jueves, 28 de enero de 2016

Calle abajo


Abro la puerta, la mañana es más fría de lo que era de esperar para estas fechas; la calle esta extrañamente silenciosa, al menos para mi, acostumbrado al ruido asfixiante y obstinado que a todas horas puebla las calles de Madrid.

No escucho voces, ni portazos, ni tráfico, ni el bullicioso discurrir de gente…nada, solo los ladridos de un perro y el sigiloso subir de alguna persiana que, seguro enmascara la mirada de la cotilla de turno, rompen la quietud que reina en el pueblo.

Todavía me parece oler el humo del camión de la mudanza, dentro de unos días Vasile y su cuadrilla regresaran para traer el resto de nuestras pertenencias aunque dudo que aún así la casa de Don Servando logre recuperar el ambiente hogareño que pudo tener años atrás, es demasiado grande para nosotros dos solos.

Solo nosotros dos…yo y Julia.

-“A la paz de Dios”-

Una voz aguardentosa interrumpe mis pensamientos.

Mi interlocutor, por su aspecto y vestimenta, bien pudiera ser un familiar no muy lejano del entrañable Azarías, el personaje de la novela de Miguel Delibes.

-“A los buenos días”-
repite poniendo más énfasis mientras detiene su caminar a mi altura a la vez que suelta una maltrecha carretilla donde transporta varias gavillas de sarmientos.

-“Pesa esta leña, leña seca para mi estufa ques más vieja que un servidor”-

No deseo enzarzarme en una conversación que retrase lo mas mínimo la tarea que me…que nos aguarda dentro de la casa, pero mi futura posición social en este pueblo obliga a ser educado y cortes. Siempre he pensado que el “compadreo” puede resultar un hándicap negativo que merme la autoridad y el respeto que deben imponer una distancia adecuada con los pacientes a fin de evitar erróneas confianzas.

-“Buenos días”- respondo lacónicamente.
-“¿Es uste nuevo por aquí?“-
-“Pues si, llegué hace...”-
-¿Va vivir uste en la casa de Don Servando?”-
-“Instalándome estoy, deseo cuanto antes…”-
-“Carajo, entonces igual es uste el nuevo medico”-
-“Si, ese soy, mi nombre es Don Enrique…”-
-“Pues yo me llamo Atanasio Piqueras pero aquí en el pueblo tos me llaman el Tío Tanas “-

Extiendo mi mano sin mucha convicción y mi interlocutor hace lo mismo. La deformación de las falanges de sus dedos y el color de la piel me hacen sospechar que sufre un cuadro típico de artritis.

-“Encantao de conocele aquí en la calle mejor quen su trabajo”-
-“Igualmente, discúlpeme si le dejo pero voy a continuar con la mudanza y…”-
-“Mira que bien saber que ya tenemos medico nuevo, en estos pueblos nunca se sabe cuando uno va a necesitar de sus servicios; desde que murió Don Servando no hemos tenio mucha suerte con los médicos quean venio, tos duraban to eso y na”-
-“El lunes próximo comenzaré a trabajar en el consultorio local y…”-
-”Aquí un servidor bien pudiera haber sido del gremio pero no heredé de mi abuela materna la gracia pa sanar la rabia. Mi abuela que Dios la tenga ande se merezca era la partera del pueblo y además sanaba la rabia y quitaba el mal de ojo pero ninguno de la familia hemos heredao la gracia pa hacer esas cosas”-
- “Por suerte ahora contamos, incluso en el medio rural, con...”-
-”Yo, palabra del Tío Tanas, toas las mañanas me desayuno con dos copas de aguardiente que men tonan y me sirven de purgante, debería probar uste”-

Para combatir el frío de la mañana , además de un par de copas de aguardiente , mi envejecido y leñoso interlocutor vestía una pelliza desgastada al menos dos tallas mayor de lo necesario; de la pelliza colgaban…si , parecían colgar, dos perneras de pana salpicadas por un rosario de manchas de formas y colores variados .

-“¿Le gustan los tomates y las lechugas?”-
-“Si, pero no tiene que…”-
-“En mi huerto tengo las mejores lechugas y tomates de tos los alrededores, ya le trairé unos pocos pa que los cate”-
-“Insisto en que no debe molestarse y ahora…”-
-“Ande, sino es molestia, quite, quite”-


Estaba visto que seria difícil terminar la conversación con Atanasio que en vez de Tío Tanas debería apodarse el Tío Tijeras por las veces que corta mis respuestas.

