miércoles, 23 de noviembre de 2016

Las galletas

Si algo me horroriza de Enrique es su inflexible puntualidad, puede que tengamos en casa más relojes que fotos familiares; veamos que recuerde, está el reloj de la cocina, el reloj carrillon de pie que nos regalaron sus padres, por cierto horroroso, cuyas campanadas retumban en todo el barrio, luego tenemos el reloj de su mesilla con su estridente alarma, un reloj de pared en el pasillo entre las litografías que nos regalaron en nuestra boda sus compañeros del Servicio de Urgencias, el reloj de pulsera de mi marido siempre diez minutos adelantado, el que me compró Enrique en kay Joyeros como regalo de la Navidad pasada y que siempre va…llevo… diez minutos retrasado y el reloj que preside la mesa de su despacho , ese fortín con puerta infranqueable bajo pena de bronca; y segura estoy que en alguna caja de la mudanza, aún sin desembalar, dormitan otro par de relojes más.

Enrique lleva, bueno...me hace llevar, un estricto horario para todo. Su horario.

Da igual que sea laborable o festivo, a las ocho de la mañana desayunamos, a las tres en punto comemos, a las diez la cena debe estar en la mesa y si bien en el desayuno es el periódico quien cercena nuestra escasa conversación a la hora de la comida y de la cena es la televisión quien comparte, o mejor dicho preside, mesa y mantel.

A mi marido le atrae todo lo referente a política nacional e internacional, la economía en la eurozona, y cosas así. Suele devorar los artículos de Federico Jiménez Losantos o de Manuel Hidalgo, las profecías económicas de Carlos Cuesta, las paginas donde se recogen las cartas al director y, entre bocado y bocado, se empapa de las noticias de Antena 3 o cualquier otra cadena mientras pone titulillos y añadidos a las decisiones del Fondo Monetario Internacional o de Angela Merkel, y antes del postre soluciona conflictos internacionales con la misma sapiencia con la que quita las espinas a un lenguado o saborea unas croquetas de carne de cocido.

-“He estado ordenando tu ropa, deberíamos ir de compras a Madrid o a Cuenca, necesitas un par de camisas nuevas y unos pantalones informales para…”-
-“Bien Julia”-

Sus manos sostienen ese periódico que cada mañana desayuna con nosotros.

-“Ah, por cierto, llamaron mis padres, justo salia de la ducha cuando oí el teléfono; eran ellos, deseaban saber que tal nos...”-
-“Julia, por favor, pretendo terminar de leer el periódico de ayer antes de ir a la consulta”-


Esbozo una sonrisa que queda atrapada en la contraportada del periódico “de ayer”. Al menos Raúl del Pozo me devuelve la sonrisa mientras, apoyado sobre sus manos, parece escuchar nuestro intento de conversación.

-“Por cierto, el lavaplatos esta en las ultimas y…”-
-“Pues lava los platos como se ha hecho toda la vida, no pretenderás que venga de trabajar y me ponga el mandil“-


Enrique frunce el ceño; su voz, agria, me produce un nudo en la garganta.

-“Si tanto esfuerzo y sacrificio te cuesta llevar esta casa y una familia de dos personas igual deberías contratar a alguien del pueblo así al menos las tareas del hogar estarían mejor hechas de lo que están, pero vamos que tampoco creo que te agote hacer lo que…lo poco que haces; me gustaría verte sacando adelante mi trabajo y más en las condiciones deplorables que caracterizan a este pueblo en tantos y tantos aspectos”-


Otros días la discusión terminaba con esta u otra frase parecida mientras sus palabras lograban que me sintiera como una mierda en su vida, en mi vida…en nuestra vida en común. Pero hoy no.

Desde hoy, si, desde hoy no estoy dispuesta a contenerme más y sacando fuerzas de no se donde consigo levantar mi voz por encima de la suya. Esta vez mis labios no guardan su habitual silencio, su doloroso silencio. Trago saliva y contesto con una firmeza que, incluso a mí, me deja sorprendida.

-“¿Es que crees que solo tú trabajas?”-
mi voz apaga el tintineo de su cucharilla-“¿Es que crees que no hago nada?”-
-“Lo que creo es que últimamente parece que solo tratas de llevarme la contraria y de buscar cualquier motivo para discutir. Tal vez deberías plantearte cambiar tus modales y ocupar tu tiempo, ese tiempo que te sobra, en algo más útil que pintar o encerrarte en tu impotencia y no en tratar de joderme la vida en esas cosas que para mi son...eran...”-
- “¿Como que joderte la vida?”- mis manos se crispan sobre la taza de café -“Yo no tengo la culpa de no poder tener hijos”-

Enrique no me mira, no dice nada. Nada. Su rostro continua oculto tras el periódico. Su silencio es afilado, cortante.

-“No tengo la culpa, no la tengo”-

Enrique dobla el periódico con brusquedad. Me mira blandiendo su semblante indiferente, es como si mis palabras hubieran taladrado sus oídos. Siento que su mirada me atraviesa. Tras unos instantes deja el periódico junto a su servilleta.

-“¿Son estas las galletas de siempre?”- la mano de Enrique aferra una galleta como si se tratara de la prueba de un delito - “Estas no son las galletas que tomo en mi desayuno diario”-

No entiendo la pregunta de mi marido. No entiendo sus palabras. Contesto sorprendida ante el giro absurdo que a dado nuestra conversación.

-“En el supermercado no habían recibido de la marca que te gusta y creí que, por un día, no pasaría nada por que desayunaras de las que tomo yo”-
-“Saben muy mal, prefiero las galletas Gullón”-
-“Son galletas integrales con un tueste especial, no están tan malas exagerado además no creo que por un día que pruebes mis galletas te pase algo”-



Miro a Enrique mientras saco su taza de café del microondas.

