viernes, 20 de noviembre de 2015

Julia frente al espejo

Abro los ojos, por un momento no recuerdo donde estoy , el silencio invade el dormitorio.

-”La mudanza, Fuentes Viejas, la casa de Don Servando”-

Los recuerdos de las últimas horas se amontonan en mi cabeza. Anoche , agotada, me derrumbe en la cama. Ni cené tal era mi cansancio.

-”¡Enrique, Enrique”-

Mi voz rompe el silencio de la casa.

-”¡Enrique, Enrique¡”-

Elevo el tono de mi voz pero Enrique no contesta. No es la primera vez que me despierto sola, no es la primera vez que Enrique no contesta. Medio desnuda me acerco al balcón , fuera la calle está vacía, tan vacía como la casa.

Será mejor que me vista y busque a mi marido. No se que ponerme, nunca se que ponerme. Hago un trato conmigo misma, me pondré lo primero que encuentre. En una de las cajas de la mudanza, apiladas junto a la pared, la meticulosa letra de Enrique deja muy claro que encontraré “ropa de Julia”

-”Unos jeans anchos y un blusa azul; algo banal, desenfadado”-

Me siento destemplada, cansada; debería ducharme pero el calentador no funciona, igual Enrique ha ido en busca de un fontanero.

Cruzo la puerta del dormitorio, el pasillo se aleja en forma de ele para terminar en una habitación abuhardillada donde , desde el primer momento, decidí montar mi humilde estudio de pintura. Descalza me acerco hasta su puerta.

La habitación tiene unos tres metros de largo por cuatro metros de ancho pero, aunque no fuera más grande que una cabina de teléfono, me daría igual. Frente a la puerta hay un ventanal de tres cuerpos que se asoma al jardín y que ocupa casi toda la pared. Las vigas de madera del techo descienden hasta descansar sobre el dintel del ventanal.

Tengo una sensación difícil de describir, una sensación de paz, de seguridad, de calor.

Recorro con la mirada la habitación, si, será mi estudio, mi escondite, mi huida. La decoración no puede ser más minimalista, una destartalada silla de costura ocupa el centro de la habitación, aguardando que alguien abra la puerta una vieja cesta de mimbre cuelga de un clavo oxidado y frente al ventanal, apoyado en la pared , el espejo que me regalo tía Fina refleja la luz que llega del jardín.


Ahora recuerdo que Vasile dejó aquí el espejo a petición mía.

Seguro que disfrutaré “escapando” escaleras arriba, cuando Enrique se ausente, para organizar mi estudio, para pintar o tan solo para tumbarme descalza sobre la alfombra mientras sueño que…mientras huyo de…¿de?.

Tal vez alguien de este pueblo...tal vez alguien desee recibir clases de pintura y...en Madrid daba clases particulares de Ingles aunque a Enrique no le parecía bien.

Pintaré las paredes de color gris oscuro dejando aquí o allá ladrillos sin cubrir para romper la monotonía, a veces se puede decorar con vacíos. Cubriré el suelo con la alfombra multicolor de lana anudada a mano que me regaló la hermana de Enrique así podré estar descalza mientras pinto; ya se que una alfombra no es lo mas aconsejable para un estudio de pintura pero esté será mi estudio y me gusta pintar descalza. Deseo estar descalza y sentarme sobre la alfombra.

He de comprar varias estanterías de madera , como las que tengo...bueno, como las que tenía en Madrid, las pintaré de color miel; compraré alguna cajonera , un par de taburetes, y un par de mesas con ruedecillas. Situaré dos caballetes de manera que la luz se vierta sobre los lienzos desde la izquierda; me gusta emplear más de un caballete para así cambiar de tema y, descansar de un lienzo, pintando otro diferente o solo tener la sensación de espacio donde perderme. En las estanterías y cajoneras guardaré todos los útiles que precise para pintar.

Pienso decorar las paredes del estudio con algunos de mis cuadros y con algunas láminas de mis pintores más admirados; entremezclaré reproducciones de Cristóbal Toral de Antonio López García, Revello del Toro, Carmen Laffón, Esteban Vicente y Edward Hopper.

Bajo el ventanal pondré el viejo escritorio de mi padre como superficie de trabajo y frente al ventanal, tal como está ahora, dejaré el espejo que me regaló tía Fina, la única hermana de mi padre.

Como olvidar a mi querida tía Fina.

Mi tía Fina era la oveja negra dentro de una familia católica, apostólica y de Segovia.

Tía Fina ostentaba ese galardón con orgullo para “inri” de mi padre y vía crucis de mi madre pero, tanto mi hermano como yo, queríamos con pasión a nuestra excéntrica y pizpireta tía.

