martes, 25 de octubre de 2016

El estudio de Julia

Tras las tormentas que asolan mi matrimonio no siempre llega la deseada y ojala reparadora calma, no…en mi caso, tras la tormenta, suele venir un tiempo de silencios que unas veces se prolonga durante varios días y en ocasiones se expande hasta…hasta que no puedo más y me disculpo antes de que la cabeza y el corazón estallen.

Dos, puede que los dos únicos remansos donde encuentro un sosegado refugio cuando la tensión entre mi marido y yo explota, sean la pintura y la escritura, pero sobretodo y de un modo muy especial la pintura.

Desde niña prefería pasar las horas pintando antes que jugar con muñecas. Crecí en el seno de una familia conservadora de profundas creencias cristianas, en un pueblo con ínsulas de ciudad.; una familia que ahora se catalogaría como de “rancio abolengo venida a menos”.

Siempre estaba garabateando, en todas las hojas en blanco que llegaban a mis manos, nubes que sonreían, pájaros con gafas y bastón , paisajes abarrotados de colores y charcos donde los peces tenían sombrero, recuerdo que tanto mis manos como mis mejillas y mi babi de la escuela estaban siempre llenas de manchas de acuarela y el pelo enredado con plastilina de todos los colores posibles.

Mi padre sonreía al verme.

-“Pero Julia ya has gastado otra caja de pinturas de Alpino y tienes restos de plastilina roja y verde en el pelo”-
-“Es que las pinturas son muy cortas y la punta se rompe, además tengo que llenar el cuaderno de dibujos hoy y empezar otro”-
-“No debes apretar tanto, en vez de pintar haces grabados; el trazo debe ser suave como si acariciara el papel”-


Recuerdo la mano de mi padre deslizándose de izquierda a derecha en la hoja y como por arte de magia un trazo de color azul se convertía en un cielo lleno de globos o un trazo marrón se convertía ante mis ojos en un campo surcado de caminos y amapolas.

Mi padre dibujada muy bien. Mi padre era muy bueno conmigo. Reía, siempre reía.

-“Ahora yo”-

De nuevo mi afán taladraba la hoja de papel mientras pintaba otro pez con pies nadando en un charco rosa.

Mi padre reía. Recuerdo, como recuerdo, la risa generosa de mi padre.

-“Teresa, esta niña será una artista”-
-“Mimas en exceso a Julia”-
-”Julia es especial, Teresa”-
y , con delicadeza, dejaba un nuevo trazo en la hoja -”Julia siempre será mi niña pequeña”-
-”Mimas en exceso a Julia y eso no, a la larga, no beneficiará su educación”- remarcó mi madre entre dientes y mientras doblaba enérgicamente otra camisa de mi padre.

Desde niña tuve muy claro que deseaba ser...que deseaba pintar y cuando comencé mis estudios en el instituto me prometí que estudiaría Bellas Artes, pero mis padres, sobre todo mi madre, decidieron que no, que esa no era una carrera apropiada para una señorita como yo. Mi madre era...fue el Enrique de mi infancia.

-“Nuestro primogénito estudiara Derecho o Económicas”- afirmaba tajante mi madre
-“¿Económicas o Derecho?”- la voz de mi padre también sabia sonreír -“Con la forma de ser que tiene nuestro hijo, con lo embaucador y negociante que es vivirá del cuento y será la tabla de salvación de nuestra vejez o nuestra ruina”-

-“Pues Julia...Julia...”- un atisbo de nerviosismo teñía la voz de mi madre cuando mi padre parecía tomarse en serio sus palabras - “¿Que tal...enfermería enfermería o magisterio o...?”-
-“¿Enfermera, Julia?”-
-¡Si, con lo apocada que es casi mejor que estudie algo como magisterio o algo parecido o que forme una familia , tampoco es necesario que nuestros dos hijos hagan una carrera, seguro que a Julia no le faltaran pretendientes ”-
-“Pues si que tienes prisa, Teresa, por decidir el futuro de nuestros hijos cuando tu querido hijo solo tiene quince años y la niña doce”-

