martes, 15 de marzo de 2016

Lunes lunillos y Ruth

-”Buenos días Don Enrique”-
-”Buenos días, Fabián”- contesto y sin esperar a que Fabián responda continuo mi camino.
-”Buenos días nos de Dios”-
-”Buenos días”- respondo escuetamente.

Acelero el paso. Ya he saludado a suficientes vecinos en lo que va de mañana, vecinos que parecían estar congregados en la salida de la consulta sin otra cosa mejor que hacer.

-”Los lunes al sol”- sonrio irónicamente al recordar la película.

Hoy lunes, ha sido mi primer día de trabajo en este villorrio. Ha sido...mi primer día como médico en...acelero el paso calle arriba.


Recuerdo que hubo un momento, solo un momento, que mi mente se quedó en blanco, todo me era ajeno, todo ; era como estar dentro del traje de otro y notar que no es tu talla, que todo te queda grande, que te sales por el cuello de la camisa y las mangas de la chaqueta te impiden encontrar los dedos, fue al principio, antes de hacer pasar al primer paciente o puede que fuera a mitad de la consulta, no recuerdo bien.

Sentada a mi izquierda Ruth, mi ats, se percató de mis nervios, la presencia de Ruth me insufló confianza y serenidad.

-“¿Quieres que me quede contigo al menos hasta que vayas conociendo a la gente?”- la seguridad de Ruth en mi inseguridad me ha hecho sentirme más pequeño- “Hoy, lunes, lunillos es tu primer día de consulta y...”-
-“Como quieras, pero nunca me gustaron las bicis con ruedecillas”-


Que imbécil fui al vomitar esa absurda frase cargada de sudor frió y adrenalina. Ruth me miró. Si, no hay duda , estoy seguro que pensó que era un imbécil y no iba descaminada.

Olí su perfume, era agradable. Ruth olía a orquídeas. Reparé en sus piernas felinas, alargadas. Ella se dio cuenta. Sonrió y cruzó sus piernas. Carraspeé nervioso, seguro que Ruth pensó una vez más que era un imbécil.

Tragué saliva.

Por un instante me pregunté donde se había quedado ese Enrique que se comía el mundo, puede que en casa de Don Servando o en Madrid o...no, no era el momento para tener dudas sobre mis decisiones médicas, no es algo propio de mi.

Anoche dormí de un tirón, Julia tardó algo más en acostarse.

-”Te he planchado la camisa blanca de Massimo Dutti para que vayas muy elegante a la consulta y sobre la cómoda, en una bolsa del Corte Ingles , te he guardado una bata nueva”-
-”No creo que en este pueblo sepan apreciar la calidad de mi camisa o de la bata, como mucho distinguirán el color y si esta bien o mal planchada”-

Apuro el café y beso a Julia en la frente, ella aún no ha terminado de desayunar pero he de irme. Recojo mi maletín, el portátil y la bolsa del Corte Ingles que aguarda sobre la cómoda.

-”Que tengas un buen día”-
-”Tú también”-


Salgo a la calle, la mañana conserva jirones de niebla en los cerros que, por el norte, parecen cobijar al pueblo. No estorba el abrigo.

-”Buenos días tenga uste, Don Enrique”-
-”Buenos días”-


Me saludan y respondo cortésmente, la gente me reconoce, no dudo de la eficaz labor informativa del boca a boca en estos puebluchos.

-”Buenos días”-

Respondo con una inclinación de cabeza y continuo apresuradamente mi camino.

Gracias al servicial alguacil se que el consultorio está justo en el cruce entre la calle Mayor y la calle del Pósito frente a un pequeño parque con columpios y pared con pared con la mercería de “Las Rubias”.

-”Nada como el Gooble-tirillas”-


Deseo ver el consultorio local antes de empezar mi jornada de trabajo; no creo que la consulta me depare ningún caso digno de ser publicado en una revista médica pero , al menos, tendré algo que contar a mi mujer.