-“Prefiero tomar solo café con leche, esas galletas saben a…saben raro”-

Cuantas veces Enrique es demasiado imperativo en sus expresiones incluso cuando trata de parecer amable otras veces me recuerda a un niño malcriado que se enfurruña cuando no se sale con la suya.

Vuelvo la cabeza mientras asiento de manera mecánica.

-“Si, cariño”- respondo pero una vez más el periódico resulta ser un muro infranqueable que nos separa. Desde la contraportada Raúl del Pozo me devuelve una vez más la sonrisa mientras escucha atónito nuestra estrambótica charla.

Retiro el plato con las galletas causantes de nuestra discusión. Durante unos segundos permanezco inmóvil frente a Enrique, desconcertada. Pero hoy no , hoy no discutiremos.

Hoy no.

Mi voz pretende resultar conciliadora. Decido dar un nuevo giro a nuestra charla matinal.

-“Deberías dejarte barba, así resultarías más atractivo”-

Intento acariciar su barbilla pero las yemas de mis dedos acarician el vacío. Enrique aparta su cara, se incorpora y mira su reloj. Me estremezco.

-“Deberías terminar de recoger la cocina y vestirte sabes que no me gusta que andes por casa medio desnuda con solo una camisa por muy grande que esta sea y deberías abrocharte algún botón más, dejas muy poco para la imaginación”-

Entreabro los labios para responder pero...Raúl del Pozo me sonríe; el intento de rebajar el tono seco de la conversación ha resultado ser un fracaso. Al menos ha reparado en mi camisa. Solo una camisa separa mi piel desnuda de su indiferencia. Solo una vieja camisa blanca de mi marido, solo eso y el periódico de ayer separan nuestros mundos.

Es cierto que con el trajín de recoger las tazas, la camisa que llevo a medio abrochar, se ha ido abriendo lentamente sin que me haya dado cuenta dejando ver parte de mis pechos.

-“¿Verdad que no estoy nada mal para mis treinta y tres años? “-interrogo tímidamente al espejo cada vez que me desnudo para ducharme o acostarme o…no, para “eso” hacia tiempo que no me desnudo.

No, no me conservo mal, siempre he aparentado menos años de los que tengo. El adjetivo que, creo, mejor define mi aspecto es atractiva...hum...¿o interesante?

Si, atractiva, bastante atractiva. Bueno, atractiva sin más aunque no mucho para Enrique.

Desde muy niña practique natación y me siempre me ha gustado cuidarme; en el baño no faltan, cremas fáciles, cremas de contorno de ojos, mascarillas antiarrugas, lociones corporales , una espuma tonificante de senos, y...todas esos secretos de mujer que Enrique llama con un cierto desdén “mi falsa belleza de bote”, además procuro dentro de lo posible mantener una alimentación correcta, pasear todos los días y vestir de manera juvenil dentro de los “cánones” que Enrique considera como “políticamente adecuados”.

Siempre me han gustado los vestidos algo escotados que dejan al descubierto el nacimiento de mis pechos, los escotes palabra de honor y las faldas cortas; mis piernas son rectas y bien moldeadas, pero mi marido considera que esa no es la forma adecuada de vestir de...de...aunque para faldas cortas y trajes insinuantes los que usa Patricia, mi cuñada, claro que la “tolerancia textil” de mi marido y la de mi hermano no se parecen en nada. En nada. Siempre recordaré, con envidia, un vestido largo con transparencias de Roberto Cavalli que mi cuñada estrenó una cena de Nochevieja; fue la mujer más mirada, deseada, arrullada del baile en casa de los Urquiza.

Hasta Enrique, para sorpresa de propios y extraños, bailo con ella.

Mi marido carraspea intentando decirme algo y aprovecho ese momento de duda para inclinar mi cuerpo. Siento como uno de mis pechos se desliza fuera de la camisa. Siento su pezón endurecido.

Siento desnuda mi respiración. De nuevo me estremezco. Huele a café y ese olor me excita.

Vuelvo a agacharme para recoger las tazas del desayuno. La taza de café de Enrique aún esta caliente. Enrique se limita a mirarme en silencio. Se que está mirando mi pecho. Deseo que así sea.

Llevo mi dedo corazón hasta mi garganta y desciendo lentamente hasta alcanzar el primer botón que permanece abrochado. Se que la taza de café de Enrique esta caliente. Me llega su aroma.


Noto mis pezones endurecidos. Noto mi respiración y me estremezco. En mi mente se agolpan imágenes prohibidas, imágenes turbadoras. Mis dedos desabrochan otro botón.

La voz de Enrique me devuelve a la cocina. Mi mano regresa al vacío que nos separa.

-“He de irme se hace tarde y me gusta ser puntual; recuerda lo de mis galletas”->

Con muy poco acierto y a la carrera deja un beso en mis labios, si…más bien deja un beso mientras que yo termino de recoger las servilletas.

-“Por Dios Julia que estamos en la cocina, este no es un lugar para que te muestres...así”-
-“Si cariño, la camisa y las galletas”-
asiento con una sonrisa forzada.

El olor a café es un recuerdo que araña mis pechos Miro a la mesa, Enrique ha dejado olvidado el periódico, y su café...su café esta frío. Abrocho uno a uno los botones de la camisa mientras anoto mentalmente que mi marido para ser feliz a la hora del desayuno solo necesita dos cosas:

su periódico de ayer y sus galletas, sus galletas de la marca Gullón.

(La primera foto es de autoría, la segunda ha sido cedida por una lectora de este blog. Texto de Jaime V.)