lunes, 29 de agosto de 2016

Lagrimas en la lluvia


El calor matinal presagia que la tormenta no se hará esperar.

-“Que bochorno hace”- respiro hondo -
-“Llegaremos con la misa empezada”-masculla Enrique apretando, mi mano, y nuestro paso.
-“No creo que el cura empiece la misa hasta que estemos los de siempre”-

Enrique tira de mi mano bruscamente sin contestarme. La pendiente de la calle no ayuda a que mis sandalias, con diez centímetros de tacón, me permitan mantener el paso de mi marido pero Enrique no aminora sus zancadas. Me siento a merced de...demasiadas veces me siento a merced de sus silencios .

-“Llegaremos con la misa empezada, has tardado mucho en vestirte, si se puede llamar vestido a lo que te has puesto”- la voz de mi marido esta cargada de ironía.
-“Pues que yo sepa no voy desnuda aunque dudo que eso te motivara”-

Trato de marcar una pausa de supuesto enojo entre palabra y palabra pero lo único que logro es que Enrique acelere el paso. Creo que no me ha escuchado.

Rebuscando en el armario he encontrado un vestido de lino blanco y crochet con volantes en el escote y forro “marital” que estrené la última vez que comimos en Madrid con mi familia política. A mi marido no le gusta mucho este vestido por el escote en “uve” que según el deja poco para la imaginación, cosa que no es del todo ni cierto ni incierto por lo que para evitar rictus agrios he ocultado mi escote bajo un collar de bolas de madera muy “hippy” que compré hace años en el Rastro madrileño.

En nuestro apresurado “descenso” hacia la Iglesia nos cruzamos con un matrimonio que no llevan tanta prisa. Saludo con un protocolario y raudo buenos días, Enrique resopla. Los ojos del buen señor se pasean por mis pechos. Lo noto. Bajo la mirada, mi collar traquetea sobre mi escote y , no se porque, mis pechos me recuerdan al melocotón en almíbar. Tanto pavo y piña en las cenas para perder algo de cintura me debe estar afectando.

Sonrío imaginando lo que Enrique pensaría de mi si lograra atisbar mis pensamiento. Si,
sonrío tristemente. Iba a decir algo a mi marido pero un nuevo tirón de su mano me indica que “llegaremos con la misa empezada”

-“Date prisa, nos queda atravesar la Plaza del mercadillo y por la calle de la Tercia, llegar a la Plaza de la Constitución”-

La Calle de la Tercia es una de las pocas calles que aun están empedradas algo que mis tacones seguro no agradecerán.

En Plaza de la Constitución se levantan, frente a frente, el Ayuntamiento y la Iglesia como si se vigilaran mutuamente.

Por lo que me ha contado el alguacil el edificio del Ayuntamiento esta pendiente, desde hace años, de una remodelación de la fachada cuyo aspecto es precario pero problemas presupuestarios mantienen la obra en la “sala de espera”.

La Iglesia Parroquial dedicada a Nuestra Señora del Camino, patrona del pueblo, data del siglo XVII y esta construida en mampostería, ladrillo y sillares en las esquinas. La entrada, en forma de arco, se apoya en dos recias columnas de piedra cantera y esta cubierta por un soportal que con la misma diligencia resguarda de las inclemencias del tiempo o sirve como lugar de tertulia a los jubilados. Una torre campanario parece escoltar la entrada de la iglesia y como toda torre de iglesia que se precie esta rematada por un gran nido de cigüeña.

El templo tiene una única nave con un coro artesanal a los pies y dos pequeñas capillas en los contrafuertes, bajo el coro se encuentra la pila bautismal de piedra adornada con vistosos relieves. El altar, separado del resto de la nave por un arco apuntado, esta decorado con un retablo de madera policromada y estofada dividido en tres cuerpos; en el cuerpo central se encuentra la talla de Nuestra Señora del Camino. El techo es de viguería y la luz del sol se filtra como pidiendo permiso a través de una serie de ventanas de iluminación que flanquean la nave principal.