-“Es ahora cuando hay que empezar a encauzar su futuro para que el día de mañana sean personas de provecho, una de nuestra responsabilidad como padres es esa, que la vida da muchas vueltas y nunca sabemos...”-
-”Teresa, hay tiempo, tenemos mucho tiempo por delante”-
-”Julia estudiará magisterio o algo parecido”-
-” No te preocupes, aún queda tiempo para que Julia...”-

-“Julia estudiará Filología inglesa como la hija de tu amigo Roberto”- y mi madre dio por zanjado todo lo referente a mi carrera universitaria sin dejar un resquicio para discutir.

Mi padre claudicó con una triste sonrisa.

-”Como desees Teresa, como desees”-

Y mientras las camisas recién planchadas de mi padre quedaban dobladas junto al sofá, mi futuro se esbozaba lejos de mis dibujos infantiles.

A los diecisiete años hacia las maletas para dejar atrás mi adolescencia, mis amigos, las calles de mi pueblo natal y emprendía rumbo a Madrid con el fin de comenzar la carrera que mi madre había elegido para mi. En Madrid esperaba mi hermano Adrián que, sin muchas prisas, intentaba terminar Económicas, y una ciudad que despertaba tantas emociones como el futuro que me había sido impuesto. Amarga fascinación empañando mis mejillas.

Escondidos entre mi abultado equipaje, dentro de una carpeta de recias pastas, me acompañaban aquellas hojas “de cuadritos” con nubes que sonreían, con pájaros con gafas y bastón, con charcos donde los peces llevaban sombrero...y recuerdos, recuerdos que me consolaban en silencio, que me protegían.

-“Siempre alguien parece tener la última palabra del que seria mi siguiente paso”-

Ese pensamiento me acompaña cuando, ahora , soy yo quien dobla las camisas recién planchadas de Enrique o cuando quito el polvo que golpea mi titulo enmarcado , ese titulo que solo sirve como elemento decorativo en mi estudio.

-”Mi estudio, mi escondite, mi huida”-

Además justo debajo del estudio queda el despacho de Enrique.

-”No me importa que pintes, estudies o te dediques a la astronomía pero espero que no hagas ruido ni nada que me impida concentrarme en mi trabajo”-
-“No te preocupes, cariño, no te importunare nada”-

Enrique, al igual que mi madre, siempre preocupados por...por...

Aun recuerdo la primera vez que entré en esta habitación y de eso hace ya más de tres meses.

¡¡ Más de tres meses¡¡

Más de tres meses llevamos viviendo en Fuentes viejas, más de tres meses y aún hay calles, plazas, rincones, arrabales que no conozco; más de tres meses y aun hay gente con la que no he cruzado ni un escueto saludo.

Cruzo la puerta del dormitorio, enfilo el pasillo que se llena con una pegajosa oscuridad., me lleva unos minutos alcanzar la puerta de esa habitación abuhardillada adonde mis pasos , siempre que pueden , parecen llevarme.

Poco me importaba el tiempo que pudiera tardar en modelar, en amueblar, en decorar esa habitación hasta convertir cada centímetro de su suelo, de sus paredes, de su techo en mi refugio, en ese lugar donde pudiera encontrar una razón para no vender mi alma al diablo a cambio de regresar a nuestra casa de Madrid y dejar atrás esta pesadilla en la que se estaba convirtiendo mi vida junto a...junto a mis miedos, a mis represiones, a mi inseguridad.

Desde la primera vez que entré en esta habitación había imaginado, planificado, el lugar que ocuparía cada mueble, cada estante, cada cajón, cada lámina, cada fotografía; y después de tres meses de robar horas a la cocina, a la fregona, al costurero, a la plancha, al compadreo con el vecindario, a mis ejercicios matinales de pilates...por fin tenía un lugar poder encontrar a Julia, donde silenciar amarguras y descubrir el sabor de los sueños, la intensidad turbadora de algunos deseos atrapados bajo mi piel.

