcón , abierto , permite que la luz de la mañana me inunde.

-”Si alguien me viera así, a mi, a la mujer de Don Enrique, a la esposa del médico estirao”-

Mi estúpida osadía me hace enrojecer, seguro que a Nur le hubiera importado un comino que la vieran desnuda, Nur no era una mojigata ni una melindrosa , luego cambió solo para ser feliz.

Miro el folio que aguarda junto a la pluma, no se que decir , no se que escribir, hace tanto tiempo que nada se de mi amiga y supongo que ella tampoco sabe de mi. Me tapo con la sabana hasta el cuello. Quería hablar a Nur de, de mi vida, del dolor , de la alegría, quería escribir , hoy , a Nur. Solo tendría que levantar el teléfono y marcar 980...pero no deseaba hablar con Nur , deseaba que Nur leyera mis palabras.

Llevo varios días recordando la última vez que hablamos, fue hace dos años , un trece de mayo, el trece era el número favorito de Nur.


Esa tarde hablamos, disfrazamos recuerdos, pasamos de las risas a los silencios. Eran tan diferentes, siempre lo habían sido. Sin dejar de mirarnos las palabras de Nur tropezaban con las mías y cuando íbamos por la segunda copa Nur apretó mi mano y reveló la razón de nuestra cita.

-”Julia, me caso dentro de quince días”-

Y continuó hablando, hablándome de Pedro, de su granja, de gallinas ponedoras, de los caballos con los que paseaban a la caída de la tarde, del campo, de las cosechas, de Pedro, y una vez más de Pedro, de la casa rural que pensaban abrir, de Pedro y una vez más de Pedro.

Me enseñó su foto , era un hombre de apariencia normal, de rasgos normales, de facciones normales,

-”No te entiendo Nur, hace medio año dejabas a Jacobo con las invitaciones de boda ya encargadas, el piso de Barcelona amueblado y tu traje de novia terminado...a Jacobo , un economista que trabajaba en Construcciones y Contratas pero que bien pudiera haber sido modelo publicitario, a Jacobo por el que todas las amigas del grupo suspirábamos, a Jacobo que...”-
-”Si, Julia, a Jacobo”-


La tarde se despedía de los transeúntes mientras nos reflejábamos en nuestras palabras, mientras nos ocultábamos una vez más en uno de nuestros rincones favoritos de Madrid, el café Volta en la calle Santa Teresa; ahí, alumbradas por la complicidad del local nos diríamos adiós sin saber que nos despedíamos para no vernos más.

Nur sonreía ante mis gestos de estupor, ella , calmada , vestida como nunca solía vestir, me miraba con una dulzura y sonreía sin dejar de asentir.

-”Me...me dices que dentro de un mes te casas por lo civil con un tal Pedro , al que has conocido hace dos meses, en el Ayuntamiento de...de...”-
-”de Ferreruela de Tabara en Zamora; si Julia, me caso con un tal Pedro que nada tiene que ver con vuestro amado, idealizado y distorsionado Jacobo ”-
-”Recuerdo aquellos años, recuerdo...erais la pareja perfecta; Jacobo te adoraba , te respetaba tanto que...”-
-”Tanto que, menos a ti , creo que se follo a todas las del grupo según me confió Patri”-
-”Nunca me gusto Patri, ya sabes lo cizañosa que era y lo colada que estaba por tu novio”-


Nur guardó silencio,me tendió su mano, se miró en mis ojos e hizo como que no escuchaba mis palabras.

-”¿Sabes lo que haces Nur?”-


Nur me tendió su mano, se miró en mis ojos y tuve la sensación de que mi amiga se estaba desprendiendo de todos esos recuerdos que no pueden atravesar la luz del cedazo.

-”En mi mundo no hay nada más cierto, nada más deseado que vivir el resto de mis días junto a Pedro”-
-”¿Pero que te hizo tomar esas dos decisiones tan drásticas, tú nunca habías obrado antes así?”-


Cuantas veces, y más en los últimos días, he recordado aquella conversación con Nur, cuantas veces hubiera deseado no soltar su mano; cuantas veces, y más desde que vivo en Fuentesviejas, hubiera deseado entender mucho antes la respuesta de Nur a mi última pregunta.

