domingo, 24 de julio de 2016

La Aurora

Nicolasa, de píe a mi lado, asentía ante la parrafada que Enrique estaba desgranando como despedida y cierre de la visita al bueno de Leandro. Unas escuetas inclinaciones de cabeza por parte de Nicolasa en señal de...de...”no se que me dice usted pero bueno” acompañaban a la imposibilidad manifiesta de mi compañero de trabajo a la hora de explicar de manera sencilla los consejos sanitarios.

Yo me iba acostumbrando poco a poco a estas charlas “magistrales” e ininteligibles que llenaban los avisos, que acompañando a Enrique, realizábamos al terminar la consulta.

-“No lo olvide Nicolasa, que no le explico nada nuevo que usted no me haya escuchado decir en mi anterior visita y que, seguro, mis antecesores en el cargo también se lo habrán dicho, Leandro debe dejar totalmente el tabaco”-

Enrique intentaba parecer serio, contundente. Nicolasa , a mi lado, asentía y asentía incluso cuando Enrique “paraba” para tomar aire, mientras que Leandro se pasaba la mano por la cara como si sopesase el espesor de su barba de tres días.

-“Hace tiempo que su marido padece un epoc que se ha agravado en los últimos meses debido al incumplimiento permanente, por parte de Leandro, de las pautas terapéuticas que indico no solo en la receta electrónica , medicamento a medicamento, sino también en la ficha de medicación”-

Resultaba graciosa la forma en que Enrique convertía una visita programada en un nudo gordiano imposible de digerir, Enrique no parecía mal medico…como medico, pero a la hora de dar explicaciones se perdía en vericuetos, formulismos y tecnicismos sanitario-burocráticos que adormilaban la capacidad de entendimiento de cualquier ser humano.

Lo suyo no era, no, la Educación sanitaria “sostenible ni asimilable”.

Mientras permanecíamos en la puerta, frente al atónito matrimonio, contemplaba a Enrique buscando mas allá de aquello que pudiera pertenecer al ámbito del trabajo. No, como hombre no estaba nada mal para el “casting” de varones que pululaban y/o vegetaban por el pueblo, a Enrique se le podía dar una nota de siete sin muchos reparos pero cambiando su vestuario y enseñándole, de manera práctica, que con los labios se pueden hacer muchas más cosas que marear a la gente.

-“¿Ruth has revisado el equipo de oxigenoterapia de Leandro?”-
-“Si, Enrique he revisado la mochila”- asentí mecánicamente
-“Pues ya sabe , Nicolasa, el tabaco ha sido y es un veneno para su marido que, por cierto , tiene la cabeza más dura que el granito porque no tengo ni la más mínima duda de que continua fumando; cada vez que vengo de visita encuentro colillas a medio esconder junto a las patas de la maquina de coser o bajo la mesa camilla como si fueran teselas desordenadas”-
-”¿Te...qué?-
-”Teselas...las teselas son las piezas con las que los romanos...”-


Pero Nicolasa cortó el inicio de la disertación histórica con la que nos amenazaba la verborrea de Enrique.

-“Lleva usted razón, Don Enrique , este hombre mío es un cabezón de mucho cuidao”- respondió compungida Anastasia -“Mi marido siempre ha sio así pa él , pa mi mu buen hombre pero pa él….mu trabajador eso si , de sol a sol siempre en
el campo con el pitillo en la boca y la zurra o el vino de pitarra en el hato y fue jubilase y caer enfermo y ahora no sale de casa pa na , ni pa la partida ni al huerto que lo cuida el chico pequeño. Se levanta, se enchufa al oxigeno de la mochila y pone el televisor o la arradio y se ve o se escucha toa la programación mientras se fuma aquello que su mano alcance”-
-“Dios mío, que barbaridad, mire Nicolasa es imprescindible que su marido cumpla no solo las pautas terapéuticas referentes a la medicación y a la oxigenoterapia sino que además deberá cambiar sus hábitos diarios de…”-
-“¿Hábitos?”- interrumpió la ahora sorprendida anciana -“Mi marido nunca ha sido de hábitos ni de ir a misa ni de escapularios ni cosas de esas, el no es mu creyente”-
-“No señora, me refiero a los hábitos como el sedentarismo, los horarios de las comidas, la ingesta excesiva de alimentos ricos en grasas y….”-

Miré de nuevo a Enrique y sonreí, él intentaba proporcionar información a Nicolasa pero para la pobre mujer entender a Enrique era como intentar descifrar las instrucciones del “Windows Vista Home Premiun” en caracteres cirílicos.