Deseo estar descalza y sentarme sobre la alfombra. Deseo estar desnuda de...

Abro la puerta y me descalzo. Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí.

Contemplo el interior de mi estudio, la luz que desde el jardín entra por el ventanal me empapa.

En estos tres meses, en estos monótonos tres meses y medio, he pintado sus paredes de color gris humo dejando aquí o allá ladrillos sin cubrir para romper la monotonía, a veces se puede decorar con vacíos, un triste ejemplo es...mi vida. He cubierto el suelo con la alfombra multicolor de lana anudada a mano que me regaló la hermana de Enrique así puedo estar descalza mientras pinto; ya se que una alfombra no es lo mas aconsejable para un estudio de pintura pero este es mi estudio y me gusta pintar descalza, y en ocasiones, sin que me vea Enrique, solo vestida con una camisa blanca suya que ya no se pone.


He colocado dos caballetes de manera que la luz se vierta sobre los lienzos desde la izquierda; me gusta trabajar en más de un caballete para así cambiar de tema y, descansar de un lienzo, pintando otro diferente o solo para tener la sensación de espacio donde perderme y malgastar acuarelas mientras escucho música.

Gracias a Westwing magazine he comprado sin moverme de Fuentes viejas varias estanterías de madera , cestas, varias cajas de madera , unas cajoneras altas de madera , un par de taburetes, un par de mesas con ruedecillas y unas cortinas de muselina blanca.

En las estanterías y cajoneras he ido guardando todo aquello que preciso para pintar.

Pinceles de pelo de marta, de oreja de buey y otros tipos , unos cuantos lienzos, espátulas para fundir confundir o definir, paletinas para fondear, esponjas, una palangana ,varios pocillos de cerámica y metal , dos rodillos,tintes, pigmentos, aglutinantes sintéticos, trozos de tela, papel de Manila, trapos, plásticos, cinta de carrocero, guantes de cirujano, o lanas fieltros pañetes eran algunos de los “útiles inútiles” que se repartían las baldas y cajoneras en un orden desordenado junto a frascos con esencia de trementina, aceite de lino, estuches de oleos , acuarelas , cretas , pinturas acrílicas, carboncillos y...todos aquellos útiles, “inútiles” según Enrique, que preciso para malgastar mi tiempo y el suyo.

Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí. Todo lo que necesito me aguarda, No sabría explicarlo a nadie pero, aquí, soy y encuentro a Julia.

He ido decorando poco a poco las paredes del estudio con algunos de mis cuadros y
con láminas de mis pintores más admirados; así reproducciones de Cristóbal Toral de Antonio López García, Revello del Toro, Carmen Laffón, Esteban Vicente y Edward Hopper son mi silenciosa pero grata compañía.

Bajo el ventanal, el viejo escritorio de mi padre, me sirve como superficie de trabajo. Huele a madera envejecida, huele a mi infancia y, a media altura en la pared frente al ventanal, descansa el espejo que me regaló tía Fina, su voz me acompaña cuando la horas huelen a incertidumbre, a trementina y mi tacto se empaña con los carboncillos.

Todo está como había soñado lo primera vez que entré aquí. Todo lo que necesito me aguarda, No sabría explicarlo a nadie pero entre estas paredes, cada día, encuentro algún viejo recuerdo, algún nuevo sueño aguardándome junto a la luz que entra desde el patio.


Cada vez que mi cuerpo se refleja en el espejo parece que me viera de una manera diferente, como si esa parte que esta dormida en mí se despertara de repente trazando mi piel, como si esta fuera un lienzo desnudo, esos momentos de pasión que aún no he vivido y deseo...si, anhelo vivir.