Nur era el diminutivo cariñoso con el que todos llamábamos a Nuria.

Nuria era mi mejor amiga, teníamos diez años cuando nos conocimos en el recreo de nuestro primer día de clase en el San Estanislao de Kostka y desde ese mismo instante fuimos uña y carne.

Los compañeros de clase, los amigos y amigas decían de nosotras que, sumando las dos, resultábamos una pues nos complementábamos totalmente; mientras que Nur era bulliciosa yo era tímida , mientras que Nur vestía de forma exagerada y provocativa yo llevaba horquillas en el pelo y un imperdible como mordaza de los botones que podían dejar ver mi escote, mientras que Nur desbordaba carisma yo veía la vida desde el gallinero, mientras que Nur era intuitiva yo necesitaba memorizar mis sueños, mientras que Nur una rompecorazones yo...

Cuando empecé mis estudios de filología inglesa ella se marcho a Chicago para cursar un máster empresarial difícil de pronunciar pero nunca perdimos esa complicidad , esa amistad que no sabe de distancia ni del paso irrefrenables del reloj.

A su regreso, Nur, parecía radiante, teatralmente radiante. Yo sabía que tras esa sonrisa decorativa se ocultaba algo, era tan difícil que nos mintiéramos. Muchas veces nuestros labios se pintan con una sonrisa que cobija , que esconde nudos en la garganta y contraluces en al alma.

Lo sé. Lo he vivido.

Lo vivo.

Cuantas veces, y más en los últimos días, he recordado aquella conversación con Nur, cuantas veces hubiera deseado no soltar su mano. Cuantas veces, y más en los últimos días, hubiera deseado hacer mía la respuesta de Nur a mi última pregunta.

Ahora entiendo a Nur y envidio su valentía.

El techo se me antoja inmenso, se que nada me devolverá el tiempo pasado, el tiempo perdido, algunas personas pueden cambiar otras...otras nunca logran intentan hacerlo. Aparto la sabana y reencuentro mi desnudez, reencuentro junto a mi pluma la desnudez de una hoja que parece aguardarme.

Si, recuerdo cuando Nur me tendió su mano, como se miró en mis ojos, esa la sensación de que mi amiga se estaba desprendiendo de todos los recuerdos que eran cieno en su nuevo camino.

-”En mi mundo no hay nada más cierto, nada más deseado que vivir el resto de mis días junto a Pedro”-
-”¿Pero que te hizo tomar esas dos decisiones tan drásticas, tú nunca habías obrado antes así?”-


Me incorporo, aparto el pelo de mi cara y continuo escribiendo.

...

Mi querida Nur.

¿Que tal estáis?

Espero que al recibo de esta carta os encontréis bien, Enrique y yo estamos bien gracias a...

No, a ti no puedo mentirme, Enrique y yo solo estamos bien cuando su voz forja mis silencios y sus decisiones amargan nuestro futuro.

Hace mes y medio que llegamos al nuevo destino de mi marido, un destino que él y solo él eligió para ambos. El pueblo se llama Fuentesviejas de Almenara.

Nadie ,ni amigos, ni familiares...nadie nos ha visitado, un par de llamadas de lo más protocolarias a Enrique y pare usted de contar. Estamos solos. Estoy sola.

Hace un par de semanas de terminamos nuestra escueta mudanza , aquí entre las paredes de una casa inmensa y, sobreponiéndome a la frustración y a la arrogancia que parece haberse adueñado de mi marido, trato de hacer mio tu temperamento, tu valor, pero no soy capaz.

Hace ya mes y medio que vivimos, que vivo en un pueblo del que conozco unas pocas calles, los pocos comercios que hay y a las pocas personas que, por cortesía, por ansias de cotillear o por motivos más que nada laborales se acercan a nosotros. El silencio se hace dueño de las horas que, Enrique y yo, creemos compartir, que creemos que nos pertenecen. Que engañados estamos. Que solos estamos.

Hace ya mes y medio que me despierto y cierro los ojos, que no hago el amor con mi marido, que no deseo comenzar cada día con una discusión. Estoy muy sola, pero eso se va a acabar.