Desde la primera vez que asistí a una misa oficiada por Don Cayetano tengo la sensación que el párroco “pasa lista” los domingo y cuando estamos los “fijos” comienza los oficios. Casi todos los domingos solemos acudir a los oficios los mismos feligreses con la mismas caras, con los mismos saludos pero con distintos trajes, que hay que lucir apariencia y caché.

La puerta de la Iglesia cede ante el empellón que mi marido propina a su desvencijada madera. La mirada de Don Cayetano parece recriminarnos que llegamos con más de cinco minutos de retraso ,Enrique me arrastra hasta nuestro sitio de todos los días. En Fuentesviejas , la misa dominical, es de sesión numerada.

Ya voy conociendo a los asiduos de la misa dominical, ya pongo nombre a las caras que bostezaban, a los labios que me sonríen protocolariamente, y hoy a los ojos que tratan de adivina si tengo o no lunares bajo el collar que cuelga de mi cuello. De nuevo, el sabor del almíbar llena mi boca mientras el cura párroco inicia la lectura del Evangelio.

A la izquierda del pasillo central ,en el primer banco, está el señor alcalde y su oronda señora que seguro no cena pollo y piña desde hace años; Aparicio y Rosario, su mujer, ocupan discretamente el segundo banco, Rosario dará cabezadas hasta que llegue el momento de la comunión ; en el tercer banco se encuentra Jesús, nuestro farmacéutico, junto a su señora ataviada con un traje negro más propio de un funeral y entre ambos, sin dejar de hurgarse en la nariz, su hijo Jesusito; en el cuarto banco bajo su moño alto y sujeto con un ciento de horquillas negras, Encarnación se esfuerza por disimular un bostezo tras otro

Bernardo, el director del colegio, embutido en un traje impecable se mantendrá toda la misa erecto.

-”¿Erecto?”- si Don Cayetano pudiera leer mis pensamientos.

Cuando pasen el canastillo languidecerá y , haciendo un esfuerzo sobrehumano, dejará caer unas cuantas monedas de cobre. Junto a él. Adelina sin su marido y el dueño de la ferretería cuyo nombre no recuerdo.

Seguro que el marido de Adelina esta en el campo; debe ser el hombre más trabajador del pueblo por lo que comenta su mujer en el supermercado. Según Adelina su marido se sube al tractor “cuando el sol aun bosteza” y regresa del campo con “la luna dueña y señora del cielo”, cuando se baja del tractor es para “cenar, ver las noticias y hacer juntos sus cosas”. Ya tienen tres hijos y el que viene en camino.

-“Coneja”- susurro sin darme cuenta.

En los bancos del lado derecho , sentadas delante de nosotros, están Carmen, la mujer del alguacil, con sus pantuflas de color gris y Modesta, la hermana de Don Cayetano, que es algo así como una mezcla a partes iguales entre el B.O.E. y la C.I.A.

Detrás de nosotros, en el ultimo banco ocupado, se sientan Martina y Ruth, la enfermera que trabaja en el consultorio de mi marido. Hoy ha venido sola, sin su madre. Cuando sea el momento de darnos “mutuamente” la paz se olvidará de mi pero no de mi marido.

Así, banco a banco, sumamos no más de treinta vecinos.

-“Los mismos de todos los domingos”- susurro a Enrique <b>-”Siempre los mismos”-
-“En pie”- la voz profunda de Don Cayetano me arranca de mis desvarío.
-”Levantemos el...-”

Un trueno que parece rasgar la techumbre de la iglesia detiene las palabras del cura.

-“Santa Bárbara bendita”- tras de mi la voz de Martina parece implorar.

Vuelvo la cabeza, Martina se persigna afanosamente mientras un nuevo trueno resuena en el interior del templo con el mismo fragor que el anterior.