Apenas tardo, entre molestos saludos, quince minutos en encontrar el consultorio. Son las ocho de la mañana, hasta las nueve y media que empieza la consulta tendré tiempo más que de sobra de familiarizarme con mi lugar de trabajo.

El edificio de aspecto señorial tiene dos plantas, en la planta inferior se encuentra ubicado el consultorio local.

La fachada encalada disimula más mal que bien la edad del edificio, en ella destaca el pórtico con jambas y el dintel de piedra tallada. Sobre el dintel descansa un deteriorado escudo de armas que apenas permite adivinar algún que otro detalle heráldico. La puerta de entrada al edificio es de recia madera tan anciana como la piedra del escudo. A cada lado de la puerta hay cuatro ventanas, dos por cada piso, protegidas por unas rejas de forja. Un desequilibrado escalón permiten el paso a un pequeño zaguán en cuyas paredes hay unos paneles con información de todo tipo, desde el horario de la consulta a un par de bandos municipales pasando por un chirriante “se bende leña de encina a buen precio”

-”Buenos días nos de Dios”-
-”Buenos días”-
contesto a ...no se quien es y entro en la casona.

El zaguán da paso a un patio porticado de forma rectangular de aproximadamente cuarenta metros cuadrados de su superficie cuyo suelo se disputan amigablemente el cemento y los guijarros. Ocho columnas con zapatas sustentan la planta superior.


En la pared izquierda hay una puerta acristalada cuya estética choca con la arquitectura del patio, tres puertas más se abren al patio, dos en la pared de enfrente y una última puerta en la pared derecha; a derecha nace un tiro de escaleras que asciende, supongo, hasta la segunda planta.

A ambos lados de la puerta acristalada hay una placa metálica donde, con letras negras, se lee claramente “consultorio médico local”.

Apoyada en el umbral de la puerta acristalada como si aguardara a alguien está...

Su cara, su físico...con algún kilo de más, me recuerda a Taylor Schilling, una de las actrices protagonistas de la serie “Orange is the new black”.

Desde luego lo ultimo que esperaba encontrarme en un pueblucho como este es a...a...

-”¿Tú eres el nuevo médico?”-

-”Si”- respondo sorprendido -”¿Como lo has adivinado?”-

En sus labios suaves, sin carmín , se dibuja una tenue sonrisa cargada de ironía.

-”La bolsa debe estar rota y tu bata blanca cuelga, además eres la única cara nueva que seguro veré hoy lunes”-

Viste un maxijersey de color blanco roto , corto, muy por encima de la rodilla y unas botas de tacón de color camel, junto a su bota derecha descansa una mochila de tela también de color camel. Su pelo rubio , largo, ni muy liso ni muy rizado descansa sobre sus hombros.

Frunce el ceño ligeramente. Sus ojos son...se podría nadar en sus ojos.

-”¿Eres Enrique si o no?”-

-”Si , soy el nuevo médico”- sin dejar de mirar a mi interlocutora intento , torpemente, guardar mi bata- “¿Y tú, eres?”-
-”Me llamo Ruth , soy tu ats”-

Me aproximo a Ruth. Acerco mi cara a la suya y nos damos un protocolario beso. Su cuello huele a Carolina Herrera. Me gusta ese olor.

-”¿Que haces aquí tan temprano, hasta las nueve y media no empieza la consulta?-
-”Deseaba ver el consultorio, tomar contacto con...”-
-”No tengas prisa, te cansaras de ver el consultorio, te aburrirás de ver las mismas caras, te saciaras de este pueblo”-

-”Pues vaya ánimos que me das. Estoy aquí debido a un error en los baremos de puntuación y pienso reclamar para que...”-
-”No, no me entiendas mal, no pretendo desanimarte. Es lunes y los lunes se me indigestan”-

Pues si, si que me voy a divertir con Ruth.