Hoy , recordándote, hoy reviviendo la última vez que nos vimos he tenido envidia de ti , hoy he decidido dejar de mirar a hurtadillas los posos del desayuno de cada día. Hoy he envidiado, he entendido tu respuesta a mi última pregunta y deseo que nunca , nunca dejes de ser tal y como eres , que nunca pierdas la riqueza que ganaste al renunciar a lo que no tenias.

Un beso muy fuerte de tu amiga que no te olvida.

Julia


...

Busco la cajetilla de tabaco que guardo en mi mesilla. Fuera , en la calle, la mañana se llena de voces, de personas que aún no conozco; lo único que conozco es mi soledad.

Si, recuerdo cuando Nur me tendió su mano.

-”En mi mundo no hay nada más cierto, nada más deseado que vivir el resto de mis días junto a Pedro”-
-”¿Pero que te hizo tomar esas dos decisiones tan drásticas, tú nunca habías obrado antes así?”-


Nur se miró en mis ojos y me respondió entre las sombras rojas del café Volta.

-”Algo sencillo pero de un valor incalculable y es que así suelen ser las cosas sencillas, mientras que Jacobo me hacía llorar, mientras que Jaboco quería más a Jacobo que a mi, Pedro me hace reír y me quiere más que a nadie, más que a nada en el mundo”-

Mi querida Nur que afortunada eres a veces las cosas sencillas son las más difíciles de hallar.


(Fotografías y texto de Jaime V.)

miércoles, 25 de mayo de 2016

La lluvia tardía

Si, ahora hace más frío que esta mañana, el cielo se ha cargado de nubes, no me extrañaría nada que el día terminara con lluvia.

-”Buenos tenga uste”-
-”Adiós”-


Aprieto el paso, son las tres y media de la tarde, tengo ganas de llegar a casa para contarle a Ruth, digo a Julia, como ha ido mi primer día de trabajo. No hay rastro de gente por la calle, solo me he cruzado con ese paisano al que no conozco; un saludo escueto y continuamos cada uno por una calle.

-”Ya no queda nadie más en la sala de espera, el Tío Leandro era el último”-
-”Por fin hemos terminado. Para ser mi primer día de consulta creo que no ha estado mal”-


La consulta terminó a eso de las dos y pico. El ultimo paciente, el tal Leandro, me ha logrado crispar, ha podido con mi educación y compostura frente a un enfermo; viéndole, escuchándole no sabia si dejar la mente en blanco o...el Tío Leandro con su sonrisa desdentada, ha entrado en mi consulta con un cigarrillo, tan apagado como sus entendederas, y no he podido dejar de llamarle la atención y más cuando he visto su informe médico, el tal Leandro ha guardado el cigarro en el bolsillo de su pantalón mientras intentada esgrimir unas excusas de niño chico pero no le ha quedado más remedio que guardar silencio al ser incapaz de rebatir mis argumentos. El susodicho individuo venia a renovar la medicación que toma como tratamiento de ¡¡ un EPOC, un EPOC!!...¡¡y se presenta ante mi con un cigarrillo en la boca un paciente con una patología pulmonar crónica!!...no me ha quedado más remedio que subir considerablemente el tono de voz y tratar de dejarle claras, de imponerle, unas medidas preventivas que espero cumpla de forma inmediata y a la perfección.

-”Si, para ser tu primer día...creo que les has dejado boquiabiertos”-
Ruth gesticuló con las manos mientras en su cara se dibujaba una mueca sarcástica.
-”¿Piensas lo contrario?”-
-”No, no...Don Enrique”-
-”¿Don Enrique?”-


Ruth aún conservaba esa fragancia de orquídeas. Huele a melaza de orquídeas, si es que ese olor existe.

Reconozco que desde el primer momento me ha impresionado su aspecto, su desparpajo, no puedo negar que más de una vez mis ojos han...desnudado sus piernas y... y puede que, inconscientemente, haya intentado pavonearme delante de ella pero también es cierto que , yo, soy el médico , soy su jefe y...y ya iremos poco a poco ganando confianza el uno con el otro.