Continuo descalza, me gusta estar así...descalza y desnuda de todo aquello que hace imposible los trazos que buscan convertirse en un paisaje que se retira lentamente cuando dejamos de buscar salidas a nuestros sueños, en una escena de calle que atrape la vida dentro de un silencio, en una mujer cuya desnudez aguarde indolente a...cuyas piernas firmes, separadas, cuyos senos abandonados aguardan esa intimidad donde sujeto y predicado son otro o el propio tacto.

No decido el futuro de nadie ni termino de encontrar el mío propio pero poseer este micromundo de apenas doce metros cuadrados supone haber ganado una batalla en esta casa donde mi vida naufraga.

Parecerá una tontería, una banalidad pero en ese rincón de la casa de Don Servando, en mi estudio, huyo de las horas minerales y a veces encuentro sueños de colores sobre un lienzo y a veces lloran sobre mis manos aquellas nubes que sonreían, aquellos pájaros con gafas y bastón y los peces que llevaban sombrero.

Entonces, solo entonces, mi tía Fina y yo, ambas descalzas , ambas desnudas, bailamos frente al espejo para mayor vergüenza de mi madre.

Entonces, solo entonces, escucho como mi padre...sonríe.

(Las fotografías que acompañan al texto han sido cedidas por una lectora de este blog. Gracias por esta colaboración. Texto de Jaime V.)

domingo, 2 de octubre de 2016

La mancha azul


-”¿Ande va tan deprisa tío Besanas?”-
-”Te importará mucho a ti donde voy Canillas”- espetó el anciano
-”Ya va uste enfurruñao como tos los días”-

Pero el tío Besanas no escuchó o no quiso escuchar las palabras del alguacil, con cinco zancadas cargadas de coraje atravesó la calle Mayor sin más contemplaciones. Camina con el temple de quien conoce cada huella del camino, luchó en el bando perdedor de una guerra civil de la que no salió derrotado.

-”¡Y encima azul, azul!”- masculló cargado de razón como si alguien le escuchara.

Todos, en el pueblo, le llamaban “tío Besanas”, sin más nombre ni apellidos ni otros titulillos. Siempre vestía un traje raído y albarcas, solía hablar poco y discutir mucho.
Pasó gran parte de su juventud en las cárceles fascistas, de “guardián de los guardianes”, como presumía él, y ahora cuando los años curvaban su testaruda espalda no iba, no, no cosecharía su primera derrota...y menos por…esa...

Él, un anarquista luchador cuyas manos habían dominado, sometido, amansado los cartuchos de dinamita... el no iba a ser derrotado por una mancha, por una mancha jodía.

-”Y menos azul” - rubricó en su ajado interior mientras enfilaba sus pasos hacia la puerta de la consulta.

-“Azul, azul la jodía”-


En la sala de espera aguardaban Tirso y Casilda para que Ruth les realizara un control de la tensión y Aparicio que, como siempre que se pasaba en la cena, sufría un matinal “asiento en las tripas”. La voz de Aparicio retumbaba en la sala de espera mientras intentaba hacerse oír por Tirso.

Tirso padecía una profunda, profundísima, sordera congénita; no por nada se le conocía en el pueblo como “el sorderas”.

-“Na, Tirso, me cenao una morcilla de nuestra matanza, un trozo de asadura que ha sobrao de la comida y un cantero de pan pringao de arrope; y tengo asiento en las tripas”-
-“Que nos hacemos mayores, Aparicio, solo eso ; que los años no pasan en balde, yo ando con la tensión alta y la mujer no tie tensión y eso que comemos lo mismo”-
-“Na, como es la vida; antes que había hambre no teníamos na pa comer y ahora que tenemos la despensa bien surtía no nos deja comer el medico”-
-“Así son las cosas Aparicio, así son”-


La puerta de la sala de espera se abrió como empujada por un golpe de viento dejando pasar al tío Besanas con cara de pocos amigos.