-¿Es uste casao?”-
-“Si”-
-“Pos ya verá como a su mujer le gustan mis tomates, esta tarde mismo le traigo una cesta llena; en antes que echáselos a los guarros mejor se los traigo a ustedes que ya verán que buenos son”-
-“¿A los guarros?”-
-“Si, hombre, si; a los cerdos que tengo en el corral de mi casa”-
-“De nuevo gracias por su atención y, en nombre mío y de mi mujer, le agradezco su deferencia pero no quiero que deje a sus…guarros…sin un manjar como sus tomates”-
-“De na, doctor, de na…”-
-“La conversación me es muy grata pero siento tener que dejarle, Atanasio, he de ayudar a mi esposa con las tareas de la mudanza”-
-“Si necesitan ayuda no tien na más que decilo y me vengo un rato con la carretilla y…”-
-“Gracias, muchas gracias pero hoy mismo vendrán nuestras respectivas familias por lo que seremos bastantes, gracias de nuevo Atanasio”-
-“Que tenga buen día, doctor”-

Y sin más el Tío Tanas y su carretilla reanudan su marcha, calle abajo, no sin antes golpear el bordillo de la acera.

La puerta de la casa de Don Servando , de mi casa, continuaba entreabierta dejando ver la fila de cajas apiladas a lo largo del pasillo; nos queda , mucho…muchísimo por hacer pero tenemos por delante todo el fin de semana. No teníamos otra cosa mejor que hacer.

-”¡Julia, Julia ¡”- grito mientras tropiezo con las cajas marcadas como “sabanas y mantas”

La voz de Julia llega desde el comedor.

-“¿Dime Enrique, que deseas?”-
-“Me tomaría un café cargado antes de empezar a desembalar las cosas más precisas”-
-“No se donde puede estar la cafetera, puede que en alguna de las cajas que hay en el pasillo”-
-“Te dije que marcaras las cajas donde guardamos aquellos enseres de uso inmediato”·-
-“Lo siento, cariño, lo olvidé”-

Julia, sin moverse del comedor, trataba de recordar en que caja pudiera estar guardada la cafetera y el juego de café regalo de su madre.

-“Si por cada lo siento que te he escuchado me hubieran dado un euro a estas alturas no tendría que volver a trabajar”-


Julia cierra los ojos agobiada.

-“De verdad que…lo siento, Enrique, intentaré encontrar la cafetera”-
-“Ya, ya lo se…lo sientes, todo lo sientes, todo se soluciona con un lo siento; tienes un lo siento para cada cosa que se cae al suelo, para cada situación que deseas eludir o te desborda, para tu apatía, para tu infertilidad, para todo tienes un lo siento que encaja en tu mundo pero que derrota al mío”-


La voz de Enrique resulta ácida, densa. Julia guarda silencio, su mirada desearía perderse en el espejo del viejo aparador de madera que estorba, más que decora, el recibidor. El tono de las palabras de Enrique acentuaba el abatimiento de su rostro.

-“No tengo ganas de empezar la mañana de igual modo que terminamos la noche, con una discusión ante tu incapacidad manifiesta para hacer algo; tú y tus silencios sois el pan nuestro de cada día y parece ser que en este pueblo las cosas no prometen cambiar. Me marcho, tomaré un café en el bar de Fabián; al menos ahí, su dueño, sabe donde está la cafetera ”-

El portazo retumba en una calle vacía. Al otro lado de la puerta, Julia se siente perdida en una casa que parece tener arenas movedizas en el suelo.

Calle abajo, el pueblo comienza a despertarse de esa “pegajosa” sensación de tranquilidad, de paz.

Embutida en una horrenda bata de “mercadillo” una vecina barre con parsimonia la puerta de su casa. Un tractor con su remolque me adelanta calle abajo mientras un anciano enciende un pitillo junto a una destartalada puerta sobre la que cuelga... no, mejor dicho, se descuelga un cartel donde reza “Carneceria El Chato”. En el jardín de la casa que hace esquina un gato negro me observa receloso.


Calle abajo llego a la plaza del que será mi nuevo lugar de trabajo y mi nuevo hogar.

-“Calle abajo”- pienso irónicamente.

Hace tiempo, incluso antes de llegar a este villorrio de mala muerte, que mi vida ya caminaba calle abajo sin saber muy bien donde estaban aquellos sueños que no precisaban de un café para despejar la incertidumbre de mi futuro…de ¿nuestro futuro?...que languidece calle abajo.

