jueves, 18 de febrero de 2016

Autómata

-”Te he planchado la camisa blanca de Massimo Dutti para que vayas muy elegante a la consulta y sobre la cómoda, en una bolsa del Corte Ingles , te he guardado una bata nueva”-
-”No creo que en este pueblo sepan apreciar la calidad de mi camisa o de la bata, como mucho distinguirán el color y si esta bien o mal planchada”-


Apuro el café y beso a Julia en la frente, ella aún no ha terminado de desayunar pero he de irme. Recojo mi maletín, el portátil y la bolsa del Corte Ingles que aguarda sobre la cómoda.

-”Que tengas un buen día”-
-”Tú también”-

Salgo a la calle, la mañana conserva jirones de niebla en los cerros que, por el norte, parecen cobijar al pueblo. No estorba el abrigo.

-”Buenos días tenga uste, Don Enrique”-
-”Buenos días”-

Me saludan y respondo cortésmente, la gente me reconoce, no dudo de la eficaz labor informativa del boca a boca en estos puebluchos.

Gracias al servicial alguacil se que el consultorio está en el cruce entre la calle Mayor y la calle del Pósito justo frente a un pequeño parque con columpios y pared con pared con la mercería de “Las Rubias”.

-”Nada como el Gooble-tirillas”-


Aprieto el paso, deseo ver el consultorio local antes de empezar mi jornada de trabajo; no creo que la consulta me depare ningún caso digno de ser publicado en una revista médica pero , al menos, tendré algo que contar a mi mujer.

….

Por un instante Julia mira la taza de café que aguarda humeante; en uno de los estantes que hay sobre el fregadero descansa una palmatoria de bronce con los restos amarillentos de una vela, a su lado unas polvorientas caléndulas se asoman por la boca de un jarrón.

Al fin la voz de su marido no llena la casa. Esboza una sonrisa, desde ahora y hasta que regrese Enrique la casa es suya, suya y de Don Servando. Sola, de espaldas a la ventana que da al jardín, se siente tan sola como la mujer del cuadro de Edward Hopper titulado “autómata”. Remueve sin ganas el café, remueve sin ganas sus recuerdos.

¿Estaba equivocada al dejar su vida en las manos de Enrique?¿Estaba equivocada al querer a Enrique?¿Quería a Enrique como antes?

La nostalgia invade el abismo de su soledad. Inspira profundamente. A su espalda las enredaderas tapizan la jamba de la ventana regalando una nota de intimidad.

¿Como enfrentarse a su mañana sin mirar una y otra vez hacia atrás?¿Como reescribir tantos renglones vacíos?.

Recuerdo como nos conocimos durante una fiesta en el colegio mayor de Enrique, ya entonces era un brillante estudiante de Medicina y yo...yo una frustrada estudiante de Bellas Artes que cursaba Filología Inglesa.

Siempre había deseado estudiar Bellas Artes pero mi padre decidió por mi, esa actitud debió formar parte de mi dote porque Enrique asumió desde el comienzo de nuestra relación un rol protector con la potestad de acertar con aquello que era lo mejor y más conveniente en cada momento para mí.

Pronto, muy pronto, quizá demasiado pronto nos hicimos novios, de esos esos novios que tienen media lista de bodas pasada a limpio y elegido el nombre de los dos primeros hijos.

Es cierto que Enrique nunca fue el más juerguista de sus amigos, más bien todo lo contrario; nuestro noviazgo fue “normal” incluso demasiado normal. Al principio no me molestaba, es más, resultaba agradable sentirse protegida …guiada, sentir ese halo protector que se convertía en consejo salomónico con la misma facilidad que se abría en forma de paraguas cuando llovía o aplazaba hasta más tarde la penetración de su sexo mientras eyaculaba entre mis nalgas.

Creo que fui la única de mis amigas que llego virgen al matrimonio.

Pero...pero gran parte de Julia dejó de existir tras aquel “Si, quiero” entregado un doce de Septiembre pues desde ese instante mi marido intentó formar…no, intentó forjar su propia familia y, en cierto modo yo pase a ser de su propiedad. Para él lo más importante era su concepto de familia, si...su concepto de “familia” donde debería encajar su esposa pero no terminaba de encajar Julia, su trabajo y sus creencias inculcadas por una madre tremendamente protectora eran los tres ejes sobre los que giraba la vida de...la vida, sobre los que giraba la vida de Enrique.