Puede que, como hombre, Enrique se mereciera una nota de siete y como médico en cuanto a conocimientos tal vez se mereciera otro siete, pero a la hora de llegar a la gente llana, sencilla, a las personas que aguardan su turno en la sala de espera o solicitaban una visita a domicilio, a la hora de dar información a sus pacientes con olor a esparto y a matanza casera o vino de pitarra…entonces, el doctor, naufragaba a lo Titanic.

Recuerdo el día que conocí a mi compañero de trabajo, recuerdo que la impresión que me dejó como médico y como persona fue patética pero después de casi mes y medio compartiendo las tares del consultorio y la vida reducida y enclaustrada de este pueblo mi opinión sobre Enrique, como hombre y como médico, ha ido cambiando lentamente.

La vida en mi pueblo se reduce a un constante ir y venir de rutinas relacionadas con el trabajo, con los quehaceres domésticos, con el ocio previsible sujeto a los bares y a los paseos, con las mismas charlas diarias con las mismas gentes de a diario. Puede que lo único que ha trastocado el asedio del aburrimiento que da cuerda al reloj de Fuentes Viejas haya sido la llegada de este Enrique, que no termina de empezar a encajar entre el sopor pueblerino que nos atonta , y de su apocada esposa.

Tengo la extraña sensación de que Julia, en la cama y en la cocina, es una ingenua y sumisa esposa que...claro que esto es hablar por no estar callada, después de mes y medio solo la he visto una vez haciendo la compra en el supermercado y ni nos saludamos.

-“Veamos Nicolasa, Leandro debe perder peso, deberá hacer dieta, dejar radicalmente el tabaco e hidratarse adecuadamente. Junto al aparato de televisión he dejado una ficha de medicación actualizada para que acuda a la farmacia y allí le dispensen los medicamentos en ella prescritos. He recetado a su marido un expectorante, un broncodilatador y un par de cajas de antibiótico y para que se cumplan de manera eficiente las pautas terapéuticas se las he dejado indicadas claramente en la ficha de medicación ”-

Tanto Nicolasa como yo, no dejábamos de mirar al doctor; seguro que ella con perplejidad haciéndose cruces mentalmente y yo a un paso de la más sonora carcajada.

-“Suba a la farmacia y allí le dispensaran los medicamentos prescritos en la receta electrónica y, para favorecer el efecto del mucolítico, Leandro deberá hidratarse correctamente”-


Nicolasa me miro perpleja.

-“Deberá beber abundante agua”-
traduje.
-“Eso mismo, Leandro deberá beber no menos de un litro y medio de agua al día”- remarcó Enrique.
-“Bebemos agua que trae el chico de la hontanilla del Tío Calero”-
-“No Nicolasa, no; me refiero a agua mineral embotellada que tenga una calidad sanitaria garantizada, no sé…Bezoya o Monte Pinos o cualquiera que vendan en el supermercado”-
-“Mire, Don Enrique, mis abuelos, mis padres, nosotros y ahora mis hijos siempre hemos bebido el agua de la hontanilla y no nos ha pasao na, además es agua mu blanda, la mejor para hacer el cocido, las lentejas, las judías o…”-

Resultaba muy simpático ver como Nicolasa se levantaba sobre sus pies y gesticulaba intentando imponer el criterio que dictaba la tradición familiar sobre los envases de vidrio azul o PET que Enrique defendía con la esgrima de su léxico de bata blanca y fonendoscopio.

-“Veamos, Nicolasa, como su marido no es ni un garbanzo ni una lenteja ni una judía, para facilitar la eliminación de moco deberá tomar agua mineral embotellada; recuerde además que deberá seguir una dieta, moverse de casa las horas que no precisa del oxigeno y, desde luego importantísimo, dejar de fumar además de cumplir las pautas que anteriormente le indique”-
-“Intentaré hacer lo que me ha dicho aunque no tengo muy claro lo que es”-


Nicolasa se despidió de nosotros con un “que tengan buen día” que me sonó a “tanta gloria lleven…” y con un mal disimulado portazo cerró a cal y canto su casa seguro que en busca de un potente analgésico para combatir el dolor de cabeza.