-”Mañana será un nuevo día para ti y un viejo martes para mi, ahora tú eres la novedad en el pueblo y el pueblo es novedoso y extraño para ti. Ya me iras entendiendo y ya iras conociendo a tus pacientes, sus rarezas, sus intringulis, sus historias más allá de lo que es un protocolario informe médico. No te fíes de las apariencias, son gente humilde, buena, pero orgullosos de su tierra, de sus costumbres y de igual modo que les juzgas ellos lo harán contigo y aunque creas tener la sarten por el mango son ellos quienes tendrán la última palabra; aquí eres una autoridad pero hay más vida fuera del consultorio y de tu manual de infecciones en Atención Primaria ”-


Aguanté su mirada. No acabo de entender la verborrea de Ruth ni en ese momento ni ahora mientras regreso a casa, pero ella olía a orquídeas. Su olor si lo recuerdo.

-”Pues...no sé que, hoy , la mañana...la consulta, para ser el primer día...”-


La mirada de Ruth se detuvo en mis manos para perderse en mi cuaderno de notas, luego esbozó una sonrisa que me resulta triste y tuve la sensación de que eran más las cosas que Ruth desea decirme pero...

Yo también sonreí torpemente mientras me incorporaba apoyándome en el escritorio.

-”Te invito a tomar algo para celebrar...”-
-”Gracias Enrique, otro día, hoy tengo prisa, como con mis padres”-
-”Bien , como desees. Voy a recoger los informes de algunos de los pacientes que he atendido hoy, deseo sopesar un posible cambio tanto de la medicación en ellos prescrita como de las posibles pautas terapéuticas”-
-”Dirás hemos...hemos atendido hoy”-
-”Bueno, si...hemos atendido hoy”-
-”Hasta mañana, Enrique ”-
Ruth se agachó para recoger su bolso y se marchó sin más demora.

Sigo con la mirada a Ruth, su modo de andar es...seductor.

Me dejé caer de nuevo en el sillón, dejaré lo de los informes para mañana. Tanto la consulta como la sala de espera estaban vacías, en silencio; apoyé los brazos en la mesa y por primera vez en toda la mañana me sentí relajado. A mi alrededor, la consulta vacía resultaba fría, aseptica. Hay poco que ver en lo desde hoy es mi puesto de trabajo, la típica mesa escritorio metálica con cajones obstinados que se niegan a abrirse, un ordenador con un teclado mecánico que dista mucho de ser una maravilla de la técnica, una camilla donde realizar los reconocimientos, cinco sillas y una vitrina con material quirúrgico y medicamentos empezados. En la pared de la derecha hay un mueble típico de Ikea con estanterías donde aguardan varios archivadores en los que, supongo, estarán durmiendo tranquilamente los informes médicos de los pacientes que, de ahora en adelante, se sentaran frente a mi o en la sala de espera por necesidad , por curiosidad…o por que se yo.

Y poco más.

Creo que daré, si, creo que voy a dar un toque personal a la mesa, a la mesa y a mi consulta.

Salgo a la sala de espera; veinticinco sillas, una mesita con propaganda para dejar de fumar y unas pocas revistas que serian el orgullo de cualquier hemeroteca constituyen su estoico mobiliario. En las paredes varios póster de contenido médico se disponen estratégicamente a fin de ocultar manchas y desconchones. Al fondo se abre una puerta que da a la sala de curas, lugar donde habitualmente trabaja Ruth., a la derecha hay dos puertas más que corresponden a los baños.


Vuelvo a la consulta y recojo mi maletín, el portátil y mi abrigo, cierro la puerta , atravieso la sala de espera y cruzo el patio. Salgo a la calle, el día se ha estropeado considerablemente. Un perro se cruza en mi camino, no me gustan los perros, ni los perros ni los gatos, no me gustan los animales; a mi mujer, sin embargo, le encantan los gatos.

El frescor de la calle, me reconforta. Si, hoy he superado con nota mi primer día de consulta; hombre...las cosas como son , tener a Ruth a mi lado me ha permitido ir algo más rápido con los pacientes y me ha evitado perder tiempo con las renovaciones de medicamentos en receta electrónica. Además Ruth conoce todos los entresijos de la consulta, las manías de la gente, su historial médico sin recurrir a la base de datos del ordenador. Me ha venido bien tenerla a mi lado cuando ese tal Damián , desde su desdentada boca pretendía que le mandara algo para su hija que estaba trabajando en Cuenca o cuando la mujer oronda que entró a media mañana pretendía que le curara los golondrinos de tenia desde hacia meses...los golondrinos...¡¡ los golondrinos¡¡...menos mal que Ruth salió al quite y me aclaró lo que eran los golondrinos.