-“Salud”- dijo fríamente el anciano -“¿Quién da la vez?”-
-“Buenos días, yo soy el último, el Tirso y su mujer están pa la Ruth pero yo estoy pal médico; anoche es que cene…”-
-“Pues yo tampoco he lograo conciliar el sueño y, aunque no soy mu amigo de estar de a diario en la consulta como tú, he pensao que a lo mejor el medico nuevo me da una solución pa mi problema así es que voy dentro pa no demorar el mandao, que no puedo esperar más y tú no ties na que hacer”-

Respiró hondo, su problema era serio, él lo sospechaba, la solución se pintaba complicada.

Ninguno de los pacientes que ejercían de tales dijo nada, los tres conocían la “leche que se gastaba” el tío Besanas cuando algo le rondaba la cabeza.

-“Pasa pues; yo me quedo aquí de charla con el Tirso y la Casilda”-
-“Pues gracias, luego te llevaré unas cabezas de ajos pa que los ases en la lumbre”-


Con un par de zancadas, que solo conocían desde sus años mozos la línea recta y que ahora con la edad había disminuido en velocidad que no en tozudez el tío Besanas alcanzó la puerta de la consulta y llamó enérgicamente.

-“Adelante”-
invité.
-“¿Da su permiso?”-
-“Adelante, pase usted”-
-“Buenas, tío Besanas”-
Ruth sonrió al anciano- “¿Qué le trae por la consulta?”-

El tío Besanas permanecía de pie ante nosotros como si se tratara de un alumno ante un examen oral conservando ese empaque, esa presencia, segura y serena del hombre que siempre ha estado seguro hasta de su incertidumbre.

Sostenía entre sus manos una gorra Durruti teñida con la herrumbre de los años, que seguro sabia más por vieja que por gorra. Las arrugas de su cara se descolgaban desde su frente hasta su cuello como si fuera una persiana carnal pero sus facciones denotaban que la palabra resignación no estaba en el diccionario del tío Besanas.

-“Mire doctor, esto... esto no me puede suceder a mí, a mi no”-
sentenció el anciano.
-“Usted dirá, le escucho”-

Me arrellané en mi silla picado por la curiosidad; no conocía al tío Besanas en persona aunque si de “oído”, esta era la primera vez que mi vida y la del apergaminado anciano se cruzaban, pero todos los habitantes de Fuentes viejas de Almenara sabían de su testarudez y cabezonería y también, es justo decirlo, de su sinceridad y nobleza.

No se el por que pero, al tener frente a mi a este entrañable personaje, intuí que la causa de la consulta sería más inesperada que sanitaria; el viejo luchador era así.

-“A mí no, es que no y que no”
rubricó con desazón.
-“Cuénteme, cuénteme” – insistí de manera educada.
- “Usted igual no lo sabe pero me he gastao gran parte de mis pocos ahorros en una maldita dentadura; y que para terminar de pagar el descalabro de mis dientes hube de vender las fanegas del Sotillo que me dejo mi padre en herencia y que eran de regadío”-
- “Algo sé”-pero lo cierto es que mentía por no parecer descortés.
- “Pues vera usted, tos los días después de las comidas me tomo los comprimios que me recetó pa la tensión, los del colesterol ese y el que me mandaron en el hospital pa que no se me espese la sangre; luego me quito la dentadura y la limpio con las pastillas ecervescentes que me venden en la farmacia”-

La compostura del tío Besanas se mantenía tan firme como su retahíla de explicaciones.

-“Pues vera hace ya unos días que me fijao en que tengo en los dientes postizos una mancha que no sale con na... y es azul, la jodía mancha es azul, azul”- afirmó mientras sus cansadas manos se frotaban entre sí nerviosas.

Escuchaba al buen hombre con una mezcla entre sorpresa y curiosidad; me caía simpático este viejo recuerdo de un tiempo pasado del que nunca renegó, orgulloso de su lucha, de su dolor, de la cal de sus paredes, de su irreductible pasado, del recuerdo de sus camaradas, de sus trajes raídos y...de su dentadura ahora “dañada”.