Leandro y Nicolasa vivían en un lateral de la Plaza Nueva que, un pequeño rincón ni era plaza ni nueva, más bien era una especie de ensanchamiento en forma de pera, con un misero jardincillo en el centro. Tras la guerra civil esta plaza ostentó el rimbombante nombre de Plaza del Alzamiento pero con la llegada de la democracia el primer alcalde salido de las urnas decidió cambiar los nombres de algunas calles y esta plaza, en concreto, fue la primera en “democratizarse”.

Enrique caminaba a buen paso mientras me refería las ventajas del uso domestico y culinario de las aguas sometidas a un adecuado control sanitario.

-“…son cientos las enfermedades que, en su cadena epidemiológica, tienen al agua como eslabón básico…”
-“¿Alguna vez te escuchas Enrique?”-b>pregunté sonriendo>-“¿Tu crees que la pobre Nicolasa te ha entendido la mitad siquiera de todo lo que has dicho?”-
>-“Yo creo que si”-b> Enrique me miró sin dejar de caminar>-“¿O no, tú crees que no?”-
-“Pautas terapéuticas, hábitos diarios, hidratación adecuada, dispensar los medicamentos prescritos, ficha de medicación”- al decir estas palabras traté de imitar la voz de Enrique -“¿De verdad crees que Nicolasa se ha enterado de algo?”-
-“Trato siempre de dejar claro que…”-
-“Que no sabes acercarte al paciente como vecino, como compañero de cartas, como la persona que va delante de ti en la cola del pan. Le has dicho a la pobre Nicolasa lo de las pautas terapéuticas no menos de diez veces”-
-“Creo que es necesario mantener una distancia o un, llámalo, escalón con el paciente para evitar equívocos ocasionados por una camaradería mal entendida”-
-“Pautas terapéuticas, hábitos diarios, hidratación adecuada, dispensar los medicamentos prescritos, ficha de...”- repetí con tono solemne- “Creo que dejarás de ser el doctor estirado para ser Don Pautas Terapéuticas”-

Logré arrancar una sonrisa de su boca. Si…puede que sin afeitar y con otra ropa más juvenil Enrique se diera un aire a Christian Bale, solo un aire. Si…creo que debería subir la nota de mi escala hasta un siete y medio y esa nota siempre podría...podría seguir subir dependiendo de como fuera Enrique en la cama.

Durante un instante me sentí excitad. Alargué mi brazo para que mis dedos tocaran su barbilla, para que oliera mis manos. Lo hice sin darme cuenta...o puede que no.

-“Vamos hacia la consulta por la Calle del Pósito, Doctor Bale”-
-“¿Doctor Bale?”-
-“No me hagas caso Enrique, son cosas mías; solo cosas mías”-

Enrique retomó la explicación del papel que juega el agua en la cadena de transmisión de cientos de enfermedades y sentí crecer mi solidaridad hacia la cara de desconcierto de la pobre Nicolasa mientras que mi excitación hacía, nunca mejor dicho, aguas.

Desde la Plaza Nueva, por la calle del Pósito, se atajaba hacia la consulta.

La calle del Pósito, una de las calles con más solera del pueblo, se retorcía en forma de “ese” como queriendo protegernos de más de una mirada que, seguro, nos acechaba tras las persianas de las casas, algunas aún de adobe y puerta de madera envejecida por el cansancio de los años.

Camine alrededor de Enrique mientras canturreaba esa retahíla de palabras que parecían un conjuro o una letanía.

-“Pautas terapéuticas, hábitos diarios, hidratación adecuada, dispensar los medicamentos prescritos, ficha de...”
-“Señora, deje de bailotear a mi alrededor, vamos en un momento a la consulta por si hay algún aviso y luego nos pasamos por casa de Amadeo para ver como tiene hoy la tensión y el azúcar”-
-“Señorita, Don Enrique, recuerde bien, Señorita Ruth o mejor aún Ruth; Don Miguel de Unamuno de las artes médicas en la villa de…”-
-“Esta usted muy graciosa hoy, Señorita Ruth”-
-“Me alegra que repare en mi, Don Enrique, me alegra mucho que repare en mi”-


Ambos sonreímos y, en los diez minutos que tardamos en llegar a la puerta del consultorio local nuestra conversación se tornó ruidosa y poco formal.

-“Puede que, al final de la mañana, termine dando a Enrique un ocho”- pensé mientras buscaba en el bolsillo del pantalón la llave de la consulta.

Pero no llegué a abrir la puerta, una voz a nuestras espaldas fue la causa.