Tengo claro que para rebatirme un tratamiento hace falta algo más que un pueblerino que controle las cabañuelas y el calendario gregoriano, recuerdo a un tal Fulgencio que vino acompañado de su mujer, una señora más interesada en saber cosas de mi vida privada que de atender a mis explicaciones sobre su claro síndrome postflebitico, el paciente en cuestión pretendía que le recetara un medicamento que, a mi criterio, no era el más adecuado, cuando le hable las características del espectro antibacteriano de ciertas quinolonas no tuvo más remedio que rendirse a esa evidencia; ni él ni Ruth pestañearon mientras hablaba.

Desde su silla Ruth ha sido participe de mis actos, a veces asentía a veces escuchaba en silencio, pero creo que comprendido y valorado que, si bien el léxico de la gente de este pueblucho y sus rarezas sanitarias me son ajenas, mis conocimientos médicos bien pudieran haber resuelto cada situación. Pero la ayuda de Ruth, hoy, ha sido...

Entre paciente y paciente Ruth me hablaba de quien salia, de quien entraba, de sus antecedentes sanitarios, de sus...”particularidades”; casi parecía una periodista de la prensa rosa. La mañana se ha ido llenado de frases, de preguntas, que a veces me sacaban de mis casillas.

-”Me dejao un trozo de la caja en casa, pero las letras eran verdes”-
-”Si, solo como de la matanza y del corral, a mi lo que traen al mercao no me gusta, no me fio…es artificial, anda que donde estén los huevos de corral?”-
-”No…yo me tomo las pastillas toas juntas por la mañana y así no me se olvida ninguna”-
-”Tengo un dolor tal que así que me recorre y me baja ”-
-”¿Que le parece nuestro pueblo?”-
-“Es uste mu joven pa ser doctor”-
- “¿Son ustedes de por aquí cerca?”-


A eso de las doce me estorbaba la bata, tenía apalabradas tres docenas de huevos de corral de “dos yemas” y varios kilos de productos de huerta, mi despensa estaba llena para varios días y había respondido a un centenar de preguntas propias de las revistas del corazón y todas las dudas, controversias o aseveraciones se zanjaban con un sincero y elocuente ”la Ruth lo sabe”

… y era cierto Ruth lo sabía todo.

Se agradece llegar a casa, espero que Julia tenga la comida preparada, necesito soltar el maletín y el portátil, quitarme los zapatos, servirme un vaso de whisky y comprobar que ha hecho Julia en mi ausencia. Siempre he creído saber lo que era conveniente hacer en cada momento, en cada situación pero mi esposa es...Julia es, a veces, muy pusilánime e indecisa; hoy al menos tendremos algo de lo que hablar, algo que no sea su estúpida idea de montar un estudio de pintura en el segundo piso o de lo agobiada que esta por...por colgar sus cuadros o por los crujidos del maderamen de la casa o por...Julia es así.

Abro la puerta, seguro que si tuviéramos un gato vendría a recibirme antes que mi mujer, pero detesto los gatos, tanto, como los caprichos cursis de mi mujer.

-”Julia, Julia, ya he regresado “-
- …
-”¡¡ Julia!!”-
-...



Aún resuena la campanada del reloj del Ayuntamiento cuando Ruth sale del consultorio.

-”Las dos y media, que tarde es”-

Enciende un cigarro y aspira profundamente, sonríe recordando la mañana de trabajo, la espesa oratoria de Enrique, las caras consternadas de los pacientes ante las explicaciones ininteligibles del nuevo galeno.

-”Este Enrique no esta mal pero es un completo gilipollas”-

Adosado, más que apoyado, en puerta de la mercería de “Las Rubias” está el alguacil.

-”Buenos días Ruth”-
-”Buenos días”-
-”¿A casa ya?”-


Ruth contesta sin mucho entusiasmo.

-”Si , a casa , hoy hemos tenido una consulta muy...divertida”-
-”¿Ha pasao algo gracioso?”-
-”Si y no. Tengo prisa, ya hablaremos aunque , seguro, que te enteraras antes”-


Ruth reanuda su marcha sin escuchar la contestación del alguacil

-”Este Enrique es un completo gilipollas”- repite para si mientras acelera el paso.