-“Con las pastillas ecervescentes no sale, tie cojones pa lo caras que son, y me tie preocupao por si se me estropea la dentadura postiza...¡¡como se estropee¡¡”-

Miré de reojo a Ruth y ella me devolvió la mirada; ambos estábamos perplejos.

-“¿Que le puedo decir?”-
pensé mientras no dejaba de mirar al anciano.

Y entonces tuve una de esas ideas que no merecen ser repetidas y menos patentadas.

-“Mire, lo más lógico seria ver la mancha y con el instrumental adecuada realizar una toma de muestras para un posterior análisis microbiológico con el objeto de identificar con exactitud que puede agente puede ser el causante de...”-


Y ni corto ni perezoso sin dejar que terminara mi perorata, ante mi asombro y el estupor de Ruth, la mano del Tío Besanas describió un rápido movimiento hasta la boca para así ¡¡ sacar la dentadura¡¡ dejándola con brío y presteza sobre mi mesa.

La dentadura se deslizó deteniendo su atrevida carrera junto a la libreta de notas de una estupefacta y sonrojada Ruth.

Encarada y desafiante, la dentadura, parecía esperar que la ocasión fuera propicia para emprenderla a mordiscos con el escote de mi atónita enfermera; pero no, la prótesis dentaría supo comportarse como de ella se espera y quedó plácidamente detenida sobre la pálida mesa sin expresar él más mínimo interés por toda la curiosidad y perplejidad que, ella y su anciano dueño, habían desencadenado.

Tras unos minutos, y aún sorprendidos por la resolutiva maniobra del Tío Besanas, giré con la punta del bolígrafo a la protagonista de la consulta localizando así la maldita y azulina mancha.

-“Ve, dogtor, la mancha ogia es azug”-


La mancha azul apareció, orgullosa, en la parte interior derecha de la mandíbula superior, su tamaño era el de una moneda de dos céntimos de euro y resplandecía como si supiera de su importancia.

-“¿La ve, doctor? .... azug y en el lao degecho... tiene...”-
articuló como pudo el desdentado anciano.


Aún sorprendido el método didáctico empleado por el viejo anarquista solo acerté a decir:

-“Puede ser un... ¿hongo?”-
-“¿Un hongo?”->respondió el tío Besanas-“ Hongo o uga seta o un champiño, me pagece que ute de machas etiede mu oco”-

El anciano, algo irritado, apretó sus despobladas mandíbulas y con un nuevo movimiento, más propio de un malabarista que de un pensionista, la mano del Tío Besanas regresó la hilarante dentadura a su lugar de trabajo.

Sin encontrar solución a su mal el afligido anciano se levantó de la silla dirigiéndose a la puerta sin atender a más razones que aquellas que hirvieran en ese momento en su torrente sanguíneo; al girar la cabeza para despedirse observó que en la mesa había quedado la húmeda huella de su dentadura.

-”Perdón, perdón, disculpe mi torpeza”-

Y ni corto ni perezoso extendió su antebrazo sobre la mesa hasta que, frota que te frota, eliminó los restos de saliva con la manga de su traje de pana.

-“Arreglao lo suyo, sin solución lo mío” –me espetó.
-“Igual frotando con un poco de jabón y un cepillo de los dientes…”- susurró Ruth en tono conciliador.

El anciano, sin mucha convicción y algo abatido, nos hizo participes de su solución.

-“Probare con Estrella limón que tengo en casa o con la lejía Conejo o con Cristasol y sino raspare con la chaira, pero esa jodía no se ríe de mí.”-

Antes de cruzar el umbral, a modo de despedida, masculló:

- “Y azul, la jodía mancha está en la derecha y es azul”-

(Fotografías y texto de Jaime V.)