domingo, 23 de agosto de 2015

Julia


-”Enrique, por favor para el coche , tengo ganas de vomitar”-
-”Ve más despacio, me mareo”-
-”Sabes cuanto me desagrada que fumes en el coche”-


Julia se removió en el asiento intentando cambiar por enésima vez de postura, su voz era cada vez más débil.

-”¿Quieres que pare un poco?”-preguntó Enrique sin mucho convencimiento.
-”Mejor no”- rechazó Julia haciendo un gesto con la mano- ”Me tomaré otra biodramina e intentaré dormir un rato”-

Su rostro , fatigado, sudoroso, reflejaba la dureza que este vieja suponía para ella. Acurrucada en el asiento del coche trataba de recordar los últimos años de su vida. Todo era lento menos el coche. La música, el humo del tabaco, el mal carácter de Enrique, el trazado de la carretera, los recuerdos , todo terminaba convirtiéndose en una punzada dolorosa en su esternón, una punzada que la hundía en el asiento.

Enrique fue su primer novio formal. Enrique fue ese primer beso robado en un portal mientras la noche era cómplice de sus deseos. Enrique rogó la primera caricia que arrastro la inexperta mano de Julia hasta su sexo desbordado. Enrique acuñó la primera mirada que hallo su desnudez libre de liturgias, de pudores. Enrique fue la boca que por primera vez bebió su virginidad.

-“Tomando ese desvío solo nos quedaran unos veinte kilómetros”-
-“Para un momento Enrique, necesito que me de el aire”-
-“Vaya viaje que me estás dando”- espetó Enrique -”Nos dejas de retrasarnos , a este paso no llegaremos nunca”-


Julia cerro los ojos, apoyó la cabeza entre sus manos y se prometió a si misma guardar silencio hasta llegar a…a donde fuera.

Intentó incorporarse un poco en el asiento. Una punzada en el vientre la hundió más y más.

Suyas fueron las manos que moldearon el sexo de Enrique hasta ser fuente. Suyos fueron los gemidos que no siempre encontraron respuesta. Suyos fueron los besos que convivieron con sus miedos y nunca descendieron mas allá de donde su moral permitió a Julia ser Julia y no vulgar amante.

A veces los recuerdos nos asoman a una verdad que nos negamos.

Tras acabar la carrera, Enrique, no paró de trabajar; por las mañanas en la consulta de un amigo de su padre, por las tardes en la consulta privada de su padre. Enrique sacaba, como un mago de su chistera, tiempo para hacer cursos y publicar trabajos propios o rebatir ajenos en revistas médicas. Hacía sustituciones y guardias allí donde era solicitado y aún encontraba horas para estudiar las oposiciones de oferta pública de empleo de los Servicios de Salud de las comunidades autónomas más próximas.

Y entre tanto ajetreo hallamos tiempo para preparar nuestra boda y casarnos un 12 de Septiembre en la Iglesia de San Fermín de los Navarros, en una abarrotada ceremonia organizada por la familia de Enrique.

Fuimos, o fui, virgen al matrimonio. Aprendí a gozar en silencio cuando su cuerpo gozaba de mis entrañas aún cuando, yo, anhelaba deseaba sin saber pedir, “algo más” que siempre…pensé…que el tiempo nos traería. Muchas veces deseé su osadía y refrené mi curiosidad, acepté como normales sus razones y aprendí a ser amada a su modo y manera; no se si fue o es buen amante, solo él fue hombre entre mis piernas, solo mi boca encontró la horma de su sexo…pocas veces.

Recuerdo las noches de placer troceado , las caricias cosidas a tientas por sus manos, mi sexo húmedo y en silencio; recuerdo atravesar a prisa uno sobre la desnudez del otro , el orgasmo inhóspito, los gemidos castrados sobre unas sabanas que , seguro, se sorprendían ante nuestra torpeza.

Los primeros años de matrimonio fueron difíciles pero eramos más, mucho más felices que ahora.

Vivíamos en una casa que mis suegros tenían sin alquilar en la calle Santa Isabel. Enrique se mataba a trabajar y cuando parecía que ya no quedaban más horas en el día, él , encontraba tiempo para encerrarse en su habitación y estudiar los temarios de las oposiciones.

Más de una noche le encontré medio adormilado sobre los apuntes.

-“Enrique, cariño, son las tres de la madrugada”-
-“Julia, termino este tema y me acuesto”-

Y Enrique se sumergía en sus apuntes y no en mi.

Yo trataba de “llevar” la casa como buenamente podía; por las tardes de cinco a siete tres días por semana daba clases particulares de Ingles a cuatro niños cerriles que te hacían ver la figura de Herodes de manera benevolente. Era mi manera de aportar dinero a casa , aunque a Enrique no le gustaba mucho que trabajara.

Éramos felices o, al menos, yo así lo creía. Puede, si , puede que mi vida poco a poco se redujo a ser aquello que Enrique esperaba encontrar al llegar a casa. Entonces no me importaba. Entonces no.

Pero todo aquello cambió, nuestra vida cambió tanto que incluso los recuerdos ahora me parecían sueños escritos por la mano de una mujer que no era yo.

Quizá si hubiera logrado ser madre , dar a Enrique ese hijo que tanto deseaba.

Quizá.

Quizá si hubiera sido más valiente y no hubiera permitido que Ernesto sometiera sus sueños , nuestros sueños, a los suyos, puede que quizá...

-“Mira, Julia, Fuentes viejas”-

Pero Julia, derrumbada en el asiento , con las manos aferrando su estómago, permaneció con los ojos cerrados. Ya tendría tiempo más que de sobra para conocer la entrada y las calles del pueblo.

Enrique encendió un cigarro y bajó del coche. El camión de la mudanza se detuvo junto a la caseta. De la cabina se apeó presto Vasile, uno de los cuatro fornidos rumanos encargados de las tareas de la mudanza y que hacía las veces de capataz pues era el único que hablaba correctamente español.

-“Lo mejor será que nos acerquemos al Ayuntamiento para que me indiquen donde esta la casa de Don Servando por si fuera necesario cumplimentar algún tipo de documento o bien realizar aquellos trámites que sean pertinentes”-
-“Si, creo que es lo más lógico, cuanto antes sepamos donde esta su casa antes podremos vaciar el camión , terminar la mudanza y volver a Madrid; además su señora necesita descansar, parece no encontrarse nada bien”-
-“Eso haremos, Vasile. Vaya viaje que me ha dado mi mujer”-


Dentro del coche Julia permanecía con los ojos cerrados, solo deseaba dormir un rato, una hora , dos; solo un rato y… ¿y?..la verdad es que no sabía con certeza que deseaba.

Agotada, derrotada en el asiento del coche, Julia comenzaba a temer que sus sueños se fueron borrando tras un “si quiero” con derecho de pernada. Mientras Ernesto apuraba un cigarrillo y solo Vasile parecía apiadarse de ella, empezaba a temer que sus esperanzas fueran lluvia resbalando sobre una bandeja de plata.

Quizá en Fuentes Viejas...

Quizás.

(Fotografía y texto de Jaime V.)