(Fotografías y texto de Jaime V.)

sábado, 16 de enero de 2016

Queridos padres


-“Deberíamos ir”-
-“Ve tú”-
-“Diego, sabes que deberíamos ir los dos”-
insistió Elena.

Diego pasó bruscamente la hoja del periódico, era su manera de intentar dejar atrás aquellas situaciones que le incomodaban. Sentada al otro lado de la mesa Elena buscaba una respuesta afirmativa en una cara que no veía pero que adivinaba con un rictus de enojo. El desayuno se enfriaba entre ambos, la temperatura del café se había contagiado del tono de la conversación. A través de la terraza la luz parecía querer llenar, sin éxito, un salón cada vez más grande, cada vez más vació, donde las palabras apenas flotaban como motas de polvo.

Diego hablaba tras un periódico eternamente desplegado que hacia las veces de biombo impidiendo atisbar nada de él, solo su voz, su monótona y distante voz era la eterna compañía en las comidas, cada vez en más ocasiones.

-“Ve tú”-
repitió con desgana.
-“Es nuestro hijo”- insistió Elena
-“Di mejor que es solo tuyo, siempre lo fue, siempre fue tu posesión más querida y mimada, así te ha salido”- afirmó Diego de manera tajante.

Otra pagina quedó atrás mientras Elena continuaba hablando. El periódico resultaba una buena manera de aislarse del resto del resto de la familia… ¿del resto?...ahora solo quedaban él y su mujer; hacía tiempo, hacía mucho tiempo que entre ambos no había más que un periódico abierto.

-“Llama a Dominik y que te lleve a ese pueblo si tantas ganas tienes de ver a tu hijo”-
-“Parece mentira que me hables así,de sobra sabes que hoy domingo es el día libre del chófer, el bueno de Dominik estará con su familia, además tu hijo no me perdonaría que llegara a ese pueblo en el Mercedes con Dominik al volante, deberías saber como es tu hijo”-

-“No, nunca he sabido como era, como es tu hijo, para el solo he sido la cartera generosamente abierta, la mano que pagaba…¡¡si ¡¡…esa mano que tu hijo considero siempre maldita para estrechar como padre pero no como su banquero particular”-
-“Diego, me duele oírte decir esas palabras, sabes que Enrique no es así…”-


El tono de su voz, cuando se refería a Enrique, se tornaba siempre más hosco incluso casi despreciativo, hacia tiempo que Enrique era “algo”que nunca respondería a sus expectativas, algo que de nada le servia.

Su hijo constituía su mayor fracaso, puede que su único fracaso; si , su único fracaso. Los negocios le sonreían, su clínica privada había crecido poco a poco sobre unos cimientos sólidos, seguros, nunca se sintió amenazado por la palabra crisis. Si de algo podía presumir era de su “mano izquierda” tanto a la hora de tratar con los empleados como a la hora de alternar con sus ”iguales”, tenia don de gentes, sabia “estar” siempre a la altura requerida.

Ahora estaba fraguando, junto a su consuegro y un par más de socios, una operación inmobiliaria que le permitiría obtener grandes beneficios tanto económicos como sociales, incluso no descartaba a medio o largo plazo algún “devaneo político”.

En el complejo mundo de la construcción el nombre de Antonio Losada, su consuegro, era un aval y él deseaba formar parte de ese mundillo, por ahora solo como socio minoritario dentro de una maquinaria que se podía engrasar de muy diferentes formas.
Llegado el momento él sabría como hacerlo, claro que sabría, era un buen pescador en todo tipo de aguas.

El futuro prometía ser excelente pero mientras que su mundo empresarial era una maquinaria “de precisión relojera” su familia solo le traía quebraderos de cabeza.

Elena aun conservaba algunos rasgos de su origen humilde, rasgos que no le agradaban; ella nunca supo adaptarse a este nuevo modo de vivir; no, no sabia “comportarse” en determinadas situaciones y su hijo, su heredero, le había salido un idealista, un mequetrefe soñador.

¡¡ Otro imbécil más ¡¡

Desde el principio se noto en demasía la mano consentidora de la madre, tanto mimo, tanto…¡¡vamos¡¡... que solo faltaba que le hubiera salido maricón.

Diego arrojo el periódico sobre la mesa, empezaba a estar harto de esta eterna discusión repetida una y otra vez; desde que Enrique decidió abandonar su...la clínica esta conversación se había enquistado en todas las comidas. La verdad es que hacia ya tiempo que solo cruzaba con su hijo algunas palabras y siempre, siempre, para terminar discutiendo. Su relación se agrió más tras la boda de Enrique con esa...con esa...que lo único que tenía bueno era el culo y las tetas.