- “Don Enrique y la compañía, perdonen que les moleste”- el tono de la voz denotaba angustia, preocupación.
- “Buenos días…señor…”- contestó Enrique tras volver la cabeza.
- “Tomás, soy Tomás el cuñao del tirillas”-

Me di la vuelta, a unos metros de nosotros como un estático Don Tancredo estaba Tomás el cuñao del tirillas, con la boina estrujada entre sus encallecidas manos. Cubierto de pana desde los tobillos hasta el cuello Tomás era la imagen de la desesperación.

-“¿Que ocurre Tomás? ¿En que le puedo ayudar?”-
-“Pues vera doctor, la Aurora sa sajao”- acertó a decir Tomás.
-“Espere un momento Tomás que abro la puerta, pasamos al consultorio y me cuenta el problema de Aurora”-


Una vez en la vacía sala de espera Tomás se “clavo” junto a la puerta del patio para, sin tregua aparente, continuar con sus explicaciones.

-“Mire usted, doctor, la Aurora sa sajao”- repitió- “¡Cago en diez¡”-
-“¿Aurora?”- preguntó Enrique - ¿Quien es Aurora? ¿Su mujer, su hija?”-

-“Ca, doctor, la Aurora es la vaca que le comprao al Marcelino, una vaca lechera hermosisma”- explicó Tomás sin moverse ni un palmo - “Hoy al sacarla pal prado un golpe de aire ha cerrao la puerta del corral y la pillao, y que saja la hecho al pobre animal en la ubre, que saja, que saja”
-“¿Una saja?”- cortó Enrique- “¿Una laceración querrá usted decir, una herida?”-
-“Una saja, una saja que le llega al pezón”- afirmó rotundo Tomás.
-“Pero... Tomás, aún no me ha dicho en que le puedo ayudar”-
-“Pos vera, con la saja en la ubre la leche sale encarna por la sangre y los de la cooperativa no la quieren, no la compran, ve usted el problema”-
-“¿Y usted pretende... que yo...?-
acertó a preguntar Enrique cruzando los dedos.
- “Pues... vera... Don Servando nos hacia los apaños del ganao... como aquí no siempre hay veterinario... pues...y después de Don Servando los médicos que han venio pues...como por aquí cerca no hay veterinario pues...pues vera...”-

Tomás miraba a las baldosas del suelo mientras que sus manos apretaban una y otra vez la boina.

-“Yo le pago lo que usted me pida... ¡¡Cago en diez¡¡... por caridad que me tie que ayudar uste… ¡¡ ponga el precio a la faena¡¡”-
- “Si por el dinero no es”-
respondió Enrique notando que el nerviosismo de Tomás se le empezaba a contagiar.

El problema sanitario de “Aurora” pilló a Enrique tan desprevenido que no sabia por donde salir, la maltrecha ubre de Aurora se le antojaba como un caso más propio de un veterinario con experiencia contrastada en asuntos de bustos heridos o de un programa de inocentadas que de un médico recién llegado al mundo rural.

-”Vera, Tomás...yo...”-

La Aurora, Doña Aurora, estaba a puntito de sentar cátedra. Yo sonreía, mi compañero afrontaba su primera crisis rural. De repente a Enrique se le amontonaron, a la puerta del consultorio, todos los años de estudio, tantas y tantas asignaturas aprendidas, tantas y tantas horas de prácticas, de guardias, de... pero una urgencia como era la saja en la ubre de la Aurora no recordaba que apareciera recogido en ningún manual o protocolo de los muchos de Atención Primaria, de Anatomía o de Patología y demás publicaciones que reposaban en las estanterías de la consulta.

Enrique decidió usar una mezcla de cintura y diplomacia a partes iguales con el asunto que afligía a Tomás e intentar así escapar a lo Poncio Pilatos.

- “Mire, Tomás, seria aconsejable ver la herida, ver la laceración que Aurora sufre en su ubre para...para evaluar lo que pueda hacerse para solventar esta situación que , desde luego, no entra en mi campo de conocimientos”-


Enrique no pudo terminar la frase, él pretendía hacer ver al afligido Tomás la necesidad de acudir al veterinario, pero no... no pudo terminar la frase, Tomás no le dejó.

-“¿Ver la saja? ”- preguntó Tomás - ”Eso esta hecho, doctor”-

Y dando hacia atrás dos zancadas se situó en el centro del patio porticado desde donde voceó.