-“En este tiempo las tormentas suelen ser malignas, se aferran a la serranía y desde allí descargan su furia sobre los campos y los hombres”-

Acaricio su mano temblorosa intentando tranquilizar a la pobre anciana; desde el primer día que la vi en misa no deja de recordarme a mi Tía Fina. No puedo dejar de mirar su rostro, de sentir el temblor de su mano.

-”Parkinson”- me susurra Enrique.

Una lágrima resbalaba desde sus profundos ojos mientras sus labios intentan hablarme. Esa lagrima, ajena pero intima a la vez, me recuerda el titulo del libro que aguarda sobre la mesilla de mi dormitorio:

“Lagrimas en la lluvia” de Rosa Montero.

Según tengo oído Martina era la vieja costurera de toda la vida, sus manos se fueron agarrotando a medida que la enfermedad aprisionaba su cuerpo pero cuando eran vivaces con igual destreza remendaban el pantalón de pana de un pastor que conjuraban un traje para una boda o para el baile de las fiestas del pueblo con un retal comprado en Pontejos o en la destartalada mercería del pueblo. Martina debió ser una mujer de una gran belleza porque incluso ahora arrastraba su edad apoyada en un bastón con una elegancia que hacia raya con el resto de las mujeres del pueblo.

-“La paz este con vosotros”-
-“Y con tu espíritu”-
-“Daos fraternalmente la paz
”-


Las manos se cruzan y buscan con mayor o menor destreza mientras la luz parpadea en un claro aviso de despedida.

-“Con esta tormenta no es raro que se vaya la luz”- Martina aferra mi mano -“En este tiempo las tormentas se aferran a la serranía y desde allí descargan su furia sobre los campos y los hombres”-
-“Que la paz este con usted, Martina”- acaricio su mano temblorosa.
-“Gracias Doña Julia. Una mañana de tormenta…hace años…le dieron a mi padre el paseillo, desde entonces , sí ,desde entonces temo a estas tormentas malditas”- Martina acerca su cabeza para confesarme-“ Mi padre fue el primer alcalde republicano de este pueblo, de este triste pueblo”-

La mano de Martina tiembla cada vez más no se si por el ruido de la tormenta, por la hiel de los recuerdos o por el mal que se cebaba con su cuerpo. Cuantas veces las enfermedades se ceban en los seres más frágiles y de corazón más limpio.

La tormenta se muestra arrogante; maldita, como me confiesa Martina.

-“Podéis ir en paz, al menos los que tengáis paraguas”-

Y como si de un castigo divino se tratara ante la broma de Don Cayetano el interior de la iglesia queda sumido en las sombras solo rotas por la luz de las velas encendidas a los pies de la patrona del pueblo mientras un “demos gracias al Señor” se fragua en la negrura del templo.

Salimos tropezando unos con otros. No suelto la mano de Martina, su temblor me da una idea de su desolación, de su miedo. La lluvia es la dueña y señora de la plaza, del pueblo.


Desde la calle de la Tercia desciende un riachuelo de agua sucia, los charcos se multiplicaban y crecen a simple vista, las gotas se precipitan suicidas sobre la acera formando gorgoritas. El cielo se ha teñido de añil.

-“¿Martina, quiere que la llevemos a su casa?"- no se si me escucha –“Tengo un paraguas plegable en el bolso”-

Bajo el soportal de la Iglesia nos apretujamos no menos de quince personas a la espera de que escampe la lluvia.

-“No se moleste, Doña Julia, me iré sola, vino a muy pocos metros de aquí “-
-“Insisto Martina, no es molestia”-
-“No se preocupe por mi, la lluvia no me asusta y la tormenta parece alejarse”-
-“Espere, llévese el paraguas, mi marido y yo nos arreglaremos como sea”-
-“Gracias, mañana mismo se lo devolveré “-


El paraguas casi oculta el cuerpo marchito de la anciana que se marcha lentamente hacia su casa.