-“Es para compensar las virtudes teologales de tu madre; ser el garbanzo negro en esta familia no tiene merito, tus padres me lo ponen muy fácil”- su dulce voz siempre embriagaba mi oído.

Creo que la única persona capaz de sacar de sus casillas a mi padre era ella, bueno…tía Fina y mi madre.

-“Tu hermana es un mal ejemplo para Julia, confunde la libertad con el libertinaje y arrastra el apellido de la familia como si fuera una estera; en Segovia nos conocemos todos por lo que nombrar a tu hermana entre algunas de nuestras amistades nos hace parecer lo que no somos”-

Mi madre nunca soporto, entendió o al menos intentó entender a su cuñada.

Tía Fina siempre tenia en sus labios alguna frase que hacia resoplar a mi padre, alguna excusa en forma de jaculatoria para detener las “puntadas” de mi madre y algún secreto para hacer ruborizar a de más de un conocido con aires de apostolado.

-“Disfruto sabiéndome la oveja descarriada, no deseo tener un reclinatorio de honor en el redil de las personas como tu madre. Siempre me he sentido plenamente realizada viviendo la libertad de mi mente, de mi cuerpo y de mi ajetreado corazón sin tener que dar explicaciones a nadie y el corazón, mi querida niña, el corazón me lo robó un empleado de banca, de nombre Tristan, vasco para más señas, que resulto estar casado en su San Sebastián natal”-

Y reía ; la sonrisa de mi tía era un calco de la de mi padre y su mirada nunca perdía ese magnetismo que envolvía su rostro.

-“Mi querida Julia, mi niña, soy la Isabel Presley de Segovia. Me critican aquellas personas que envidian lo que he vivido porque si eres como los demás, no reparan en ti. Recuerda que los sueños son caprichosos y debemos aguardar con paciencia su llegada”-

Sus palabras , siempre, iluminaban mi cara y daban forma a mis sueños.

Su casa bien pudiera haber sido una tienda de antigüedades; estaba llena de recuerdos de viajes, de regalos de sus “amantes sin nombre”, así era como mi tía llamaba a sus conquistas. Bargueños, un par de mesas de caoba, varias cómodas de acabado clásico, un despacho en madera de estilo inglés, jarrones italianos, lámparas de cristal o de alabastro decoraban las habitaciones de su casa de Navas de Riofrío.

Camafeos , broches, pendientes, pulseras, gargantillas escondían románticas historias que, tía Fina, solía contarme a escondidas de mis padres; pero su joya más preciada, su recuerdo más intimo era el espejo que presidía su dormitorio.

-“Mi querida niña, si este espejo le contara a tu madre solo la mitad de cosas que ha visto. Algún día será tuyo. Frente a su cristal me he vestido para mis citas veniales y desnudado para las mortales. Frente a él he contemplado mi cuerpo y perfumado cada intimo rincón de mi piel. Se siempre atractiva, deseable, para todos los sentidos del hombre”-

Ella nunca se casó, el gran amor de su vida estaba casado con otra. Tuvo infinidad de amantes pero su corazón quedó atrapado en la luna plateada del espejo.

-“Mi querida niña, el espejo tiene voz y algún día te llamara. El espejo es masculino, no lo olvides “- Tía Fina me resultaba intrigante- “Algún día te llamara. No sabes cuantas veces su voz de plata me ha empujado fuera de casa o ha alejado mis pasos de la barandilla que separaba mi vida del vacío, no sabes cuantas veces su voz ha sido el amante fiel de una noche de greda y champán. Mi querida niña, muestra tu cuerpo a su plata y la voz del espejo te descubrirá las fantasías que no creías esconder”-

Si mi tía decía que se espejo tenia voz yo deseaba escucharla mientras guardaba los secretos que la edad de esa mujer me entregaba en confianza.

El espejo debía ser muy antiguo, era de estilo clásico; la luna, biselada, parecía tener “aguas”; el marco de madera tallado a mano y acabado en pan de oro estaba adornado
con arabescos en forma de hojas y tallos que recordaban, o así me parecía, cuerpos desnudos de mujer que se alargaban y entrelazaban como la hiedra.

Ciertamente era una joya, quizá aun más por el valor sentimental que mi tía le otorgaba.

-“Fue un regalo de Tristan; creo que perteneció a su madre y a antes a su abuela. Tristan sabia como adular a una mujer. El mismo colgó el espejo frente a nuestra cama, a Tristan le gusta ver como hacíamos el amor”-
-“Tía…”-
-“En este espejo duermen todos los momentos ardientes que dos cuerpos, que se aman, saben tejer; instantes que me llevare a la tumba”-


Y mi tía sonreía mientras revivía sus recuerdos.