-”Este es mi pueblo, aquí nací, aquí me crié y de aquí salí para cursar mis estudios de enfermería en Cuenca y aquí regresé hace ya dos años tres meses y doce días y aquí continuaré hasta...”-

Noto en su voz un extraña mezcla entre amargura y conformismo; abro la boca para intentar contestar pero Ruth da la vuelta y cambia bruscamente de conversación. Su mirada parece perderse. Sonríe sin ganas.

-”Ven, te haré una visita guiada por tus dominios; desde hoy lunes serás Don Enrique , el médico de Fuentes viejas de Almenara y yo seguiré siendo Ruth, la hija de Crisantos y Natalia, tu enfermera”-

Sigo sus pasos. No puedo evitar mirar , por un momento, su culo redondeado.

Entramos en una espaciosa habitación que, por su mobiliario, queda claro que es la sala de espera.

Veinticinco sillas, un par de mesitas con propaganda para dejar de fumar y unas cuantas revistas que serian el orgullo de cualquier hemeroteca y varios póster de carácter médico son su estoico mobiliario.

-”Esta es la sala de espera. Los lunes y los jueves son habitualmente los días de más jaleo; en verano puede llegar a doblarse la población , mucha gente de Madrid y Valencia, hijos del pueblo que emigraron y regresan en vacaciones”-
-”Como en todos los pueblos”-


Ruth tiene una elegancia... natural.

-”¿Es tu primera vez?”-
-”¿Como?”-


Sonríe al ver mi expresión de perplejidad.

-”Perdona, me expresé mal, quiero decir que si es la primera vez que trabajas en el medio rural”-
-”Si , es la primera vez ; hasta ahora había trabajado en urgencias, en consultas privadas , haciendo sustituciones y siempre en ciudades”-
respiro hondo y elevo el tono de mi voz en un...¿intento?...de impresionar a Ruth -” Tengo claro que mi forma de trabajar no debe someterse, condicionarse, al entorno; una gripe es una gripe aquí y en Barcelona por lo que
tanto los protocolos médicos como el modus operandi de mi labor profesional será...”-

-”Será un fracaso si partes de esas premisas, el medio rural es muy distinto a la ciudad, tan agradecido en ocasiones como cruelmente distinto en otros momentos. Si no te adaptas a sus mecanismos terminaras quemado y aislado”-
-”¿Tú crees?...yo pienso que no”-


Ruth me mira fijamente a los ojos. Trago saliva , la sala de espera está inmensamente vacía. A través de las dos ventanas que dan a la calle del Pósito llega el ruido de unas voces femeninas mezclándose con el incómodo silencio que ha seguido a mis palabras.

-”Será divertido verte aplicar tu modus operandi cuando el Tío Sebas te diga que ha sufrido un tabardillo al salir del hogar del pensionista o cuando Fulgencia te pida una receta para su andancio o tengas que atender a un vecino un domingo a las siete de la tarde, será divertido ver como los síntomas de la gripe no son los mismos aquí que en Barcelona y sino lo entiendes será triste ver como te quedas solo en esta sala de espera”-
-”Creo que exageras”-
-”¿Tengo pinta de ser nueva por aquí, crees que exagero?...ojala, por tu bien, me equivoque pero...”-


Tengo la impresión de que ni Ruth ni mi entorno más próximo, ni tan siquiera la poca gente que conozco en este villorrio, confía en mi capacidad para gestionar esta famélica consulta. Me molesta que se dude de mi capacidad como médico sin ni tan siquiera tener la oportunidad de demostrar a los demás que están equivocados, muy equivocados.

Ruth se gira , sus pasos se encaminan hacia la puerta blanca del fondo. No puedo evitar mirar...mirarla.

-”Don Enrique...”- su mano acaricia el pomo de la puerta -”Bienvenido a su consultorio en Fuentes viejas de Almenara”-

(Fotografías y texto de Jaime V.)