-“Parece que la lluvia aminora, vamos corriendo hasta el bar de Cosme”- Enrique agarra mi brazo –“Mira que casualidad, esa anciana tiene un paraguas como el tuyo”-

Corremos pero la lluvia solo se ha tomado un respiro y cuando nos encontramos junto a la puerta del bar la lluvia se ensaña con nosotros.

-“Corre”-
-“No puedo, los tacones…el empedrado…”-
-¿Pero como te has puesto esa calzado precisamente hoy?”-
-“Vas empapada Julia, deberíamos…”-
-“Entrar rápidamente en el bar, me estoy calando”-
-“¿Pero te has visto como vas?”-
-“Hecha una sopa “-
-“Si, y casi desnuda; la lluvia ha pegado el traje a tu cuerpo”-


Miro mi pecho y…¡¡Dios Santo¡¡… Enrique tiene razón; el traje mojado por la lluvia se ha ceñido a mis pechos haciendo que se clareen sus areolas.

-“¿Cómo vamos a entrar así en el bar?”-
la tormenta y Enrique tienen el mismo tono de voz -“Ya te dije que no era un traje apropiado para ir a misa”-
-“Tú dirás que hacemos, aquí nos estamos empapando”-
- “Pues ir a casa lo más rápido posible”-


Y sin mediar mas palabra Enrique se quita la chaqueta y la pone sobre mis hombros, después toma mi mano y me arrastra calle mayor arriba por la acera mientras las nubes se empecinan en no abandonar los cerros que rodean Fuentesviejas.

-“Que asco de lluvia”-
pero Enrique no me escucha o no desea escucharme; el pobre va calado, casi tan de portada de revista erótica como yo.

Por fin llegamos, calados, a nuestra casa. Me duele el brazo de los tirones de Ernesto y uno de mis zapatos ha perdido el tacón, tengo doloridos los tobillos y el traje se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel. Resulta grato entrar en casa, ponemos el suelo perdido de agua, de barro.

-“Vamos a cambiarnos de ropa, estamos empapados, puedes pillar un resfriado y…”-

La mirada de Enrique se detiene en mi rostro, baja desde mis labios hasta los pechos. Me giro sintiendo la mirada de mi marido en la espalda. El pasillo esta a oscuras, el apagón es general. Recuerdo las palabras de Martina:

-“En este tiempo las tormentas suelen ser malignas, se aferran a la serranía y desde allí descargan su furia sobre los campos y los hombres”-

El fragor de un trueno, esta vez más distante, parece querer indicar que la tormenta se aleja. A tientas llegamos hasta el salón. Enrique sube un poco la persiana.

-”Así entrara luz para poder cambiarnos “- Empieza a desnudarse de espaldas a mi.
-“Siempre tan provocador”- pienso entre la ironía y el tedio.

Ahora soy yo quien derrama una mirada sobre el torso desnudo de Enrique. Los ojos de mi marido se cruzan con los míos.

Mis manos agarran el bajo del vestido de lino, empapado, tiro de él hacia arriba y me quedo en ropa interior. Retuerzo mi pelo y las gotas de agua descienden por mis pechos. Mis pezones se erizan. Enrique traga saliva, su nuez…el brillo de sus ojos lo delata.

Levanta el rostro, entre las sombras del salón su cuerpo permanece quieto, sin camisa resulta frágil…deseable, deseado.

-“Julia…”-
su voz es mansa, tapo su boca con mi mano. Luego con mis labios.
-“Julia…”- el vaho que desprenden nuestros cuerpos se funde. Me siento atrevida. Hoy.

Ahora.

Desabrocho la hebilla de su cinturón mientras mis labios se pasean por su cuello.

Desciendo. Demoro tocar su sexo. Muerdo sus labios. Enrique aferra mis pechos. Su respiración, el latido de su corazón diluye el ruido de la lluvia. La tormenta se aleja, Enrique me abraza. Estoy ávida de su cuerpo y mis manos se sienten cada vez más atrevidas y derrotan la resistencia del boxer. Su sexo esta duro. Puede que voraz, no tanto como yo.