-“Aunque no me moriré sin dejar caer…a tu madre…que su primo Bernabé es un pésimo amante en la cama y que su cuñado Bautista me suele mandar, a escondidas, algún que otro ramo con trece rosas rojas como detalle por un par de favores…inconfesables…que le hice hará unos años”-

Y fiel a su palabra, en la celebración de un cumpleaños de mi madre, como regalo inesperado puso al corriente a la agasajada de todas esas, digamos…”minucias sin importancia”. Creo que mi madre nunca olvidara su cincuenta cumpleaños, ni mi madre ni el resto de los invitados, entre los cuales estaba Bautista y su repentino ataque de tos nerviosa.

Unos días antes de mi boda tía Fina me regalo su espejo, el espejo donde guardaba aquellos momentos vividos con Tristan y con…sus “amantes sin nombre”. El espejo llego a mi casa perfectamente embalado y con una nota que decía:

“Mi querida niña, muestra tu cuerpo a su plata y la voz del espejo te descubrirá las fantasías que no creías esconder”

No sabia , nadie de la familia sabia, que mi boda seria una de las ultimas veces que veríamos a mi tía; nunca nos dijo nada , ni tan siquiera a mi, un cáncer de pulmón había hecho estragos en su cuerpo pero no en su espíritu ,en sus ganas de aprovechar cada gota de cera de la vida que se apagada.

Hasta en los últimos instantes de su vida , su mirada conservó su bella serenidad y en su sonrisa se dibujaba la satisfacción interior de quien al menos ha intentado conjugar todos sus sueños más preciados, de quien no ha permitido que las pesadillas fueran la conciencia apostada a la cabecera del lecho.

Siempre fiel a su forma de entender la vida dejo la mayor parte de sus bienes a varias asociaciones relacionadas con la lucha contra el cáncer y, siempre ella, dejó pagadas trece misas en la Iglesia de la Santísima Trinidad de Segovia para garantizar la salvación del alma de mi madre, una por cada rosa roja.

Sonrío.

-“Cuanto te añoro, tía”-

Esta habitación será mi estudio, mi huida sobre la silenciosa superficie del espejo, tan silenciosa como yo, tan desolada como mi mundo.

Por algún motivo, seguro que por más de uno, aún cuando los años han seguido su curso me siento más cerca de la joven que soñaba escuchando las palabras de tía Fina que de la mujer capaz de hacer feliz a un hombre, a su marido. Nunca fui ni necesite ser una luchadora, sobreviví cómodamente sin saber que conjugaba ese verbo hasta llegar a lo que ahora soy…no se muy bien a qué.

Sobre su luna encuentro a una mujer a quien no siempre conozco, que a veces me desespera por su conformismo, que a veces me protege de todo aquello que amenaza la seguridad de su enroque. Desearía ser capaz de cambiar a Julia.

Y recuerdo.

-“Mi querida niña, si este espejo le contara a tu madre solo la mitad de cosas que ha visto. Algún día será tuyo. Frente a su cristal me he vestido para mis citas veniales y desnudado para las mortales. Frente a él he contemplado mi cuerpo y perfumado cada intimo rincón de mi piel. Se siempre atractiva, deseable, para todos los sentidos del hombre”-

Miro a la mujer que me habita, esa mujer que se esconde en un cuerpo aún apetecible ; miro su pelo castaño cortado en una melena que descansa sobre los hombros, los ojos verdosos siempre atrapados tras una mirada que huye de las preguntas y de las respuestas; las pestañas cercan mis ojos, largas, espesas sin necesidad de rimel; los labios vestidos de rojos, perfilados no muy gruesos pero apetecibles; la frente ancha, sin arrugas ,la cara ovalada , frágil; la barbilla angulosa pero suave; las manos finas, calmadas , vergonzosas a veces de su tacto.

A medida que recorro la imagen que me entrega el espejo los dedos de mi mano derecha desabrochan uno a uno los botones de la blusa, lentamente resbala desde mis hombros hasta el suelo. No detengo su caída. Deseo verme, olerme, tocarme, saciar mis sentidos. Nunca antes me había desnudado intentando ver a Julia con los ojos de Julia

Encuentro, sobre el espejo, mis pechos redondeados y firmes atrapados en un sujetador que hace tiempo debí tirar; mi vientre ácimo, mis caderas…sedientas.

Desabrocho mi sujetador. Mis pechos se mantienen firmes, mis pezones aparecen desafiantes, duros, erectos. Mojo los dedos en mi saliva y dibujo un sendero desde el centro de mis pechos hasta el ombligo y desde ahí al elástico de las bragas. Me detengo. Nunca antes había recorrido mi cuerpo, no creo saber como hacerlo, hay cosas que nunca se aprenden o se llega tarde a la primera lección.