-“ AURORAAAA, YEAA, YEAA”-

Unos instantes después el sonido de un cencerro inundaba el zaguán y antes que, Enrique o yo, pudiéramos reaccionar la “afligida enferma” apareció ante nosotros con su total “humanidad”; los cuatrocientos kilos de carne de Aurora entraron en la sala de espera agitando el rabo como si fuera un abanico.

-“Pero… ¿de donde sale esta vaca?”- preguntó Enrique sin poder pestañear.
-“Esta es la Aurora; estaba a la sombra, en el jardincillo frente de la consulta, la dejao ahí pa que no estorbara en la calle, la Aurora es mu obediente y si le digo que quieta no se mueve ni aunque la ten un cohete al rabo”-

La “paciente” traía envuelta la ubre dañada en una sabana manchada de sangre; al igual que Tomás su mirada era triste, al igual que Tomás su “voz” pedía a “mugidos” nuestra ayuda.

No había excusas, “la Aurora” precisaba una adecuada e inmediata atención, ya no había más opción a excusas protocolarias, la “paciente” estaba “ahí” ante nuestras atónitas miradas y era preciso actuar con la mayor profesionalidad.

Tras enfundarnos los guantes de látex y ponernos una mascarilla, dimos comienzo a la que seria nuestra primera “intervención vacuno-quirúrgica”.

Una hora después de duro trabajo, acompañados por los mugidos lastimeros de Aurora y las palabras cariñosas y mimos que el bueno de Tomás no ceso de propinar a su vaca, la “saja” quedo felizmente suturada.

Tomás insistió una y otra vez en pagar la “operación realizada”.

-“Guardase el dinero Tomás, solo con ver a Aurora fuera de la consulta me doy por satisfecho”- insistió Enrique mientras se quitaba la mascarilla y los guantes.
- “Mil gracias doctor , mil gracias Ruth, no saben ustedes el favor que man hecho, mil gracias “- repetía mientas empujaba al animal- “Mil gracias, ya se lo pagare con un buen par de quesos”-
-“Mil gracias...pa que luego digan ques uste un estirao y un creido”- no dejaba de repetir Tomás.

Enrique volvió su mirada hacia la consulta, los “efectos secundarios” de la “operación” se extendían por suelo; seguro que por la tarde Edelmira, la mujer que limpiaba el consultorio local, soltaría sapos y culebras al ver como estaba de barro y suciedad tanto la consulta como la sala de espera.

Tomás y su vaca, con la ubre suturada, abandonaron el consultorio y Enrique les acompañó para cerrar la puerta.

-“Hasta otra, que espero que tarde, Tomás”-

En el momento en que Enrique estrechaba la mano del pastor, Aurora en un espontáneo arranque de agradecimiento, sacó su enorme rosada y húmeda lengua dando a mi compañero un “amplio beso” que abarco desde la barbilla hasta la nuca.

-“Le ha cogió cariño el animal, doctor”->sentencio Tomás -”La Aurora es más lista que las personas y es mu agradecía, ya tie uste una amiga pa toa la vida”-

Y dirigiéndose a la “agradecida paciente” gritó:

-“¡¡ AURORAAAA, YEAAA¡¡”-

Y allí quedó Enrique, de pie, humedamente abrumado por el “cariño” de la paciente agradecida, pensando en lo que se gastaría en champú y gel de baño para limpiar su cabeza y seguro que maldiciendo la hora en que llegó a este pueblo.

Sonreí ante la cara de estupefacción de Enrique.

-“Eres un galán de lo más afortunado, te has ganado el corazón de Aurora”-
-“Es...esto es…mira como estoy…esto es…”- balbuceo Enrique -“Me voy ahora mismo al aseo de la sala de espera…me…que asco, por Dios, que asco”-
-“Ve, iré recogiendo un poco este desaguisado mientras te lavas, Doctor Dolittle”-

Mi risa se volvió carcajada mientras, en mi escala, el Doctor Enrique “Bale Dolittle” lograba un diez por su engominado pelo, su cómico aspecto y por haberse bajado por primera vez del escalón. Desde el cuarto de baño, y sin la necesidad de Edelmira, empezaban a escucharse sapos, culebras y otras maldiciones que acentuaban de mi risa.

-“Julia no sabe lo que tiene”-
pensé mientras recogía la desbaratada sala de espera>-”Pero Aurora y yo...si”-



(Texto de Jaime V.)