Aún después de su marcha a “Fuentesdenosedonde” la figura de su hijo continuaba sembrando la discordia en su ya de por si maltrecho matrimonio.

-“Empiezo a estar harto de tanto tu hijo por aquí tu hijo por allá, de ese aprendiz de rebelde a costa de mi trabajo…que poca memoria tenéis ambos”- la voz de Diego parecía querer desbordar el salón -“¿Acaso se quejó tu hijo cuando le pagué sus estudios de Medicina en la mejor universidad privada de este país?...no, ¡¡verdad que no¡¡”-

Las manos de Diego se crispaban sobre la mesa. Elena cerraba los ojos intentando contener las lágrimas que amenazaban con brotar.

-“¿Acaso se quejó tu hijo cuando le pague el viaje a Estados Unidos para hacer no se que maldito curso?... ¿Acaso se quejó cuando hable con mi amigo Beltrán para que le hiciera un hueco en su consulta para que diera sus primeros pasos como médico “lejos” de mi forma de trabajar?”-.

Diego sabia que con sus palabras Elena sufría, pero era su manera de vengarse, de descargar sobre su mujer la frustración que Enrique le había acarreado año tras año.

-¡¡ No y mil veces no¡¡…mientras que todo le sonreía tu hijo, si… TU HIJO,
no se quejaba de nada, claro que tampoco tenia el detalle de dar las gracias…¡¡ no ¡¡…todo en mi eran obligaciones de padre mientras que las suyas, las de hijo, parecían ser única y exclusivamente tocarme los cojones hoy si y mañana también”-

Elena no pudo más.

-“¡¡Basta Diego, por favor¡¡…ya basta”- suplicó -“Estas hablando de nuestro hijo, sino le ayudas a él… ¿A quien vas a ayudar entonces?”-

Un tenue carraspeo hizo que ambos interrumpieran la discusión.

-“Perdonen los señores… ¿puedo retirar el desayuno?”-
-“Si, Natalia por favor…el señor ya termino y yo no tengo apetito”-


Con una leve inclinación de cabeza la criada abandono el salón con los restos del desayuno. Después de un par de años en el servicio Natalia todavía conservaba su acento polaco, ella era el mudo testigo de las discusiones que con demasiada frecuencia rompían el silencio habitual de la casa.

Diego resopló tratando de tranquilizarse.

-“Mira, haz lo que quieras, si quieres llamar a Dominik hay esta el teléfono; vas, estas con tu hijo y así te quedas a gusto y a mi me dejas en paz”-
-“Y así podrás marcharte a una de esas reuniones de trabajo que tienes ahora todos los domingos… ¿no?”-


La voz de Elena denotaba amargura, derrota, cansancio…soledad, sus hijos eran todo lo que daba sentido a su vida desde hacia mucho tiempo…demasiado tiempo. Cuantas tardes sentada en la terraza soñaba la vida que hubiera deseado tener al lado de su marido.

Se conocieron muy jóvenes, el era un prometedor estudiante de Medicina y ella empezaba sus estudios de Magisterio, estudios que nunca termino; en aquellos años la vida de una mujer nada tenia que ver con lo que es ahora. Entonces los ojos de Diego brillaban de una forma especial explicando sus proyectos de futuro para ambos mientras compartían un cucurucho de pipas tostadas por el Retiro intentando encontrar un rincón lejos de las miradas inquisitorias de los guardas donde poder besarse.

Cuando Diego terminó la carrera se casaron y después…después todo fue muy rápido,
demasiado rápido para su gusto, para aquellos sueños tejidos sobre la sal de las pipas que al final, como su vida, sabían a rancio.

Diego trabajaba…trabajaba…y trabajaba…llegaba a casa y con la misma rapidez volvía a marcharse, cuando Elena le dijo que estaba embarazada Diego aún intento trabajar más…todo era poco para ella y su futuro hijo…pero mientras que él triunfaba y se hacia un nombre en el ambiente médico ella perdía lentamente a su marido…cada vez había más sal en sus ojos y menos sueños en aquel cucurucho de papel.

Nació Enrique…si, un hijo para ella… pero nunca para Diego que trato de ver en él a un futuro heredero más que a un hijo. Dos años después nació Patricia y...

La voz de Diego mascullando una excusa arrancó a Elena de sus recuerdos.