Acaricio mi cintura como si buscara un alfiler sobre un mantel. Suavemente. Cierro los ojos. Mi tacto se desliza , íntimo, por encima del pantalón; mis ojos continúan cerrados. La sangre se agolpa en las yemas de mis dedos. Siento.


Mi mano desabrocha el pantalón…yo no, mi mano.

Continúo sin abrir los ojos. Dibujo atajos. Senderos palpitantes. La piel es un desierto que se enerva mientras me desnudo sin mucho acierto.

-“El espejo pensará que soy un desastre de mujer después de contemplar a mi tía”-

Me sorprende ese pensamiento que no se de donde nace. Deseo sentir...sentirme, quizá aprenderme o puede que empezar a recordarme, pero me cuesta…no sé.

Mis ojos continúan cerrados. Frente a mi solo esta el espejo, frente al espejo mi turbada desnudez.

Me siento en el suelo, frente al espejo. El suelo esta frío, sucio. No importa. Me bajo el pantalón, desnudo mi sexo. La luz de la mañana baña mi cuerpo. Adivino mi flaqueza pero no me detengo. Siento vergüenza al verme frente al espejo pero necesito
verme, deseo saber quien está frente a mi.

Mis dedos o la plata del espejo…no se…la braga se desliza despacio a lo largo de mis piernas. Piernas rectas, nerviosas. Noto seco el paladar.

Extiendo la mano y toco la imagen atrapada en la luna del espejo. Siento como si miles de ojos recorrieran mi desnudez.

-“¿Julia?”-

Separo las piernas. Inquieta busco mi sexo en el espejo pero solo acierto a encontrar la imagen de la habitación aún vacía , tan vacía como yo.

Escondido tras el ensortijado vello esta mi sexo…palpitante. Dejo la mano quieta intentando callar su pudor. Acentúo levemente la presión de mis dedos y respiro el ozono de las tormentas.

Jadeo. Escucho mi respiración.

El vaho de mi boca besa el cristal del espejo. El espacio se diluye. La luz del día desborda las ventanas. Soy una sombra en el espejo. Julia llena sus pulmones y estalla.

Estoy húmeda, Se que estoy húmeda, lo se, mi tacto es cómplice. Es la voz plateada del espejo quien me desinhibe, quien me hace ser otra Julia. Siento arder mi sexo, siento vergüenza y placer mientras mi sexo late oculto bajo mi mano.

En tensión, desnuda, descalza, no se continuar, no soy capaz de llegar hasta el interior de mi sexo, no concibo dentro de él otra cosa que no sea el sexo de mi marido.

-“He olvidado como es el sexo de Enrique, he olvidado como es mi sexo”-

Ese pensamiento me desborda, me derrota. Cierro las piernas y de nuevo siento una humedad soledad, siento un frágil aroma en mis dedos, siento menguar la distancia entre mi cuerpo desnudo y la imagen del espejo., siento temblar mis labios, siento arder mi respiración.

Siento.

Desearía saciarme de todo aquello que desconozco, que no me atrevo que no se buscar; si...deseo, desearía…desearía…

-“¡Julia ¡-

La voz de Enrique resuena en la planta de abajo.

-“¡Julia, vengo de tomar un café¡”-

Oigo el ruido de la puerta de la entrada al cerrarse. Un seco portazo mientras mi sexo...

-“¿Pero donde estás?”-


Grito, miento, no deseo que me encuentre así...inacabada.

-“Estoy arriba, ahora mismo bajo; ahora mismo”-

Me visto lo más rápido que puedo, torpemente, tan torpemente como me desnude. Miro al espejo, bajo el vaho del cristal me parece adivinar el cuerpo desnudo de una mujer atrapado entre su tacto y el tacto de un sueño.

-“Date prisa , el alguacil esta al llegar. Siempre igual , siempre esperándote para todo”-
-“Ya bajo, cariño”-

Antes de salir, mientras abrocho el último botón de la camisa, miro de reojo al espejo. La mujer ha desaparecido pero mi sexo aún esta húmedo y mi paladar seco.

-¡Julia¡- la voz de mi marido resuena escaleras arriba.
-“No subas, ya bajo”-

De nuevo miento a Enrique, puede que yo baje las escaleras pero Julia…Julia…aún late frente al espejo, bajo la plata de su tacto.

El vaho del espejo se retira lentamente reflejando la soledad de una habitación , tan vacía, como yo; pero por fin he escuchado, he sentido, he tenido en mí, la voz del espejo.

Julia, yo...siento.


(Fotografía superior y texto de Jaime V. , fotografía inferior ha sido cedida por una lectora de este blog)