Tras los primeros meses de casados Enrique era quien programaba nuestra vida y mi vida como si yo fuera incapaz de decidir por mi, de acercar aquello que para Julia era correcto empezó a ser deprimente. El era quien decidía con quien debíamos tomar café, quien eran nuestros amigos más “adecuados” a nuestro “estatus”, cual era el largo más corto de mi falda, el día y hora para tener relaciones sexuales, relaciones en las que todo era rápido, previsible, sus manos nunca se aventuraban más allá de donde él consideraba necesario, mi cuerpo se disfrazaba de jadeos mientras tumbada en la cama aguardaba a que Enrique abandonara mi vientre sin haber encontrado mi sexo. Tantas veces demasiado pronto.


Enrique me hacia sentirme…la verdad es que últimamente no creo que ninguno de los dos le hiciera sentir mucho al otro. Tras los primeros meses de casados la sensación de que mi marido programaba mi vida como si yo fuera incapaz de decidir por mi, de acercar aquello que para Julia era correcto empezó a ser deprimente.

Yo deseaba disfrutar de esos primeros años de matrimonio sin la responsabilidad que suponían los hijos y logré, entre algún enfado que otro, salirme con la mía. No fue difícil, como tampoco resulta difícil enumerar los orgasmos que nos ofrecimos el uno al otro, que compartimos.

Remuevo lentamente el café. Esta frío, lo sé, conozco demasiado bien esa sensación. Me inunda un silencio estéril , tan estéril como yo y desearía mudar de piel tantas veces como fuera necesario hasta sentir que mi sexo humedece sin que mis ojos lloren.

Aparto la taza de café. Sobre el aparador blanco, unas botellas y unos tarros de cristal parecen escuchar mis recuerdos.

-”Que tonterías pienso a veces”-

Cuando, por fin, nos “pusimos” de acuerdo para estrenar el libro de familia los hijos no llegaron. Los primeros meses no nos preocupamos y la verdad es que resultaba ciertamente bello hacer el amor pensando en…en…pero el tiempo pasaba y no me quedaba embarazada.

Enrique decidió que deberíamos ponernos en manos de Nicolás, un ginecólogo amigo de la familia que trabajaba en el servicio de Reproducción Asistida de Sanitas. Nicolás desde el primer momento nos ofreció todo su apoyo y atención. Tras las primeras consultas llegaron toda una serie de exámenes físicos, dietéticos,psicológicos, ginecólogos, encuestas e innumerables test a los que me sometí, buenos a los que nos sometimos, con esperanza y más de una misa dominical de “por medio”.

Una tarde lluviosa Nicolás nos llamó con una comedida urgencia en su voz.

-“Ya tengo en mi poder los resultados del estudio de pareja infertil que os hemos realizado”-

Ni tan siquiera sacamos el coche del garaje , para tardar lo menos posible tomamos un taxi hasta la calle Bravo Murillo donde Nicolás tenia su consultorio privado.

Nicolás resultaba elegantemente atractivo para su edad; sus modales, cada uno de sus gestos era preciso, medido, su voz me parecía cautivadora; pero esa tarde sus palabras resultaron no serlo. No recuerdo la conversación “previa” que establece el protocolo cuando dos conocidos se saludan pero si los insondables silencios que, una vez sentados frente a Nicolás, separaban las frases que nada dicen mientras aguardas las palabras que temes tanto como ansias oír.

-“Los dos espermiogramas realizados a Enrique, según el protocolo establecido, han dado unos valores normales”-

Recuerdo la cara de mi marido, inalterable, imperturbable, recuerdo como su mano apretaba con fuerza la mía. Respiré hondo . Nicolás me miro y...presentí , adiviné lo que ocurriría.

-”Las pruebas realizadas a Julia han dado como resultado.... “-

Nicolás hizo una dolorosa pausa. Miró a Enrique, solo a Enrique. Contuve la respiración; solo acerté a cubrirme la cara con las manos.