Empujo a Enrique sobre el sofá de loneta azul; aun, de pie frente a él desabrocho mi sujetador. Mis pechos duros como su sexo, desafiantes como su sexo, empapados.

Me arrodillo entre sus piernas. Me acomodo mientras mi mano se desliza sobre la piel de su sexo. Late la piel. Late.

-“Aguarda, aguarda”-
suplica.

Su erección le ruboriza. Se pone de pie. Me lleva tras él.

-“Vamos al dormitorio. Vamos Julia, vamos”-

Río. Hace tiempo que no reía, hace tiempo mi marido no me hacia reír.

Tirito. En el pasillo hace frío. El pasillo se hace eterno. Aprovecho para quitarme el culot. Los pantalones y el boxer de Enrique son un montón de ropa abandonada. Otro charco.

Junto a los pies de la cama parece aguardar mi marido. Desnudo. Apenas hay luz, apenas algo de claridad entrando por la ventana que da al jardín. No importa.

Nos abrazamos. Nos besamos. En el cuello. En los pezones. Mi desnudez se cubre con sus manos. Su desnudez me embiste. Las manos de Enrique tienen urgencia. Se azoran. Su tacto me recorre, voraz. Mis labios pierden el pudor y buscan apaciguar su sed. Mi sed, mi hambre. Encuentro su sexo. La yema de mis dedos se demora sobre el miembro, por fin, erecto.

Para mí. En mí.

Caemos sobre la cama. Abrazados. Me embriagan los jadeos de Enrique. Quiero cubrir con mi saliva la deseada erección. Enrique aparta mi cabeza. Sus manos separan mis piernas.

-“Aun no, espera”- suplico-“Espérame”-

Tiemblo. Su cuerpo, impaciente, se encastra en mi.

-“Espera”- mis muslos tiemblan.

Me aprisiona. Entra en mi. Duele la penetración, aun más que su olvido. Noto la dureza de su miembro. Me rasga.

-“Despacio, aun no me…”-
Enrique no escucha. Es la tormenta. Entra y sale de mi.
- “Así no, de esta manera no”- aferro su desnudez y trato de apaciguar el rudo movimiento.

No puedo. No se detener su embestida. Me ahoga. Me inunda. Se derrama en mi interior y todo se detiene. Todo es silencio en el dormitorio. Y fuera.

Entre mis piernas. Entre mis labios. En las calles del pueblo. Calla la tormenta. Mojadas las calles, saciadas de lluvia las calles. Solo las calles.

Enrique sale de mi. Se incorpora. Respira profundamente. Manso su sexo. Tiembla su mirada. Lo se. Se que tiembla su mirada.

Cierro las piernas. El sigue en mi. El dolor también. El placer no pudo abrirse camino.

El si.

-“Voy a ducharme”-

Continúo sobre la cama, desnuda. De nuevo tiemblo. El sol entra por la ventana iluminando la quietud de las sabanas. La tormenta ha cesado. Fuera. En mi, no.


-“Ha vuelto la luz”- la voz de Enrique llega desde el baño.

Escucho el sonido de la ducha ahogando las palabras de Enrique. Las palabras de Enrique son siempre mi tormenta. Mis lágrimas. Pliego las rodillas sobre el pecho. Oculto mi sexo. Me protejo. Nada he recibido. Nada. Nada creo haber entregado.

Nada.

.”¿Qué soy para Enrique?… ¿Su cuenco?... Solo un cuenco”-

Sobre la mesilla descansa un libro. Ambos estamos cansados de esperar.

En la calle ha dejado de llover, pasó la tormenta. Hay charcos, seguro que hay charcos en la calle. En las sabanas de nuestra cama, en mi sexo solo han quedado charcos como recuerdo de la tormenta.

La tormenta se ha vaciado dejando charcos y dolor en mi sexo. No hay sabor al almíbar de tu sexo en mi boca. Pero en mis ojos persiste la lluvia ocultando mi ultrajada desnudez.

(Fotografías y texto de Jaime V.)