-“He de irme, tenemos que ver unos terrenos en la zona de Parque Coimbra, he quedado para dentro de hora y media con Antonio y con Garrido.”-
-“Ya…claro… Garrido y nuestro consuegro”-
repitió con desanimo Elena.
-“Si, con ambos, están muy interesados en que forme parte de su proyecto inmobiliario, tu yerno será uno de los arquitectos responsables de...del centro comercial y...”-
-“Claro…los negocios...el proyecto del centro comercial…tu consuegro…eso es lo más importante para ti, lo demás es…pero… ¿no hay nada más para ti?”-

Elena no esperaba ninguna contestación de Diego, estas conversaciones solían terminar como hoy en una vía muerta mientras que su marido, ajeno, elegía una corbata y unos gemelos que hicieran juego con la camisa.

Fuera la ciudad se extendía en un intrincado laberinto de tejados, antenas y edificios que le robaba el aire y la esperanza…cuantos días se preguntaba donde se escondería de tantas prisas y ruidos aquel Retiro en el que dos jóvenes buscaban un lugar escondido de las indiscretas miradas donde poder compartir sueños y caricias. Hacia demasiado tiempo que en su dormitorio había dos camas, demasiado tiempo que se desnudaban dándose la espalda, demasiado tiempo que solo compartían el mantel de una mesa cada vez más larga…demasiado tiempo que todo hacia ya demasiado.

Solo Enrique y Patricia llenaban su vida…ahora.

Ella siempre había apoyado los sueños de sus hijos aun sabiendo lo que su marcha significaría.

-“Se hace tarde, he de irme, no me esperes a comer, estas reuniones nunca se sabe cuando y donde terminaran…lo más probable es que comamos por Navalcarnero”-
-“Llévame contigo, no me dejes hoy sola”-
rogó Elena sabiendo ya de antemano la contestación.
-“Te aburrirías, en estas reuniones se habla del precio del suelo, de índices sectoriales, de ofertas de mercado, rentabilidad…para terminar, siempre, discutiendo de fútbol con el forofo de tu consuegro. Te aburrirías”-

Diego intento en vano acariciar el rostro de su mujer…pero no llegó…había perdido la noción de la distancia que separa el cariño del tacto protocolario.

Ya en el ascensor desde uno de sus muchos móviles “inexistentes” llamo a Sara, su secretaria, había quedado con Garrido y Losada, pero primero se pasarían por las oficinas que su clínica tenía en la Calle Islas Filipinas para revisar con Sara un “dossier”…si …eso …un “dossier”…uno como mucho , a sus años tampoco se podía abusar de los “dossieres” y eso que tomaba, a escondidas, Sildenafilo para dar “la talla” en las reuniones dominicales y es que los “dossieres” con Sara merecían el esfuerzo.

Elena encendió la televisión, más por no sentirse sola que por el programa en si. Se incorporó. No iba a llorar...hoy no…hoy pasaría el resto del día ordenando, una vez más, las habitación de sus hijos y esperaría una llamada de teléfono que no llegaría…en eso padre e hijo eran igual de testarudos. Igual Patricia se acercaba un rato como otros domingos y tomaban un café, padre e hija eran igual de inquietos llegado los domingos.

-“Patricia había tenido mucha suerte al casarse con Raúl”- se dijo a si misma mientras ahuecaba los cojines del sofá-” Trabajador, formal, casero...nada que ver con la cabra loca de mi hija”

Estaba sola…no, hoy no…hoy los recuerdos estaban más vivos que otras tardes de domingo, tan intensos , tan reales como aquella tarde en la que Enrique, su hijo, montado en el triciclo corría por el pasillo arañando el paqueé mientras imitaba con su boca el ruido de una moto.

-“¡¡ Burrum, Burrum ¡¡-
-“Enrique cuidado con la mesita del teléfono…¡¡ cuidado¡¡-
-“Mama, de mayor seré medico motorista y curaré a la gente que se ponga mala en la carretera”-


El triciclo impactó con la mesa del teléfono y la foto de la abuela casi cayó al suelo.

-“¡¡ Enrique ve despacio ¡¡”-
-¡¡ Piiiiiiiii ¡¡…¡¡ Burrum ¡¡-


Miró con nostalgia…el pasillo estaba vació…como el resto de la casa…como el resto de su vida, la foto de la abuela continuaba al amparo del teléfono, muy tranquila desde que el triciclo descansaba en el trastero del garaje.

No…no estaba llorando, es que algo le había entrado en el ojo…para salir por el alma.


(Fotografías y texto de Jaime V.)