La consulta ha durado más de lo habitual, estos meses pasados, con Jorge el médico que ha estado de sustituto hasta que se ha incorporado el “doctor charlitas”, las cosas han ido más rápidas y eso que Jorge tampoco era un lince pero ventilaba los trapos de la consulta en un abrir y cerrar de ojos; que el paciente se llevaba las manos al estómago...pues Omeprazol o Almax, que vomitaba o tenia nauseas...una cucharada de Motilium cada ocho horas, que el abuelo le contaba con ojos cansados que ahora que tenia cama no acertaba con el sueño...pues Lorazepam y del resto de la consulta ya se encargaba ella; que terminaban a eso de la una...pues al cuarto de curas y...ojo lo que se puede hacer en media hora sobre una camilla. No es que Jorge fuera un adonis ni tampoco un excepcional amante pero ni vivía aquí ni quería más nada que no fuera una lenta mamada , un cunnilingus que me llevaba a lo más alto en la escala Mercalii o una follada sin compromiso de comer con sus padres el domingo siguiente luego de ir a misa; Jorge tenía su novia en Madrid, Jorge tenía su vida en Madrid y yo tenia mi soledad y mi mundo en este pueblo.

Dos años atrás mi matrimonio había zozobrado. Casarse con un representante de una multinacional farmacéutica que venía por aquí una vez al mes fue un error, un error que pagué sabiendo de antemano que lo hacía. Mi matrimonio duró lo mismo que mi noviazgo y termino con un polvo inolvidable en un motel mientras mis padres y los ya ex-suegros discutían por la vajilla y los muebles del chalet que tenían alquilado para nosotros en la urbanización de Eurovillas.

En nuestro ¿domicilio conyugal? mi marido nunca llego a tener ni un cepillo de dientes ni más de un pantalón colgado en el armario mientras yo quemaba kilómetros entre idas y venidas a Cuenca donde tenía mi plaza de ats.


Recuerdo que me gustaban las veladas tranquilas, a él la noche y su vértigo, recuerdo ansiar las caricias robadas junto al fuego de la chimenea , a él le apasionaba la huella de otros labios en cualquier rincón que le tiñera la piel con el morbo y la adrenalina , recuerdo que hubiera querido tener un hogar , a él...con un un motel de carretera le bastaba, recuerdo que me gustaban las rosas y el jazz, a él la bisutería y los chats de citas, recuerdo que me encandilaba el tacto del satén mientras esperaba su llegada, al final sus excusas resultaban patéticas, le delataban sus pupilas dilatadas y la perforación del tabique nasal.

A los seis meses de casados éramos dos desconocidos con riesgo de hongos vaginales y ladillas.

Y justo en ese momento, justo cuando la huir era la única puerta abierta por donde entraba luz, justo entonces me concedieron el traslado a mi pueblo, aquí...a Fuentes viejas, para mi representaba una segunda oportunidad, para mi madre...ya era tarde.

Tras dos años y algo más de tres meses siendo la “capo mafiosa”, la dueña de mi vida y de la consulta, tras dos años años y algo más de tres meses haciendo y deshaciendo comentarios, infamias, verdades a medias , atrayendo miradas y desechando sabanas manchadas del semen de una noche...se va Jorge y aparece un creído con corbata y vademécum bajo el brazo; porque creído lo es y mucho, vamos que se considera el santo samtorum de la medicina urbana aplicada al medio rural, la panacea para todos los habitantes de la comarca.

Y...

-”Ruth , buenas”-
-”Hola tía Amparo”-


Con lo retrasada que voy y tengo que encontrarme con esta comadreja.