-”Julia , mi querida Julia, sufres una severa endometriosis que se complica con la presencia de quistes en ambos ovarios”-

La mirada de Nicolás me acarició para luego marcharse. Apenas acertaba a mirar a Nicolás o a Enrique cuyas facciones permanecían impasibles. Intenté llorar. Solo lo intenté. Nicolás hablaba con Enrique en unos términos que solo ellos entendían.

-”...factores genéticos...”-
-”...alteraciones histológicas...”-
-”...implantación problemática..”-
-”...tratamiento farmacológico...”-
-”...reserva ovárica...”-
-”...perfil androgénico...”-
-”...técnicas de reproducción asistida...”-


Mis ojos se ensombrecieron. El camino recorrido no llevaba a ninguna parte. En ese mismo instante temí y tuve la certeza de que ya nada sería igual.

-“Los resultados de las pruebas realizadas no cierran las puertas a vuestro sueño, hay soluciones , más caminos, más opciones , tú lo sabes como médico y os animo a que no dejéis de luchar”-

Las palabras de Nicolás fueron un jarro de agua fría sobre nuestras vidas. No lloré pero sentí como todos los sueños de Enrique escapaban de su alcance.

-“Se puede intentar un tratamiento de fertilidad, tu sabes que las probabilidades son…”-
-“Gracias por todo Nicolás “- la voz de Enrique resonó en mi vida.
-“Creo que no es el momento de tomar decisiones, Enrique, te lo digo con la confianza que me brinda la amistad que desde los tiempos de la facultad nos unió a tu padre y a mi; creo que tú y Julia y…”-
-“De nuevo gracias Nicolás por tu interés “-


La cara de mi marido lo decía todo, la cara de Enrique lo callaba todo.

No sé por qué en ese momento recordé una vieja muñeca desnuda con la que jugaba de niña, era mi juguete favorito; en ese instante me sentí esa muñeca en manos de todos y desahuciada de los sueños de mi marido.

Desde ese mismo instante Enrique fue cambiando poco a poco; los primeros meses Nicolás nos llamaba un día si y otro también hasta que mi suegro , sin que nadie le pidiera opinión o puede que si pero yo no me llegue a enterar, se personó en la consulta de Nicolás y arremetió contra su amigo argumentando...pienso que así sería...que su hijo había tomado la decisión más conveniente en función de sus creencias, que el carácter intimo de la situación...que si el secreto profesional y...y las llamadas de Nicolás, y Nicolás, desaparecieron de nuestras vidas.

Mis suegros se volcaron con su hijo mientras que con su aptitud sentí que arremetían contra mi, yo parecía ser la “culpable” de una situación que no era de ningún modo un callejón sin salida, pero la solución no era “moralmente” aceptable ni para ellos ni para Enrique. No se si el comportamiento de Enrique llegó a dolerme más como médico que como mi marido.

Y mis padres...mis padres...

Marcela, mi cuñada, estaba a punto de hacerles abuelos por primera vez. El embarazo de mi cuñada era de alto riesgo por amenza de parto prematuro y, claro, Marcela, la pobre y desvalida Marcela necesitaba de toda la atención posible por lo que mientras mi hermano estaba en Asterdam y Utrecht, por asuntos ligados a su trabajo, mis padres se instalaron en su chalet de la Moraleja para así poder cuidar de mi cuñada en todo momento. Por lo visto los tres empleados filipinos que cuidaban del chalet, del jardín y de los perros no tenían tiempo para velar por mi cuñada.

-”Que menos para mi cuñada Marcela, que menos”-


Mis padres...mis padres...no encontraron tiempo para...para su hija, Marcela precisaba de sus cuidados, yo...

yo...

Sola frente a una taza de café siento como todos mis sueños, como todos los sueños que conjugué en plural se desvanecen y me aferro a los recuerdos sin mudar la piel que me cubre cuando lloro a escondidas sin poder llorar y se...si, se que Julia debe cambiar esa ingente letanía de “si, cariño” por un simple y visceral “basta ya” antes de que mi vida se apague, se consuma como la vela de la palmatoria.

Tal vez este sea el lugar ; tal vez en esta casa , en este pueblo al que la terquedad de Enrique nos ha traído, tal vez este sea el momento para que poco a poco, centímetro a centímetro, Julia pueda mudar de piel y dejar atrás a esa mujer a la que Hopper sentó junto a una taza humeante de café.


(Fotografías y texto de Jaime V.)