-”¿Que tal tu madre?”-
-”Igual, tía Amparo, gracias, solo fue una subida de tensión , ya está mejor”-
-”Que suerte tienen tus padres contigo,porque mi Carmelo, muy bueno pero muy corto”-
-”No se queje que su hijo es muy buena persona”-
-”Hoy tenía cita con el médico pero no ha ido, me ha dicho que había mucha gente en la consulta, seguro que se ha metido en el bar. Tenia que renovarme las pastillas del colesterol pero es tan cortico”-
-”Pida hora y mañana se las renuevo yo”-
-”Ahí hermosa , que haríamos sin ti , menos mal que estás tú en la consulta, veremos que tal se le da al médico nuevo; me han dicho que...”-
-”Tengo prisa, vaya usted o su hijo mañana pero pida cita y yo le arreglo lo de sus pastillas”-
-”Lo dicho, que haríamos sin ti, da recuerdos a tu madre...y a tu padre”-


Pero que hipócritas podemos ser los unos con los otros cuando nuestros recuerdos caminan en el taimado laberinto de calles de un pueblo como esté, ahora esta bruja me adula porque le renuevo, a esta y otras muchas víboras con mandil, sus recetas electrónicas; con todo lo que he tenido que escuchar de su boca ...y que su hijo es corto...y tanto, por algo les llaman de mote “los tonticos”.

En los pueblos podemos ser inmensamente buenos con la misma diligencia que infinitamente crueles.

Vamos y venimos como las golondrinas del poema que...

Sonrío al recordar la cara que ha puesto Enrique cuando Damian le ha pedido algo para los golondrinos de su mujer, un poco más y le receta alpiste. He tenido que explicarle a nuestro ilustre médico lo que son los “golondrinos” y la eficacia del uso combinado de un antibiótico por vía oral junto a una pomada de mupirocina; claro que con el bueno de Fulgencio, Enrique, se ha marcado un discurso fuera de todo entendimiento y necesidad, el pobre hombre se ha marchado cabizbajo y con la de duda de si ir a la farmacia o al notario y hacer testamento; pero cuando parecía que el listón de la estupidez estaba en su cota más alta mi compañero de consulta le ha montado una escena de drama victoriano a Leandro, esta vez Enrique ha confundido un trozo de paloduz con un cigarro, a poco más y cachea al anciano mientras le impartía una disertación sobre la urbanidad y moralidad castrense del enfermo de epoc.

He tenido que pellizcarme varias veces para ver si estaba o no durmiendo mientras aguantaba las ganas de ir al servicio a mearme de risa.

Este hombre , como continúe por este camino, será el hazmerreir de la comarca.

Claro que también le he puesto un puntito de morbo a la consulta cruzando las piernas y dejando que mi falda insinuara el contorno de mis piernas, igual cree Enrique que me he caído de un guindo y no se poner cardíaco a un cretino como él.

Por fin llego a casa, mi pobre madre esta barriendo la puerta de la calle.

-”Pero madre...¿no tiene otro momento para ponerte a barrer?”-
-”Como tardabas...tu padre ha comido y se ha bajado al hogar del jubilado...ya sabes”-


La mano de mi madre tiembla , tiembla y ese temblor hace que mi alma llore. Hundo mis manos en su pelo canoso, tan cansado como su espalda. Y abrazo, abrazo con fuerza su cuerpo enfermo. Mi madre suelta la escoba y me rodea con sus brazos. Su temblor llaga mi piel. Su temblor continuo, su mirada perdida, sus ausencias...¿por que ella tiene que pagar este precio?..¿por que?.

-”Ahora comemos juntas, tú y yo solas...¡¡pero que madre más guapa tengo¡¡”-
-”¿Que tal con el nuevo médico?”-
-”¿Con Enrique?-
-”¿Se llama así?”-
-”Pues la verdad...”-
-”¿Y tu padre?...¿habrá comido en la obra y por eso no viene?”-
-”No se preocupe por padre, vamos dentro, pongo la mesa y comemos juntas”-
-”Hoy lloverá, esta tarde, seguro...tengo que barrer la puerta”-
-”Luego barro yo, madre; vamos dentro, así cuando padre regrese de la obra comeremos los tres juntos”-
-”Mira que si llueve hoy, hoy que...”-
-...


Miro a otro lado, luego barreré la acera, luego secaré mis lagrimas, luego...cuando llueva; cuando el paloduz del Tío Leandro, cuando las estupideces de Enrique, cuando la pericia de la lengua de Jorge en mi sexo me hagan olvidar, bajo la lluvia tardía, todos los instantes amargos de mi puta vida.


(Fotografías y texto de Jaime V.)